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A las faldas de la Malinche, se encuentra Ixtenco, un municipio que resguarda el legado otomí más importante de Tlaxcala.

Hace más de quinientos años, en este territorio se dio vida al Yuhmu: una variante del otomí que sólo se habla aquí, y que a través de sus palabras conserva una forma única de entender el mundo. Hoy, sin saber con certeza cuántas personas lo siguen hablando, Ixtenco aún guarda la lengua entre tradiciones, comidas, aromas, maíces de colores, bordados de pepenado… y la nostalgia de un pueblo del que han intentado borrar su historia.

El Yuhmu ya no se transmite como antes. Sus hablantes son cada vez menos. Pero este fotoreportaje es un intento por detener el olvido. Por honrar a quienes, a pesar del silencio institucional y del despojo cultural, han sostenido su lengua con dignidad. Resistieron. Y eso basta para dejar un legado que merece ser escuchado y reconocido.

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Ixtenco, corazón otomí de Tlaxcala: donde el maíz, el pepenado y el yuhmu siguen contando historias

A las faldas de la Malinche se encuentra Ixtenco, un municipio que resguarda el legado otomí más importante de Tlaxcala. Hace más de quinientos años, en este territorio se dio vida al yuhmu: una variante del otomí que sólo se habla aquí, y que a través de sus palabras conserva una forma única de entender el mundo. Hoy, sin saber con certeza cuántas personas lo siguen hablando, Ixtenco aún guarda la lengua entre tradiciones, comidas, aromas, maíces de colores, bordados en pepenado… y la nostalgia de un pueblo del que han intentado borrar su historia.

Con poco más de 7,500 habitantes -según el Censo de Población 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)-, Ixtenco es un pueblo que vive del campo. La mayoría de sus habitantes se dedica a la producción y venta de semillas, a la transformación del maíz nativo y a la elaboración de alimentos y ofrendas que giran en torno a él. En algunas casas se preparan tapetes de semillas, no solo para sus propias fiestas patronales, sino también para celebraciones en distintas comunidades de Tlaxcala, una práctica que no solo adorna, también honra los ciclos agrícolas y la relación espiritual con la tierra.

En 2023, el gobierno federal, con el respaldo municipal y estatal, declaró a Ixtenco “Pueblo Mágico”. Pero para quienes lo habitan, ese nombramiento tiene poco que ver con lo que verdaderamente sostiene al municipio, pues Ixtenco no es un destino turístico y mucho menos, un escaparate cultural: es un pueblo que se caracteriza por el trabajo, su organización y por una profunda memoria territorial. Aquí, la vida gira en torno al maíz, a los rituales, a la lengua, y a las redes comunitarias que han resistido a lo largo del tiempo.

Una de esas formas de resistencia es la Matuma, un sistema tradicional de mayordomías que estructura las fiestas patronales y articula la vida social del pueblo. En esta fiesta, celebrada los días 24 de cada mes a San Juan Bautista, se puede vivir el ambiente de comunidad que distingue a Ixtenco. Con música de viento de fondo, la gente honra las bondades del maíz. Se puede degustar el tradicional atole agrio, tamales, y el chile de ladrillo —conocido como la Matuma—, un platillo espeso de masa rojiza que lleva carne de puerco. Todo se acompaña con pulque y tortillas, en un acto colectivo que celebra y agradece al maíz a través de los alimentos.

Y es que la matuma, más que una organización religiosa, es un sistema comunitario vivo: coordina, une, transmite y protege. Cada año, los barrios de Ixtenco —San Antonio, La Luz, San Miguel, Santiago, San José, San Martín y La Ascensión— se turnan para rendir tributo a San Juan Bautista, el patrono del pueblo y que se festeja el 24 de junio. La fiesta no solo honra a un santo, sino también al ciclo agrícola otomí. La Matuma enseña a colaborar, a compartir, a planear colectivamente, a preparar comida para cientos de personas, a organizarse desde abajo, donde las mujeres toman un papel importante, pues son quienes guían que los platillos sean elaborados con ese sabor que han mantenido durante siglos.

Este sistema de organización convive con la vida agrícola. Aquí, el maíz no es solo cultivo: es alimento sagrado. En los surcos se siembran semillas nativas como el maíz ajo, una variedad ancestral que se cuida de generación en generación. Su cultivo no responde a mercados, sino a memorias: a lo que se cocina, a lo que se agradece, a lo que se comparte. Cada año, en la fiesta del Ngo r’e detha, el pueblo rinde homenaje al maíz con alfombras florales, danzas y rituales que cruzan lo espiritual con lo cotidiano. Y en cada tamal, en cada atole agrio, va una parte de la historia del pueblo.

Y por si fuera poco, la memoria de Ixtenco también se borda. El pepenado, técnica otomí de bordado tradicional, aún vive en las manos de mujeres que cuentan hilos como si contaran historias. Sobre manta cruda y con hilos rojos, negros o azules, se dibujan en negativo árboles, canastas, flores: símbolos que hablan del cuidado, del sustento, de la vida colectiva. El pepenado de Ixtenco, fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial en 2019, sin embargo, el pepenado no es una artesanía para vender: es un lenguaje heredado, una forma de recordar quiénes son, de resistir al olvido a través de la aguja.

Ixtenco, más allá de la vitrina turística que se ha querido imponer, es un territorio donde hablar, sembrar, bordar y organizarse siguen siendo actos profundamente políticos. Aquí, resistir no es consigna: es práctica diaria. Frente al despojo, al turismo impuesto y al abandono institucional, el pueblo responde con sus propias formas de gobernarse, de alimentarse y de contarse.

Porque lo otomí no es pasado, es presente que persiste a pesar del abandono, la discriminación y el silencio impuesto.

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Otomí, la cultura que se llegó a establecer en casi todo el territorio tlaxcalteca

Hablar de la presencia otomí en Tlaxcala es enfrentarse a un rompecabezas histórico y cultural que, pese a décadas de investigación, sigue ofreciendo más preguntas que respuestas. Aunque hay consenso entre especialistas sobre la existencia otomí en la región, los caminos que siguió esta cultura para asentarse en lo que hoy es Ixtenco, aún se discuten. Lo cierto es que su huella en el territorio tlaxcalteca y en la historia de Mesoamérica, es profunda.

