Ocho cuarenta de la mañana… Otra vez salgo tarde al trabajo, no desayuné, no me peiné, pantalón de mezclilla, zapatos de piso, chamarra y mi mega mochila… Lo último que escucho al cerrar la puerta de mi casa es el “Cuídate” de mi papá y los maullidos de Timoteo (mi gato) exigiendo su desayuno.  Empiezo a caminar hacia la parada del autobús. En la zona donde vivo la mayoría de mis vecinos tienen perros; los sueltan en la noche y los meten a su casa hasta pasadas las 9 de la mañana del día siguiente. A mí me dan mucho miedo, pero es pasar la calle del lado en el que esos animales me gruñen, o del lado donde unos albañiles están trabajando y gritan infinidad de peladeces a mi paso y el de otras mujeres.

Sigo avanzando y un tipo en bicicleta va a mi lado, baja la velocidad para ir a mi paso por cerca de 6 metros y sigue su camino después, lo mismo hace otro que pasa en su auto. ¿Yo?, con mis audífonos sin música, fingiendo no escuchar todo lo que me dicen, sin música para estar pendiente de lo que pasa a mi alrededor, con miedo y por las dudas mis llaves entre los dedos para poder darle un golpe en caso necesario. Impresionante ¿no?, ni siquiera he salido de mi colonia y ya recibí dos agresiones; sí agresiones, porque no me siento segura, porque voy rogando que el autobús pase pronto para poder librar todo eso, porque prefiero la agresión de un perro y algunas puntadas que sentir el acoso de esos tipos. Y no, no es que fuera de noche, el argumento cansado de siempre, como todos los días solo voy a trabajar, pidiendo, rogando poder regresar para abrazar a mi papá y mi Timoteo en la noche.

Esto es algo que al menos me sucede dos o tres veces en la semana.

¿Qué pasaría si no regreso? La escena es fácil imaginarla: mis hermanos, mi papá, mi familia y amigos vueltos locos buscándome, compartiendo mi foto en redes sociales, rogando encontrarme con vida. Al final, en el mejor de los casos me encuentran, quizá con señas de tortura, de violencia sexual y los comentarios: “Es que se juntaba con gente mayor que ella”, “siempre andaba hasta tarde”, “se juntaba con muchos hombres, seguro era una cualquiera”, “en algo raro andaría metida”.

El cuento es de horror, y cuento se queda corto comparado con lo que es la realidad en todo el mundo. Una y otra vez, esto se normaliza y no puedo entender cómo tantos lo pueden ver sin hacer nada. Las autoridades hacen campañas para concientizar, me consta que a más de uno de los funcionarios les preocupa, pero esto ha sobrepasado los límites, ya no es solo una cosa de gobiernos; es de formación y mentalidad en la que nos siguen viendo inferiores, un objeto, algo sin valor, porque una generación tras otra formó hombres “machitos” y mujeres “abnegadas”, a quienes esto se les hace normal: “eres mujer, y te toca sufrir más”, frase que recuerdo en mi infancia haber escuchado una y otra vez.

Hace unos meses mi compañera de la Universidad Nacional Autónoma de México, perteneciente a la Facultad de Estudios Superiores Acatlán; Amelia de 22 años, fue violada entre unos locales y a la vista de peatones, que “miraban con asco”, pero nadie intervino para ayudarla. ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo espectadores pasivos?, ¿la sangre de cuántas más debe ser derramada para ser escuchadas? Nos educan en la premisa de que nos tratan mal por algo, pero la gente normal no anda por ahí destruyendo otros seres humanos. Lo que le hicieron a Amelia, a María, Nancy, Patricia, o el nombre que tenga; no exige compasión ni perdón, exige justicia por ser un crimen de odio, porque un “hombre”, se sintió con derecho de tomarla a la fuerza. Quizá nunca lo encuentren y Amelia, junto con todas aquellas víctimas, esas chicas desaparecidas, familias, amigos se queden con su coraje, el trauma, la impotencia de haber sido ultrajados y de vivir en una sociedad anegada, que acepta bestialidades como ésta porque “es lo que nos tocó vivir”, mismo que muchas veces viene de las propias mujeres.

Aún queremos creer que los buenos somos más, por eso: gracias a aquellos hombres que siempre tienden la mano y con quienes sabemos podemos acudir porque ustedes mismos todos los días lanzan iniciativas para que nos sintamos protegidas, a las empresas y comercios que realizan campañas de ayuda, porque no son cómplices y trabajan por ayudarnos a cambiar este mundo.

 Si, puede que nos va a tomar algunas generaciones lograrlo, pero tengo fe en que con educación y formación desde el principio de la equidad y respeto lo conseguiremos. Por eso hoy no nos felicites, reconoce los logros de nuestra lucha como mujeres y nuestro papel en la sociedad.

Hoy se conmemora el día internacional de la mujer, para que en la memoria prevalezca que un 8 de marzo de 1908, un incendio en la fábrica Cotton de Nueva York, provocó la muerte de 130 mujeres, que acaecieron calcinadas al interior del edificio luego que el dueño ordenará cerrar las puertas para presionarlas en desistir de sus demandas de igualdad en condiciones laborales con sus compañeros hombres.

En memoria de ellas seamos el unísono para ser el grito de las que ya no tienen voz. #NiUnaMenos