José Miguel Guridi y Alcocer: entre el Modernismo y el Romanticismo.

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José Miguel Guridi y Alcocer es un intelectual del siglo XVIII, estudioso, que cuestiona y de mente abierta; lo recibe el siglo XIX con cambios profundos en las sociedades europeas y la sed de independencia de las colonias americanas.

Willebaldo Herrera lo define en los siguientes términos: “Guridi y Alcocer cruza por el tiempo como un precoz seminarista-tahúr, un ministro que rechaza el sacerdocio porque considera que éste lo aísla del mundo intelectual metropolitano y del contacto soñado con Europa; un hombre que se enamora platónicamente , en diversas épocas, de cuatro mujeres –Ignacia, Camila, Nissé y Flora-, y un burócrata religioso que nunca es correspondido con un legítimo ascenso no obstante sus múltiples méritos como abogado de la iglesia”

Si lo equiparamos con don Miguel Hidalgo y Costilla, no es menos azarosa su vida, descrita en pocas palabras por Edmundo O`Gorman: “Fue tan violenta, tan devastadora la revolución acaudillada por Hidalgo, que siempre nos embarga la sorpresa al recordar que sólo cuatro meses estuvo al mando de la hueste.

En el increíblemente corto espacio de ciento veinte días, aquel teólogo criollo, cura de almas pueblerinas, galante, jugador y dado a músicas y bailes, gran aficionado a la lectura y amante de las faenas del campo y de las artesanías, dio al traste con un gobierno de tres siglos de arraigo, porque si la vida no le alcanzó para saberlo, no hay duda que fue él quien hirió de muerte al virreinato”.

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No cabe duda que, a algunos personajes de la Nueva España, el siglo XIX los sorprendió entre su mundo colonial, religioso, en crisis de diversa índole, la modernidad y la revolución, sin saber definir el mundo que les tocó vivir, no por desconocimiento, sino por las complejidades que se les presentaban.

También surge como una necesidad el pensar y esclarecer para qué queremos la historia; resulta muy importante aclarar que ésta juega en una diversidad de intereses, en este tiempo surgen las ideas reivindicadoras de quienes fueron los villanos en otros tiempos, muchas veces pasando por alto muchas de sus acciones, las cuales se les confrontó en su tiempo, son los casos de Agustín de Iturbide y Antonio López de Santa Ana, el primero quien fue un acérrimo enemigo de los insurgentes, masacrando en muchas ocasiones a los grupos guerrilleros, como es el caso de Albino García y sus correrías en los Llanos de Apan, a quien trabajé en 1985; en el caso de Santa Ana, no es ningún secreto su indefinición política y el abandono, en múltiples ocasiones, de la presidencia de la República.

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Ahora bien, existe una diversidad muy amplia de posturas sobre los usos de la historia; esencialmente, la idea es que consideramos muy importante la producción histórica, los resultados son vitales para ampliar nuestra visión del pasado y no cabe duda que los siglos XIX y XX han sido cruciales en la investigación, además es pertinente reconocer que hay resultados abundantes y de excelente calidad, pero la persona promedio sabe cada vez menos de su pasado como sociedad.

La idea de trabajos como este y los que hicimos en la columna “En la época de la independencia” y el podcast “Historia para todos”, esperamos contribuyan a difundir el conocimiento histórico, creemos muy importante la investigación, pero precisamos poner atención y sacar la producción histórica de los claustros universitarios y darlos a conocer. La difusión requiere dársele el peso que necesita.

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José Miguel Guridi Y Alcocer, fundador del liberalismo tlaxcalteca

José Miguel Guridi y Alcocer nace en San Felipe Ixtacuiztla, en la entonces Provincia de Tlaxcala, en 1763 y, de acuerdo a los términos expresados por él mismo, fue una población “antes opulenta y hoy casi arruinado”, muere nuestro personaje en la ciudad de México hacia el año de 1828.

De acuerdo a él mismo, se preciaba de pertenecer a una de las familias principales de San Felipe, el nació en circunstancias muy particulares y descritas en los siguientes términos, para mediados del siglo XVIII procrear un hijo era una necesidad básica, lo cual no habían podido conseguir sus padres y, como consecuencia de los problemas para procrear, decidieron trasladarse a San Miguel del Milagro y, como consecuencia de ello, nace José Miguel.