Mateo Cajero, habitante de Ixtenco e historiador, señaló que la llegada del pueblo otomí a Tlaxcala, como ocurrió en muchas otras civilizaciones, fue resultado de diversos procesos migratorios. Aclaró que no se trató de una sola oleada, sino de varias, aunque hasta ahora se desconoce con precisión cuántas fueron. En lo que sí coinciden diversos investigadores, como la lingüista Yolanda Lastra, el propio Cajero y el etnólogo Roberto J. Weitlaner, es que los primeros asentamientos otomíes en el territorio tlaxcalteca se remontan a tiempos prehistóricos.

Cajero plantea que, dado que los otomíes tuvieron presencia en Mesoamérica desde hace más de 5,000 años a.C., es posible que hayan sido la primera cultura en asentarse en el actual territorio tlaxcalteca, lo que habría hecho de su dominio el hegemónico durante un largo periodo. Esta hipótesis histórica, aunque aún en discusión, nos coloca frente a una encrucijada sobre los orígenes más remotos del poblamiento otomí en Tlaxcala.

Mientras Mateo Cajero sostiene que los otomíes fueron la primera cultura en llegar a Tlaxcala y quienes tenían el control de la zona, la lingüista Yolanda Lastra, en su libro Los otomíes: su lengua y su historia, no lo da por hecho. Aunque reconoce que existían grupos otomíes asentados en la región desde épocas remotas, subraya que Tlaxcala estaba dominada por pueblos nahuas, sin precisar cuál cultura llegó primero a la región.

Asimismo señala que muchos de los otomíes que se asentaron en Tlaxcala llegaron huyendo del dominio mexica durante distintos procesos migratorios. Pero este proceso no solo floreció en la entidad, pues estos grupos lograron ubicarse en la zona del centro de México, adoptando características diversas según los territorios a los que arribaban.

También, se ha llegado a documentar que el establecimiento de los otomíes en Tlaxcala no fue casual. Su asentamiento cumplió una función estratégica: proteger las fronteras del territorio tlaxcalteca frente al avance de los mexicas. Esta posición defensiva facilitó su instalación a las faldas de la Malinche.

Otro hecho en el que coinciden diversos especialistas es que los otomíes establecidos en Ixtenco llegaron desde Hidalgo y el Estado de México. Según el etnólogo Roberto J. Weitlaner en su estudio El otomí de Ixtenco, Tlaxcala, los primeros grupos otomíes que arribaron a territorio tlaxcalteca provenían del sur del Valle del Mezquital, en Hidalgo (Tepenené), y del Valle de Toluca, en el Estado de México (San Pablo Octupan). Esta conclusión se alcanzó a partir del análisis fonético del otomí hablado en Tlaxcala, que conserva rasgos lingüísticos compartidos con esos lugares de origen.

En ese sentido, el economista Ulises Tamayo, compartió que los otomíes deben pensarse como un grupo heterogéneo. Es decir, no conformaban una unidad homogénea bajo una sola lengua o una cultura uniforme, sino que existían diversas variantes lingüísticas y diferencias regionales, sin embargo, compartían rasgos culturales y formas de organización que les permitían reconocerse como parte de un mismo pueblo y comunicarse entre sí. Mostrando así la multiculturalidad que tenían los pueblos otomíes, y que aún puede verse en Ixtenco.

Asimismo Weitlaner documentó en 1950 que los otomíes llegaron desde el oriente, de Tlaxcala desplazándose hacia la zona de Huamantla y, posteriormente, extendiéndose por la región hasta quedar limitados a la localidad actual de Ixtenco. No obstante, Huamantla e Ixtenco no fueron los únicos lugares a los que llegaron los otomíes. Mateo Cajero asegura que la zona donde predominaba más el otomí era la del oriente de la Malinche, incluyendo a lugares como: Tecoac, Nopallocan, Cuapiaxtla, Texcallan, Tiliuhquitepec, Hueyotlipan y Atlancatepec. También menciona que en otros lugares de Tlaxcala en el norte y sur, pues los pueblos nahuas se encontraban en las cabeceras, mientras que los otomíes ocupaban las estancias fuera de ellas.

Siguiendo la información de Cajero, en esos alrededores se han encontrado algunos vestigios prehispánicos —cerámica, ídolos y cimientos— que hacen suponer que ya existían asentamientos otomíes en la región. Estos hallazgos, documentados por Cajero en 2009, fortalecen la hipótesis de una presencia otomí más antigua y enraizada de lo que muchas narrativas oficiales han considerado, sin embargo, es una hipótesis que hasta este rompecabezas histórico no se ha podido resolver.

Lo que sí es un hecho es que la presencia otomí llegó al territorio tlaxcalteca, pero no solo se establecieron en la parte del oriente del Estado, sino se extendieron por buena parte del territorio tlaxcalteca, y esta es otra encrucijada que se suma al vacío de información respecto a la llegada otomí a Tlaxcala. <br


Andrea Martínez Baracs en su libro Un Gobierno de Indios: Tlaxcala, 1519-1750 (2008), incluye un mapa con las rutas comerciales de la época. En él se observa cómo vastas zonas del territorio tlaxcalteca estaban ocupadas por comunidades otomíes, entre el sur y el norte del estado, lo que da cuenta de su relevancia en la configuración política y económica de la región.

Sin embargo, Ulises Tamayo advierte que, aunque hubo presencia otomí en distintos puntos del territorio tlaxcalteca, la hegemonía de la cultura nahua provocó un proceso de exclusión que relegó al pueblo otomí a los lugares donde originalmente se asentaron, como Ixtenco. Esto permitió que Ixtenco se consolidara como el principal asentamiento de la cultura otomí en Tlaxcala.

Al final de este rompecabezas histórico, puede afirmarse que tanto Ixtenco como la cultura otomí han resistido múltiples procesos de colonización: primero por parte de los mexicas, que los orillaron a constantes migraciones a lo largo del actual territorio mexicano; luego, por los pueblos nahuas ya establecidos en Tlaxcala, quienes los fueron desplazando hasta relegarlos a zonas periféricas como Ixtenco; y más tarde, por las estructuras impuestas desde el proyecto del Estado Nación.

Cabe destacar que el pueblo de Ixtenco no fue fundado oficialmente sino hasta después de la Conquista, en el año de 1532, y sí, fue fundado por los otomíes. </br

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El yuhmu, es un idioma, una lengua… una forma única de ver el mundo.

