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Xipetzinco, pueblo otomí de Hueyotlipan; de allí era Xipe, quien vestía otra piel

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Foto: Museo Amparo

En el México prehispánico existieron diversas formas de sacrificios dedicados a los dioses, algunos muy sangrientos como la muy conocida extracción del corazón, hasta el punzarse algunas partes del cuerpo con puntas de maguey. Todos generaron total rechazo y desagrado en los españoles una vez venidos al actual territorio mexicano, si bien admiraban la devoción que los indígenas tenían hacía este tipo de actos religiosos.

A título personal, el que más me sorprendió fue el desollamiento. Las descripciones de las fuentes escritas de cómo un ser humano, después de vivir una especie de trance o de ser considerado un hombre-dios con algunos privilegios, era sacrificado y su piel desollada con una pasmosa habilidad, para que, a manera de ropa, otra persona se la vistiera. Es impresionante. Aquellos sacrificadores, cuyas manos cuidadosas, con herramientas de obsidiana en mano, levantaban la piel del resto de los tejidos muy certeramente, para poder “confeccionar” un traje perfecto, no hacía este acto con la perversa idea de lastimar, para empezar, el ser humano ya había perdido la vida, y en segundo lugar, era pensando en los cultos a dioses como Xipe o Toci. Quienes vestían tan “delicadas vestimentas” eran generalmente varones; hombres vistiendo pieles de otros hombres, u hombres vistiendo pieles de mujeres, y algunas veces mujeres vestían la piel de otras mujeres.

Por tanto, quede claro esto no es una apología a la brutalidad y la sangre. Fue una realidad hace siglos, que el cine gore apenas si lo ha podido imaginar. Los antiguos pueblos mesoamericanos tenían muy claro qué fechas hacer esto y por qué hacerlo. En los calendarios mexicas y tlaxcaltecas caían básicamente en dos momentos: Tlacaxipehualiztli (aproximadamente en febrero y marzo) y Ochpaniztli (aproximadamente en septiembre y octubre).

El desollamiento parece tener un origen antiguo. En Xaltitla, municipio de Atltzayanca, Tlaxcala, se ha localizado una figurilla que parece revestir otra piel, según Óscar Huacuja (comunicación personal) dicha imagen puede datarse en el periodo Preclásico. Al menos para el Epiclásico un mural de Cacaxtla demuestra la realización de esta práctica (Talavera González, et la, 2003: 33). Después, en el Posclásico, durante los tiempos toltecas, se dijo que tal práctica se incorporó a los rituales mesoamericanos por una advocación de Tezcatlipoca: Yáotl, quien desolló a una mujer otomí y revistió su piel (Anales de Cuauhtitlan, 1975: 59). Johanna Broda aseguró que este ritual pudo ser originado en la Huaxteca o en Yopitzinco (Broda, 1970: 245-247). No obstante, el acto se extendió hasta Tlaxcala en el ritual de Exquinan (Muñoz Camargo, 2000, pp. 206-207). En el Códice Magliabechiano hace la siguiente mención: “sacrificaban indias en los cues [sic] que estaban enfrente de los caminos […] y estas indias las desollaban y otras vestían sus pellejos” (1970: 38). Por tanto, la actividad de quitar la piel a la víctima tuvo una gran aceptación en Mesoamérica.

¿Cómo se ha interpretado este ritual? Vestir la piel como si fuese un ropaje, cambiando la apariencia exterior para los demás significa metamorfosis, el personaje se investía como hombre-dios, como ixiptla, receptáculo de la sacralidad. Yóllotl González Torres entendió el desollamiento y el uso de la piel en otra persona como una forma alegórica de cómo la naturaleza cambia de estación, al pasar de lluvias a secas, la tierra exhibe un cambio en el paisaje (1985: 273). Christian Duverger sostuvo el desollamiento como erótico, sinónimo de cópula y fertilidad, pues el hombre que se vestía la piel de la inmolada al realizar esto semejaba al pene introduciéndose al sexo femenino (1979: 181).

Por último, una de las deidades a las que se le dedicaba el desollamiento, y que era parte de su indumentaria era Xipe Totec “nuestro señor que tiene la piel”, este es el nombre que los antiguos pueblos nahuas le daban. Como se mencionó, se han encontrado algunas piezas de alfarería con atributos de esta deidad, que quizá fue nombrado de otra manera en tiempos pretéritos, en Xaltitla. En Ocotelulco, en el bello altar polícromo hay representaciones de esta deidad. Y, los antiguos tlaxcaltecas celebraban el Exquinan, festividad seguramente vinculada a este numen.

Y por último ¿Acaso no es significativo que exista actualmente un pueblo tlaxcalteca con este nombre? Refiero a Xipetzinco. El cual puede traducirse como “el lugar del venerado Xipe”. San Simeón Xipetzinco fue parte del señorío otomí de Hueyotlipan y en el periodo colonial tuvo una iglesia de visitación atendida primero por los franciscanos. A vista simple no es factible encontrar evidencia arqueológica sobre el culto a Xipe Totec, y sin embargo, su nombre hace pensar que fue un santuario a este impresionante dios. Por tanto estudios más profundos y serios deben ser realizados para profundizar sobre esta deidad y el “arte de vestir otra piel”.

Por: Edilberto Mendieta García.

Miembro de la Sociedad de Historia, Educación y Cultura de Tlaxcala

Twitter: @EdilbertoMendi5

Facebook: www.facebook.com/edilberto.mendietagarcia

Correo electrónico: edilbertomendieta@gmail.com

Bibliografía

Anónimo, Anales de Cuauhtitlan, paleografía y traducción de Rafael Tena, México, CONACULTA, 2011 (Colección Cien de México).

Broda, Johanna, “Tlacaxipehualiztli: a reconstruction of an aztec calendar festival from 16th century sources”, en Revista española de antropología americana, Madrid, Universidad de Madrid, v. V, 1970, pp. 197-274.

Codex Magliabechiano, Graz, Akademische Druck und Verlagsanstalt, 1970.

Duverger, Christian, La flor letal. Economía del sacrificio azteca, traducción de Juan José Utrilla, México, Fondo de Cultura Económica, 1979.

González Torres, Yólotl, El sacrificio humano entre los mexicas, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia-Fondo de Cultura Económica, 1985.

Muñoz Camargo, Diego, Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala, 2° Edición, prólogo e introducción de René Acuña, El Colegio de San Luis-Gobierno del Estado de Tlaxcala, 2000.

_________, Historia de Tlaxcala, edición y estudio introductorio de Germán Vázquez, Madrid, Historia 16, 1986 (Crónicas de América, 26).

Talavera González, Jorge Arturo, Juan Martín Rojas Chávez, “Evidencias de sacrificio humano en restos óseos”, en Arqueología Mexicana, vol. XI núm. 63, septiembre-octubre de 2003, pp. 30-34.

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