Estudió en los seminarios de Puebla y el de Santos, para después pasar al Real Colegio de Abogados, donde se doctoró en teología en 1791, y en cánones en 1801. Posteriormente, estuvo en el Seminario Palafoxiano, de donde partió como párroco a diversos lugares cercanos a la capital del virreinato como Acajete y Tacubaya. Más tarde, fue cura en la iglesia del Sagrario Metropolitano. También fue promotor fiscal y defensor del juzgado de testamentos en la curia de Puebla, y provisor y vicario general en la de México.

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            El siglo decimonónico está caracterizado por una serie de cambios que pensamos necesario puntualizar, los cuales tienen que ver con la evolución de la agricultura y sus implicaciones en razón de la introducción de nuevas formas de trabajar y el crecimiento acelerado de la población europea.

            Sería ya entrado el siglo XIX cuando se pusieron en marcha procesos novedosos en el mundo agrícola, ello supuso un incremento sustancial en la productividad y, en consecuencia, el excedente necesario para abastecer a las crecientes ciudades. En términos del interés que nos mueve en el presente texto, hay una especie de cambios, que pasan de los cultivos modestos y de carácter familiar o de subsistencia a la comercialización en las crecientes ciudades. Ello permitió una reconsideración del productor.

            De manera paralela, la industria fue ganando terreno y permitió la modernización de las sociedades occidentales, así entonces, los fenómenos que trajo como consecuencia, fueron determinados por la Revolución industrial, denominación bajo la cual se encerraba una alteración sustancial de los fundamentos en los que descansaban las relaciones del ser humano con la naturaleza y, en consecuencia, con sus semejantes, dando origen a la sociedad industrial. Las innovaciones técnicas estuvieron presentes a lo largo del siglo XIX, pero sobre todo hacia el final; lo trascendente de este proceso fue la sustitución del trabajo manual por la máquina, además de remplazar la energía humana por la inanimada, aumentando considerablemente la capacidad de obtención de materias primas, implementando con ello un nuevo sistema de producción sustentado en la fábrica, en un paulatino deterioro del taller artesanal.

            Ahora bien, la idea de Revolución industrial se refiere al conjunto de transformaciones económicas y sociales que se registraron, en principio, en Gran Bretaña, entre los siglos XVIII y XIX; tales etapas se contemplan como propias de una etapa de transición. Aunque este proceso es básicamente británico, se le denomina a lo experimentado en el resto de Europa.

            Cabe destacar que, ante una economía esencialmente agrícola, antes de la Revolución industrial, prevalecía un sistema trascendentalmente sustentado en una sociedad estamentaria, donde no había posibilidad de practicar el diálogo y la discusión sobre temas públicos. Será a finales del siglo XIX y, sobre todo el XIX, cuando hay mucho interés por la promoción de la educación, además de abrir la discusión de temas políticos, sobre todo en las ciudades. A partir de este momento los asuntos públicos serán de interés para los ciudadanos en general y se abrirán espacios antes inexistentes.

            Por otra parte, creemos muy importante considerar el crecimiento poblacional, ya que, a partir del siglo XVIII, Europa experimenta un crecimiento constante y acelerado, explicado de la siguiente manera por Mercedes Alcañiz, “El régimen demográfico antiguo, caracterizado por una población estable, debido a las altas tasas de mortalidad y natalidad, ha dado paso al régimen demográfico moderno, definido por una baja natalidad, una baja mortalidad y la escasa incidencia de la mortalidad catastrófica, lo cual está relacionado con las coyunturas económicas y sociales.”. Así entonces el cambio demográfico influyó de manera decisiva en la Europa del siglo XIX y en su futuro.

Ante este contexto en Europa y América, no cabe duda que Guridi y Alcocer inaugura una etapa en el pensamiento; decimos lo anterior porque, de acuerdo a Willebaldo Herrera, no solamente vive una época de transición, donde existe una fuerte influencia del pensamiento ilustrado, sino que también las circunstancias que le toca vivir son complejas y cada vez más requieren de transformaciones de fondo.