Nombrar al yuhmu correctamente no es un detalle menor; es el primer paso para reconocerlo.

Ante el desplazamiento que el yuhmu ha sufrido a lo largo del tiempo, no ha sido raro que se le reduzca al término de “dialecto”, una palabra que, lejos de describir, minimiza. Para el lingüista Rafael Alarcón, esa forma de nombrar ha causado un daño profundo. Llamar “dialecto” a una lengua indígena es negar la complejidad y riqueza que habita en ella.

“Usar la palabra dialecto como sinónimo de lengua indígena, es peyorativo. Es como si el español fuera una lengua universal y las demás, dialectos. Sin el reconocimiento que merecen las otras lenguas. Eso ha causado un gran daño a las lenguas nacionales”

Si bien, el yuhmu forma parte del tronco otomí, cuenta con estructuras propias, un orden gramatical y una lógica interna que lo sostienen como un idioma por derecho propio.

En la jerga popular, se suele referir al yuhmu como una lengua. Pero para abordarlo con mayor precisión, es necesario detenerse en los términos. ¿Es “lengua” o “idioma”? Desde la perspectiva lingüística, explica Rafael Alarcón, no hay diferencia real entre ambos conceptos. La distinción es más una cuestión de uso social que de estructura.

“Para mí, en términos lingüísticos, es lo mismo. Son etiquetas que muchas veces parecen aludir a estructuras distintas, pero no lo son. Yo podría escribir indistintamente ‘lengua yuhmu’ o ‘idioma yuhmu’ sin cambiar el significado.”

Lo importante, señala Rafael Alarcón, no es cómo se le clasifique entre opciones técnicas, sino lo que se excluye cuando se usa un término equivocado:

“El problema está cuando se le llama dialecto. Eso hace mucho daño.”

En esa línea, Alarcón explica que todas las lenguas tienen dialectos -entendidos como variantes regionales o formas particulares de hablar un mismo idioma, que comparten una misma base gramatical y léxica, pero con diferencias en pronunciación, vocabulario o entonación-. Para poder entender qué es un dialecto, Alarcon señala que el español de Sonora o el de Veracruz, son dialectos del español. Son formas distintas de hablar una misma lengua, sin que eso implique que una sea superior o más “correcta” que otra.

Desde ese punto de vista, remarcó que lenguas como el yuhmu o el náhuatl son lenguas completas, con historia, estructura y significado; y que tienen el mismo valor que el español, el inglés o el francés. Nombrarlas como tal no solo es correcto: es necesario. Negar ese reconocimiento no es solo un problema lingüístico, es perpetuar una jerarquía donde lo indígena queda en el margen. Y en el caso del yuhmu, esa negación ha servido para justificar su exclusión en las escuelas, en las políticas públicas, en la vida cotidiana.

Por lo que, reconocer al yuhmu como lengua, es entonces más que una formalidad, es devolverle su lugar en el mundo. Y es que más allá de todo la riqueza gramatical, también aporta una concepción única de entender y ver al mundo. Para Nadya Alonso, habitante de Ixtenco y gestora cultural, el yuhmu tiene una propia forma de comprender la vida.

En ese sentido, señala que el yuhmu, aunque no se haya transmitido a las infancias en forma de conversación fluida o enseñanza gramatical, sigue presente. Su valor persiste en la forma de mirar y habitar Ixtenco. Esa comprensión del mundo se cuela en los gestos, en las historias, en los silencios, en las formas de respeto con las que se nombra y se cuida la vida.

“Lo que sucede con el yuhmu, al menos con las personas adultas que aún lo hablan, es que, a pesar de que no nos enseñaron a hablarlo desde niños, el yuhmu está en la vida cotidiana, en la forma en la que se comprende la vida.”

Para Nadya, que ha crecido en Ixtenco acompañada de sus abuelos —hablantes nativos de yuhmu—, la lengua encierra una sabiduría profunda. No es solo un conjunto de palabras, sino una forma de comprender el mundo, de vincularse con la tierra, el tiempo y la comunidad.

““Por ejemplo, en el yuhmu muchas palabras vinculadas a elementos sagrados o naturales llevan un prefijo: makha. Así, para decir sol, luna, tierra o semilla, no se enuncia simplemente la palabra, sino que se antecede con makha: makha hyadi (sol), makha hoi (tierra), makha mahêtsi (cielo). En español solo decimos cielo, tierra, sol, pero en yuhmü se agrega esa palabra para hacerla más especial, con respeto, como algo sagrado.”

Lo mismo ocurre cuando en yuhmu se habla de cuidar el territorio. Para Nadya, ese cuidado va más allá de frases como “no tirar basura”. Con el tiempo, y bajo las enseñanzas de su familia, ha comprendido que se trata de una relación profunda con la tierra, una forma de respeto que sostiene la vida.

“Había que tenerle mucho respeto al maíz. No dejarlo tirado porque el maíz llora, porque el maíz se pone triste. No botar la basura por donde sea, porque la tierra es lo que nos da de comer.”

Rafael Alarcón, confirma lo que dice Nadya; el yuhmu, como todas las lenguas nacionales, tienen un cúmulo de conocimiento y sabiduría:

“Cada lengua tiene un vínculo importante con el entorno biológico en el que se encuentran. Cada lengua tiene una visión del mundo, o sea, cada lengua es como si fuera una ventana hacia el mundo, es una forma de ver el mundo. Por lo que si una lengua se pierde, se pierde esa ese vínculo con la naturaleza, se pierde una gran sabiduría, se pierde un gran cúmulo de conocimientos históricos y aprendizajes"

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El Yuhmu: El idioma de respeto que vivió el despojo

“Hablen en español, no sean ignorantes, nos decían nuestros maestros”
Manuel Mexicano, hablante nativo de Yuhmu en Ixtenco

Conocido en las calles de Ixtenco como yuhmu, la yuhma u simplemente otomí, no importa el término, sino lo que representaba para los abuelos: Una lengua tejida con el saludo en las calles, con el respeto a los padrinos de bautizo, de primera comunión, con el reconocimiento cotidiano de una comunidad que sabía que no bastaba con hablar: había que hacerlo con reverencia.

“Antes la gente decía buenos días o buenas tardes en yuhmu, se respetaba el saludo. Ahora ya no, la gente ya ni saluda.” Eso dice don Andrés Huerta Ortega, quien en su infancia le tocó ver que en yuhmu se pedía permiso para salir a jugar, se proponía matrimonio y se enseñaba a trabajar el campo.

Don Serafín Alonso, cuyos padres fueron hablantes nativos de yuhmu y le enseñaron la lengua otomí, reafirma lo que cuenta don Manuel. Dice que, aunque hoy parezca una leyenda, hace apenas 60 años ver a la gente hablando yuhmu era una realidad viva.

“En yuhmu mi papá me enseñó a trabajar el campo. A reconocer cuando eran los tiempos de siembra y de cosecha. Todo era en yuhmu, aunque ya había español, se acostumbraba a hablar más en otomí. A mi esposa la fui a pedir en yuhmu, mis papás y yo fuimos a casa de mis suegros y con los chiquihuites, mis papás le pidieron su mano. Dijeron “sí compadre” en yuhmu y ya con eso. Así se hacían las cosas antes”

El yuhmu, dicen los abuelitos de Ixtenco, era el lenguaje del respeto. Pero un día se le empujó al silencio, al rincón de la memoria.

En entrevista con el lingüista Rafael Alarcón, compartió que el yuhmu, atravesó lo mismo que diversas lenguas originarias de América Latina, fue silenciado, discriminado y desplazado ante la imposición de un idioma considerado “universal”: el español. Fueron los procesos de colonización los que hicieron que el español se apropiara y se consolidara en Ixtenco como el idioma hegemónico.

Pero este despojo no fue solo lingüístico, sino también territorial y cultural. La población de Ixtenco es conocida por la venta de semillas como pepitas de girasol y huesitos secos del árbol de capulín. A raíz de esta actividad, comenzaron a ser nombrados con el sobrenombre “xi-ndo”, que alude a los vendedores de huesos de capulín. Sin embargo, con el tiempo esta palabra adquirió una connotación despectiva, utilizada para menospreciar no solo su oficio, sino también su lengua y su cultura. Así lo relata el señor Marcelo Aguilar:

Sí había discriminación, porque nos trataban como ‘indios’, así nos decían. En Ixtenco mucha gente vivía de vender maíz, frijol, haba, semillas... y para tener ingresos, salían a vender sus productos. El lugar más cercano era Huamantla, aunque también iban a Puebla o Apizaco. Pero en Huamantla era donde más se vendía, por la cercanía. Ahí fue donde empezó el apodo de ‘xi-ndos’, y nos preguntábamos: ¿por qué nos dicen así? Era por el huesito de capulín, que aquí se recolectaba. se tostaba y se vendía, igual que las semillas de calabaza. Cuando acompañábamos a nuestras madres —en mi caso, mi mamá— notábamos cómo la gente nos miraba distinto, con cierta distancia.”

Fue entonces cuando sus hablantes vivieron el destierro de su lengua en carne propia, como el señor Manuel Mexicano, originario de Ixtenco, cuyo primer idioma fue el yuhmu. Él recuerda que, en su niñez, quienes hablaban otomí eran vistos con desprecio, considerados inferiores. Era como si el yuhmu estuviera prohibido porque solo lo hablaban los adultos y en espacios privados. Pero en algunas ocasiones, el yuhmu también les ayudó a tener un código secreto, la señora Sara Bernardino recuerda que su abuela, quien solía vender huesos de capulín en los tianguis de Puebla, le hablaba en yuhmu durante las ventas. Así, protegía el precio de sus productos y evitaba que los compradores le regatearan. No obstante, esto lo hacía a escondidas de sus padres, quienes le prohibieron que le enseñara a hablar en yuhmu.

“Mis padres sabían que quienes hablaban yuhmu eran discriminados, por eso evitaron que mis hermanos y yo lo habláramos. Si mi abuela me hablaba en yuhmu, era a escondidas. Mis papás intentaban protegernos de sufrir por hablar yuhmu.”

Y es que en las escuelas, el yuhmu también estaba prohibido; de hecho, fue ese espacio el primero en negar el idioma de Ixtenco. Don Manuel Mexicano recuerda que en su escuela se les castigaba a aquellos que hablaban en yuhmu. Eran los propios profesores quienes les decían de manera despectiva si lo hablaban, e incluso, dice don Agustín Ranchero, se burlaban de ellos por hablar yuhmu.

“No sean indios, hablen en español, nos decían”, palabras que resuenan en los labios de don Manuel con nostalgia y coraje.

Del mismo modo, la señora Guadalupe Ventura recuerda que la escuela fue uno de los primeros espacios donde el yuhmu dejó de tener lugar. Al no haber libros en su lengua, el mensaje era claro: no debía hablarse. Con el tiempo, esa ausencia se hizo tan profunda que incluso sus propios hijos le pidieron no hablarles en yuhmu.

“Luego uno les hablaba en otomí y me decían: ‘Ay, mamá, hable bien. Así no quiero que me hable, hable bien’. Y así, poco a poco, se fue olvidando. La lengua se fue perdiendo porque no es fácil dominarla. Para los muchachos era más sencillo hablar español que otomí. Entonces así se fue olvidando, ya no se habló.”

Esas historias de despojo resuenan en las voces de doña Esperanza, Guadalupe, Eloisa, Sara, y de los señores Serafin, Antonio, Agustín y Mateo, quienes, al intentar hablar yuhmu, eran interrumpidos una y otra vez. Como si su lengua no tuviera lugar, como si no mereciera ser escuchada. Esto les provocó sentir vergüenza de su propia propia forma de comunicarse y del territorio que habitaban, como si de pronto dejara de tener valor, de pertenecerles. Así comenzó el segundo paso al olvido. Así dejaron de comunicarse a través de su lengua materna y poco a poco empezaron a ser parte de un sistema social dominante que les obligaba a hablar español y que tenía como objetivo borrar el otomí de Ixtenco.

El miedo al desprecio fue tan profundo que muchas familias decidieron no enseñar el yuhmu a sus hijos. Manuela Cajero Patlani, hija de la señora Esperanza Patlani Arellano, recuerda que, aunque su madre hablaba la lengua, nunca quiso enseñársela. Prefería el silencio a que sus hijas fueran discriminadas como lo fue ella.