En el caso de Guridi, no exclusivamente fue contemplar los anteriores aspectos, sino vislumbra las condiciones específicas de Tlaxcala, donde la autonomía había constituido la base fundamental de su existencia, elemento al que se había recurrido en múltiples ocasiones en la historia de Tlaxcala, sobre todo a lo largo del siglo XIX.

Guridi y Alcocer le imprime características novedosas y recuperaremos, para efectos de este trabajo y de acuerdo a este primer aspecto a tratar, tres componentes sustanciales: la soberanía, la nación y la ciudadanía.

La soberanía es un concepto básico dentro del pensamiento liberal, ya que desde Rousseau se comienza a entender como la capacidad de un pueblo para decidir por sí mismo y sin que se le imponga por nadie, ya que originariamente le pertenece al pueblo. Incluso en el pensamiento inglés de Hobbes y Locke el soberano es el monarca y no se concibe como elemento básico y esencial al pueblo.

Constituye, en Guridi, uno de los ejes en que sustenta su pensamiento, ya que cuando se refiere al artículo 39 de la Constitución de Cádiz, para él es mucho más adecuado y pertinente suponer que la soberanía resida originaria y esencialmente en la nación, porque no es algo que se otorgue, sino que le pertenece en esencia, de lo contrario el pueblo sería vulnerable a que los gobernantes estuvieran en condiciones de arrebatársela, esta vulnerabilidad sería real si en lugar de manejar la idea de esencialmente se manejara radicalmente u originariamente.

En este sentido, la soberanía para Guridi constituye, insistimos, una capacidad de decidir el destino que se quiere de una nación, el tipo de gobierno y el cambio que haga de él; así como en el pasado se optó por la monarquía, ahora los pueblos se inclinan por las repúblicas.

Para Guridi y Alcocer la soberanía es un principio que sostiene la libertad e igualdad individuales, diferente al de liberales mexicanos del siglo XIX, como Ignacio Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez, entre otros, ello se básicamente, al afirmar lo siguiente: “De lo que no puede desprenderse jamás es de la raíz u origen de la soberanía.

Esta resulta de la sumisión que cada uno hace de su propia autoridad y fuerza a una autoridad a que se sujeta, ora sea por un pacto social, ora a imitación de la potestad paterna, ora en fuerza de la necesidad de la defensa y la comodidad de la vida habitando en sociedad; la soberanía, pues, conforme a estos principios de derecho público, reside en aquella autoridad a que todos se sujetan, y su origen y raíz es la voluntad de cada uno.” (Guridi; 2007, 259).

En el Congreso Constituyente de 1823-24, Guridi esgrime los mismos elementos para hacer valer la soberanía de Tlaxcala y su derecho a constituirse en estado de la federación, sobre todo haciendo alusión a los tiempos gloriosos de la época prehispánica.

Por otra parte, un concepto que se vincula muy de cerca de la soberanía es el de la nación;  esta noción ha sufrido múltiples interpretaciones, pero que a raíz de la Revolución francesa se fue unificando en ideas relacionadas con un ordenamiento político-jurídico, pero cuando el papel del titular de la soberanía, ya sea el pueblo o la nación se delega a un poder, sólo quedaría, en estado latente, como «recordatorio» del fundamento del Estado, y podría manifestarse excepcionalmente para rebelarse contra la opresión de una eventual tiranía.

A raíz de la anterior reflexión, la soberanía, para Guridi, recae esencialmente en la nación; es decir, en un órgano constituido y que finalmente delega esa soberanía en el Estado y/o en la representación, concepción evidente cuando asume la defensa de Tlaxcala el 14 de octubre de 1823, refiriéndose al Congreso Constituyente como Vuestra Soberanía, e incluso deja en manos de esa representación el valorar si Tlaxcala merece ser reconocida como entidad de la federación, incluso acepta respetar la decisión aunque no le parezca.