“Mis papás entre ellos sí se comunicaban en yuhmu, nosotras éramos niñas, pero no dejaban que escucháramos cuando hablaban, nos decían que nos fuéramos y cerraban la puerta. En ese momento no nos importaba, ahora sí, y aunque mis hermanas aún se les quedaron algunas palabras, la verdad es que ya no aprendimos el yuhmu, era como el idioma de los adultos”

Sin embargo, no todas las historias de los pobladores de Ixtenco fueron iguales, porque lo que sí es un hecho es que, a pesar de todo, nadie quería que el yuhmu se apagara. Pero las condiciones no permitieron que la lengua siguiera su camino; las barreras fueron más fuertes que la voluntad de muchos por mantenerla viva; como es el caso de la señora Esperanza Yonca. Ella sí quería que la lengua siguiera viva en sus hijos, pero simplemente no pudo. Con siete hijos que criar y la pérdida de su esposo, hizo que transmitir el yuhmu a sus hijos fuera complicado, pues el trabajo diario, las tareas del hogar y las exigencias de la escuela —donde solo se permitía el español— dejaron poco espacio para el yuhmu. Cuando por fin intentó enseñarlo a sus hijos, ya era tarde porque hasta la fecha no logran comprenderla del todo.

Pero la lengua sigue ahí, en las palabras cotidianas, en la comida, en la vida diaria, en la memoria de los abuelos. Conservarla, a pesar del despojo, no solo ha sido hacer bastante, ellos ya lo hicieron todo.

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El Estado y su responsabilidad en la preservación, o no, del yuhmu

“En el caso de México, tiene que ver con la imposición de una lengua que en su momento era minoritaria. Para 1820, el 80 por ciento de la población hablaba una lengua indígena. Para que se impusiera la lengua de una minoría con poder en el sistema colonial, la de los criollos, se implementó el español y para imponerla, existieron una serie de violaciones a derechos humanos, de torturas físicas, para desplazar las lenguas originarias. Esto sigue sucediendo y tiene que ver con un proyecto político del Estado mexicano."

Yásnaya Elena Aguilar Gil, lingüista, escritora y activista mixe por los derechos lingüísticos de los pueblos originarios en México.

Con la consolidación del Estado como proyecto de Nación, tras la conquista, se impuso en México el español como idioma oficial y universal. Desde 1820, la enseñanza de esta lengua se priorizó por encima de la diversidad cultural y lingüística del país. Tlaxcala no fue la excepción, y en Ixtenco, esta política también dejó huella. Fueron los abuelos de don Manuel, Serafín, Agustín, Antonio, y las señoras Guadalupe, Esperanza y Sara, quienes empezaron a vivir esa transformación; y vivieron el castigo de hablar yuhmu en su propio territorio, un castigo que también se vivió desde inicios del siglo pasado con nuevas historias y que ha dejado al yuhmu en una situación de riesgo.

Para la lingüista mixe, Yásnaya Elena Aguilar Gil, estas políticas públicas, orientadas a la consolidación del Estado Mexicano, siguen perpetuando estrategias de despojo, discriminación y racismo incrustado, para evitar que las lenguas sigan resistiendo. En una entrevista para el medio Memorias de nómada, Aguilar Gil asegura que para que una lengua desaparezca, debe atravesar por distintos métodos de violencia.

“Para que se pierda una lengua, necesitas haber violentado los derechos humanos y lingüísticos de un pueblo durante mucho tiempo.”

Aunque con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México en 2018 se prometió un reconocimiento real a los pueblos originarios, reflejado en la creación del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas -que hoy orienta la política cultural del gobierno de Lorena Cuéllar en Tlaxcala-, y si bien se han promovido políticas públicas que en el discurso defienden su identidad, en Ixtenco la realidad es muy distinta. La lengua yuhmu sigue sin ocupar un lugar prioritario en la agenda política.

Para Silia Juárez, gestora cultural, el trabajo del Estado sigue siendo limitado en la generación de condiciones reales para la revitalización del yuhmu. Hasta ahora, no existen políticas públicas integrales que estén verdaderamente enfocadas en su recuperación. Y cuando hay acciones desde las instituciones gubernamentales, suelen ser resultado del impulso y la presión de la propia comunidad, no de una iniciativa estructurada desde el Estado.

Por su lado, Rafael Alarcón considera que una de las prioridades para restaurar el yuhmu es mantener viva la lengua en el presente, generando espacios donde se hable y se practique cotidianamente. Para que esa posibilidad sea real, señala, debe existir voluntad institucional, al menos desde el ámbito municipal. Sin embargo, tras más de una década de trabajo en Ixtenco, Alarcón considera que los intentos por rescatar el yuhmu no han sido suficientes.

“Se trata de construir procesos donde el yuhmu pueda volver a usarse. Donde la comunidad le dé valor. Donde exista una política municipal, estatal, comunitaria que reconozca la lengua como parte esencial de la vida pública. Que no se diga solamente hay que preservarla, sino hay que hablarla. Sólo así, quizá, las personas sentirían la necesidad —y el deseo— de aprenderla.”

La lengua ya estaba en crisis de desaparecer desde la década de los 90’s, y desde entonces se han implementado proyectos para su rescate. Uno de los esfuerzos que se hicieron institucionalmente junto con la población, fueron la construcción de escuela bilingües, inauguradas desde 1995, tuvieron la intención de que niños y niñas al ingresar al kinder o a la primaria, tuvieran como prioridad hablar yuhmu.

Uno de los primeros en impulsar esta iniciativa fue el promotor cultural, Cornelio Hernández Rojas. En entrevista compartió que a pesar de que este proyecto parecía prometedor, hasta el momento sus impactos no han sido tangibles. Pese a contar con una inversión económica por parte del Estado que brindara la infraestructura para hacerlo posible, la población seguía y sigue sin hablar en yuhmu.

Por su lado, Rafael Alarcón señala que, aunque la escuela bilingüe -aún vigente en la comunidad- representa un esfuerzo valioso, su impacto solo puede ser efectivo si existe continuidad en el aprendizaje.

“Los niños empezaron a aprender la lengua yuhmu en la escuela bilingüe, pero la mayoría, cuando llegan a la secundaria o a la preparatoria, dejan de hablarlo, lo que genera que lo olviden. Incluso hay jóvenes de la comunidad que estuvieron en escuelas bilingües, pero al no tener seguimiento, pasan años sin practicarla y llegan a la universidad sin saberla hablar.”

Ante este panorama, Cornelio Hernández reconoce que los modelos basados en una visión educativa tradicional no han sido eficaces para revitalizar la lengua. Aunque se han enseñado palabras sueltas, advierte que con eso no se construye una forma de pensar, de actuar ni de hablar en yuhmu; razón por la cuál no se traduce en hablantes reales.

“Durante décadas me equivoqué en cuanto al método para poder revitalizar la lengua. Pero en ese momento pensábamos que así debería de ser”, confiesa.

Asimismo, menciona que en esa misma época se ofertaron clases de yuhmu en los centros culturales, pero la población no asistía. Cornelio Hernández menciona que si bien, se estaba haciendo un esfuerzo por empujar a las instituciones a crear espacios, también había desinterés de la misma gente.

Actualmente, el yuhmu continúa enseñándose desde lo institucional a través de programas como Semilleros Creativos, enfocado en las infancias, y los Convites Culturales. Ambos son financiados por la Secretaría de Cultura federal, pero también impulsados por pobladores de Ixtenco que buscan revitalizar la lengua.

Sin embargo, a nivel estatal, las iniciativas aún no son lo suficientemente sólidas. Al preguntarle sobre ello, Rafael Alarcón respondió:

“Pues mira, si me lo preguntas así, yo te diría que lo que se hace desde el ámbito educativo o institucional a favor del yuhmu es insuficiente.”

Para Silia Juárez, los esfuerzos locales no han tenido gran impacto, en parte porque las políticas públicas impulsadas por el Gobierno de Tlaxcala y respaldadas por el Ayuntamiento de Ixtenco, se han centrado en un modelo de turismo que folkloriza la cultura yuhmu, y que como resultado dio a Ixtenco el nombramiento como “Pueblo Mágico” en 2023.

“El nombramiento como Pueblo Mágico, la verdad, me pareció lamentable. Ya sabemos cuál es el objetivo de ese tipo de programas: promover un turismo voraz que termina generando gentrificación, folklorización y, en muchos casos, despojo. Lo que me preocupa es que esto se imponga sin pensar en formas de turismo que realmente beneficien a la comunidad. En Ixtenco ni siquiera hubo consulta ni se conformó un comité para decidirlo.”

Para Silia, vincular el fortalecimiento del yuhmu con el turismo no es el camino adecuado. Considera que la llegada de un turismo masivo podría alterar las dinámicas sociales de la comunidad y limitar aún más las posibilidades de socializar la lengua en contextos cotidianos.

Sobre este tema, Óscar Torres, habitante de Ixtenco, promotor cultural del yuhmu y especialista en turismo, considera que el nombramiento como Pueblo Mágico llegó demasiado pronto y sin una reflexión profunda sobre sus posibles impactos. No obstante, reconoce que detrás de esta iniciativa también existe la intención de enaltecer la cultura otomí presente en la comunidad.

“Creo que todavía no estábamos lo suficientemente preparados para asumir el nombramiento de Pueblo Mágico. Hasta ahora, no ha habido mucha diferencia: la gente ya promovía sus artesanías, el yuhmu sigue presente a pesar de todo. Pero sí creo que, si va a haber turismo, debe pensarse en un modelo comunitario, donde la participación de la comunidad sea central y que no sea un turismo depredador, como suele plantearse tradicionalmente.”

Sin embargo, los procesos turísticos iniciaron desde antes en Ixtenco. Torres señala que fue durante la administración 2011–2013, cuando se integró al equipo de turismo local, que se planteó por primera vez un modelo turístico orientado al reconocimiento de la cultura yuhmu. Aquella etapa marcó el primer acercamiento a un diseño de turismo que buscaba resaltar la identidad cultural desde una visión comunitaria.

“Apoyábamos toda la parte organizativa de eventos, difusión y promoción, no solo de la lengua, sino de la cultura de Ixtenco en general: las artesanías, el patrimonio cultural inmaterial, el patrimonio natural… y siempre con la lengua yuhmu presente. Nos tocaba hacerla visible desde esas pequeñas acciones. Como te decía, fue la primera vez que se abrió el área de Turismo, y poco a poco también fui sumando el área de Cultura.”

Todos estos procesos de acercamiento al yuhmu dieron paso a la creación del Comité de la Lengua Yuhmu en 2019, impulsado a través del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), y conformado desde entonces por habitantes de Ixtenco, lingüistas y lo más importante, hablantes del idioma. Su objetivo fue desarrollar proyectos centrados directamente en la visibilización, fortalecimiento y revitalización de la lengua yuhmu.

“Iniciamos trabajos enfocados en diseñar proyectos para visibilizar la lengua, y poco a poco se fueron sumando otros actores. Es un comité voluntario y honorífico, y sabemos que ese tipo de procesos suelen tener más dificultades para consolidarse y mantenerse en el tiempo, porque, al final, no hay una retribución económica.”

En Ixtenco hay dos perspectivas sobre el papel de las instituciones. Por un lado, se reconoce que sí han habido iniciativas para el rescate de la lengua impulsadas por la población y respaldadas por los órdenes municipales, estatales y federales; y por otro lado, los promotores culturales y la gente que habita la comunidad, reconocen que no hay políticas integrales que sean totalmente efectivas para que el yuhmu sea útil.

Para Nadya Alonso, las acciones que impulsa el Estado a nivel federal, estatal o municipal, son desarticuladas, y no existe una estrategia clara de continuidad entre ellas, lo que representa un gran problema, porque los proyectos que desde fuera parecieran que buscan fortalecer la cultura de Ixtenco, al interior siguen siendo motivo de abandono, situación que pareciera que solo cumple con la función de mercantilizar las comunidades indígenas.

“Me parece que cuando estos proyectos se piensan desde una mirada turística, ya se colocan en otra lógica y, por lo tanto, se actúa desde otras prioridades. Ya no se piensa en la comunidad, sino en lo que viene de fuera, en atraer visitantes a Ixtenco. De pronto, Ixtenco se vende como un paquete completo: maíz, último reducto otomí, yuhmu, semillas, campo… Pero en la práctica, a las campesinas se les deja solas, a los hablantes de yuhmu también. Entonces nos usan para promocionar, pero no hay una relación recíproca. No hay un compromiso real con quienes sostenemos esa identidad.”