Por ello, la nación merece para Guridi y Alcocer constituirse en un complejo jurídico-político y cultural, donde los individuos permanezcamos por voluntad propia y con un gobierno aceptado igualmente por voluntad propia.

  La ciudadanía forma parte sustancial de los anteriores conceptos, ya que la integración de la nación requiere de individuos, pero de individuos libres e iguales que estén en posibilidades de tener conciencia de lo que significa la soberanía, sobre todo cuando la suma de voluntades la hacen efectiva.

El reflexionar y problematizar sobre la ciudadanía tiene para Miguel Guridi un doble propósito; por una parte, es un componente que sustenta tanto a la nación como a la soberanía; por la otra, es determinante porque la Nueva España vivía bajo un régimen que se sustentaba en la división de castas.

Los individuos sin una conciencia clara de los derechos y obligaciones que implica la ciudadanía, no sabrían hacer valer la soberanía y menos se sentirían identificados con la nación, no serviría de nada fundar republicas liberales sin la conciencia del significado que tiene la ciudadanía; por ello resulta determinante que la soberanía y la nación tengan como soporte a la ciudadanía.

Para Guridi resulta útil extender la ciudadanía, ya que, asegura: “Concédeles un derecho, que, sin sacarlos de su clase o estado llano, les hará concebir que son algo, que figuran en el Estado, y entonces se erigirá su espíritu sacudirán sus potencias, se llenarán de ideas de honor y estimación de sí mismos y adquirirán vigor para servir mejor a la patria”. (Guridi; 2007, 266)

Incluso, hace referencia a que no solamente se adquiere por descendencia, sino por el lugar donde nace un individuo, citando como ejemplo a Grecia y Roma, y se pregunta, por qué los africanos nacidos en la Nueva España no pueden ser considerados ciudadanos en América, por qué se hace esa distinción.

Esclareciendo aún más esa idea citamos al propio Guridi y Alcocer: “¿Qué fundamento hallará que les dañe semejante origen? ¿Será acaso precisamente por ser de África? (refiriéndose básicamente a los mulatos y castas derivadas). No, porque esta parte del mundo no desmerece respecto de las otras, y en ella tenemos territorios cuyos naturales son españoles.

¿Será en odio a los cartaginenses que nos dominaron en otro tiempo, o de los moros que por ocho siglos dominaron la península? No porque los pueblos de que descienden nuestras castas jamás nos han hostilizado, y más bien nosotros hemos sido sus enemigos, esclavizando a sus habitantes.

¿Será por el color oscuro? No, porque las castas tienen un color moreno como el de los indios, a quienes no se excluye por eso del derecho de ciudad: algunos lo tienen más claro que los indios, y otros son tan blancos como los españoles.

A más de que en el siglo XIX, tan ilustrado, y en una nación tan culta como la española, debe atenderse a las cualidades físicas y morales de los súbditos, y no al color, lo que merecería el desprecio que hizo Virgilio en otro caso: alba ligustra cadunt, vaccinia inora leguntur.” (Guridi; 2007,262)

Mediante la implementación de la ciudadanía y la abolición de las castas, para nuestro pensador, “La justicia exige que quien sufra las cargas disfrute también de los derechos comunes a todos, que es lo que importa, la calidad de ciudadano”. (Guridi; 2007, 263)

Con lo anterior, antepone al reconocimiento de ciudadanía la libertad e igualdad individuales, sin estos principios, insistimos, no será posible hacer efectiva la soberanía y menos de constituir la nación.

Guridi concibe al pensamiento como una unidad donde cada uno de los elementos que le componen no pueden comprenderse separados, no serviría de nada tener hombres libres sin un sistema político autoritario, de igual forma tampoco sería de utilidad imponer una república con individuos sin una conciencia de la importancia de la ciudadanía.

            Para finalizar, la contribución de José Miguel Guridi y Alcocer es en el sentido de que el liberalismo tiene su fundamento en la soberanía, que reside en la nación, en la presencia de una figura de ciudadanía, donde prevalece su lugar en la estructura socioeconómica, no importando en su origen étnico, ni su lugar en la estructura estamental. Con esto último da un certero golpe político a la sociedad colonial, profundamente discriminatoria.

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