Por lo tanto, los procesos de revitalización siguen construyéndose de a poco. Para SIlia Juárez es necesario pensar en la integralidad de políticas públicas que realmente pongan como eje a los pobladores, a los hablantes del yuhmu, y que se enfoquen en participación real de los habitantes para que sean ellos quienes decidan qué es lo que quieren.

El papel de la Universidad Intercultural de Tlaxcala es un paso desde lo institucional y lo comunitario para revitalizar la lengua yuhmu

Uno de los esfuerzos institucionales más relevantes en Tlaxcala fue la creación de la Universidad Intercultural en la comunidad de Ixtenco en el año 2022. Por primera vez, una institución de educación superior incluyó la enseñanza del yuhmu como eje formativo, con el objetivo de revitalizar la lengua desde lo académico y mantenerla viva entre las nuevas generaciones.

Ulises Tamayo, coordinador general de la Universidad Intercultural de Tlaxcala, explicó que el papel que ha asumido la universidad responde a una responsabilidad comunitaria. Desde su formación, a partir de un proceso de consulta y vinculación con las comunidades, se identificaron varias necesidades urgentes, entre las que destacó el fortalecimiento y la revitalización de las lenguas originarias. Al respecto, compartió:

“Eso fue muy interesante porque incluso en comunidades donde la lengua ya no se habla, la demanda seguía presente. Eso nos habla de que no se ha erradicado del todo, que persiste una memoria social y comunitaria del yuhmu como parte de una cultura madre”.

Actualmente, la universidad trabaja con dos lenguas fundamentales: el náhuatl y el yuhmu, consideradas históricas en Tlaxcala, al menos en su historia reciente.

Tamayo explica que a diferencia de otros modelos que han intentado enseñar lenguas originarias desde enfoques estrictamente académicos, la UIT apuesta por un modelo centrado en la revitalización comunitaria y la generación de hablantes activos.

“Lo que se está haciendo es lo que denominamos la lengua originaria como eje transversal de la educación superior. Y eso significa enseñar la lengua no con el objetivo de estudiarla desde fuera, sino con la meta clara de generar hablantes."

Esta visión surge en colaboración con el Comité de la Lengua Yuhmu, con quienes la universidad ha trabajado desde sus inicios. Para Tamayo, uno de los aprendizajes clave fue comprender que el objetivo no era solo conservar la lengua como objeto de estudio, sino mantenerla viva en la práctica cotidiana.

“No era tanto estudiarla por curiosidad o con fines académicos. El objetivo más ambicioso era no permitir que la lengua se muera, que esté en práctica, que esté viva. Y esa es una tarea todavía mucho más fuerte.”

Bajo esa lógica, la UIT concluyó en 2024 la construcción de los planes de estudio específicos para el náhuatl y el yuhmu, diseñados no como programas estandarizados, sino como rutas pedagógicas que integran la lengua, la historia y la identidad cultural.

“Se trata de planes que se apegan a ciertas perspectivas didácticas, sí, pero que al mismo tiempo están profundamente ligados a la dimensión cultural e histórica de los pueblos náhuatl y yuhmu de Tlaxcala”, explicó.

Uno de los elementos centrales del modelo es el trabajo con sabios comunitarios, lo que la universidad llama Diálogo de Saberes.

Esta metodología reconoce que el conocimiento lingüístico y cultural no está sólo en los libros o en el aula, sino en la experiencia viva de los hablantes mayores.

“Trabajamos con hablantes comunitarios. Ahorita nos están apoyando don Manuel Mexicano, de Ixtenco, y la maestra Constantina Bautista, de Contla. Son, literalmente, los abuelitos de la UIT. Y lo digo con respeto, por el rol que juegan para nosotros y para los estudiantes.”

El modelo de enseñanza del yuhmu se construye así en un trinomio pedagógico: un maestro de lengua, un hablante comunitario y un especialista en la lengua. Cada uno aporta desde su experiencia, lo académico, lo vivencial y lo técnico-lingüístico. Para Tamayo, la finalidad no es solo que los estudiantes “tomen clases” de yuhmu, sino que logren desenvolverse en él con sentido, contexto y pertenencia.

“Es un modelo donde todos aprenden de todos. Y eso nos permite formar no solo hablantes, sino personas con conciencia histórica y compromiso con su identidad.”

En un estado donde durante décadas el yuhmu fue desplazado en las aulas y de la vida pública, que una universidad pública lo integre como eje transversal en la educación superior representa un giro profundo en las políticas lingüísticas. Sin embargo, Ulises Tamayo advierte que este es apenas el comienzo de un camino largo y necesariamente colectivo.

En ese sentido, señaló que la Universidad Intercultural de Tlaxcala continúa trabajando con presupuesto proveniente de la Secretaría de Educación Pública para fortalecer institucionalmente el rescate del yuhmu.

Además, han establecido convenios de colaboración con organismos como la Comisión Estatal de Derechos Humanos.

No obstante, al ser cuestionado sobre la participación de la Secretaría de Cultura estatal, Tamayo reconoció que aún no ha habido un acercamiento formal. Afirmó que buscarán abrir ese diálogo para que más instituciones se integren al esfuerzo colectivo por revitalizar y reproducir la enseñanza de la lengua yuhmu.

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Yuhmu: ¿Una lengua que está en peligro de desaparecer?

"Cuando una lengua se pierde, se pierde una gran sabiduría. Se pierde un gran cúmulo de conocimientos históricos. Se pierde un gran bagaje de aprendizaje que se ha transmitido a través de la oralidad de esas lenguas. Se pierde ese vínculo con la naturaleza. Cada lengua tiene una visión del mundo y se pierde un gran conocimiento acumulado a través de los siglos”

Dr. Rafael Alarcón Montero, especialista en lenguas otomangues del Instituto Nacional de Antropología e Historia

La pérdida de la lengua entre generaciones en Ixtenco

El gran problema que ha acechado al yuhmu durante más de medio siglo ha sido la falta de transmisión intergeneracional. El lingüista Rafael Alarcón explica que este obstáculo ya era evidente desde antes, pero fue en la década de los noventa cuando comenzó a generar verdadera preocupación. Para entonces, la falta de transmisión colocó al yuhmu como una lengua en peligro de extinción.

“Ya no hay nuevas generaciones que estén aprendiendo la lengua. Hay niños que están aprendiendo el yuhmu pero como segunda lengua, no como su lengua materna. En ese sentido, no hay —digamos— una transmisión intergeneracional, de los abuelos hacia los padres, y de los padres hacia los hijos.”

No fue sorpresa que el yuhmu dejara de transmitirse. El señor Marcelo Aguilar cuenta que sus padres eligieron no hablarlo con él como una forma de protegerlo. Así, entre silencios y temores, la lengua fue dejando de sonar en las casas… y también en las calles. Así dejó de transmitirse.

“Con el tiempo, al ir creciendo y moviéndonos a otros lugares, empezamos a entender por qué nuestros padres o abuelos dejaron de hablarnos en otomí. Nos dábamos cuenta por las conversaciones, por cómo se expresaban... y entendimos que era por la discriminación.”

Sin embargo, la falta de transmisión del yuhmu a las nuevas generaciones no es el único desafío que enfrenta la lengua, Alarcón señala que a este problema se le suma otro factor: la mayoría de las personas que aún hablan la lengua son adultas mayores.

“Hasta donde nosotros hemos podido ver, la realidad o la situación sociolingüística del yuhmu es que las personas que actualmente hablan la lengua de manera fluida, y cuya lengua materna fue el yuhmu, son mayores de 70 años. Pero no todas las personas de más de 70 años en la comunidad hablan la lengua. Es decir, hay quienes sí la hablan y otras cuya lengua materna es el español. Entonces, tampoco es que si ves a una persona de 70 años ya puedas decir que es hablante de yuhmu. No, no pasa así.”

Actualmente, se desconoce con certeza cuántas personas hablan yuhmu en Ixtenco. Aunque el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó en el Censo de Población y Vivienda 2020 que había 356 hablantes, la realidad en el territorio es distinta. En ese sentido, Rafael Alarcón comentó:

“El número aproximado de hablantes de yuhmu no lo sabemos con precisión, pero hemos intentado hacer un recuento, y en ocasiones no contamos más de 50 personas.”

De acuerdo con el mismo Censo, Ixtenco tiene una población de 7,504 habitantes. Si consideramos que apenas unas 50 personas hablaran yuhmu, la lengua estaría presente en solo el 0.67% de la población, es decir, en menos del 1%. Ante este contexto, para Alarcón, pensar en yuhmu, es pensar en una situación alarmante.

“Estamos ante una situación realmente grave: la lengua está en un proceso avanzado de desaparición. Hay muy pocos hablantes, no existe transmisión intergeneracional y quienes aún la hablan tienen más de 70 años.”

Desde lo institucional, es común escuchar que el yuhmu aún tiene presencia en Ixtenco. En mayo de 2025, la presidenta municipal Aline Lazo Caballero afirmó, para un medio de comunicación, que el 1 % de la población todavía habla otomí, pero la realidad en las calles parece ser aún más preocupante. Al recorrer Ixtenco, el sentimiento es otro.

Basta con preguntar si alguien conoce a un hablante de yuhmu para notar la incertidumbre: las personas se miran entre sí con sorpresa, hacen memoria, y con algo de duda responden: "Tal vez en la siguiente calle le puedan ayudar..." Pero casi siempre añaden una aclaración que pesa: "Es complicado, porque ya no se habla. Algunos dicen algunas palabras, pero hablar, hablar… ya no."

Estas afirmaciones al caminar por Ixtenco se traducen en que no hay hablantes de otomí en Ixtenco o que se encuentran escondidos, la única certeza sobre sus hablantes es que quienes aún lo hablan, son personas adultas mayores, algunas con problemas de su propia edad lo que les imposibilita reunirse para seguir transmitiendo el idioma, como pasa con la señora Esperanza Patlani, quien en febrero de 2025 cumplió cien años. Hoy, por su edad, ya no puede hilar conversaciones largas en yuhmu, pero en momentos de lucidez, sus hijas Manuela y Maximina aseguran que aún lo habla —a veces mezclado con el español— como si su memoria más profunda habitara en esa lengua.

El problema del yuhmu dejó de ser gramatical: ahora es que tenga una utilidad.

Pensar en el yuhmu es entender que cada persona lo habla de forma distinta. Para el señor Manuel Cajero, originario de Ixtenco y estudioso de su estructura gramatical y fonética, el yuhmu varía según el contexto: no se habla igual en público que en privado; pues todavía hay quiénes mantienen la esencia del otomí que llegó a Ixtenco hace cientos de años, y también hay quiénes lo hablan con lo que la academia ha traído para complementarlo. Esta diversidad ha hecho aún más complejo el principal reto de la lengua: su transmisión. A ello se suma que, hace 40 años, no existía un diccionario ni reglas gramaticales claras que permitieran construir un acervo histórico o normativo capaz de preservar su riqueza. Pero se fue construyendo en los últimos años. De hecho, fue él uno de los primeros en poner manos a la obra y empezar la recolección histórica y gramatical de su lengua.

Y así como el señor Cajero, está la Dra. Yolanda Lastra, quien en su libro El otomí de Ixtenco publicado en 1997, analizó el vocabulario, su forma gramatical y un apéndice ortográfico para que, hablantes del yuhmu, puedan integrarlo en sus conversaciones.

Para Rafael Alarcón, el reto del yuhmu ya no está en establecer sus reglas gramaticales. Aunque reconoce la importancia de tener una base formal, señala que hoy existe una amplia documentación sobre cómo se escribe la lengua. Desde hace más de una década, él y otros hablantes nativos han trabajado en registrar su estructura a través de leyendas, canciones y estudios lingüísticos, que también se han ido transformando en métodos de enseñanza.

En ese sentido, Alarcón asegura que el yuhmu ya no es una lengua carente de documentación o métodos de enseñanza; esos trabajos ya se han desarrollado. Para él, ese dejó de ser el desafío principal. Lo que hoy se necesita, afirma, es que el yuhmu recupere su dimensión social, más allá de la lingüística. Ahora, lo urgente es que el yuhmu vuelva a ser una lengua viva, que se escuche y se use en la vida cotidiana.

“Una lengua, si no se usa en espacios públicos, si permanece arrinconada, olvidada, deja de parecer funcional para la sociedad y para la comunidad. Cuando ya no se ve ni se escucha, puede dar la impresión de que está extinta. No digo que yo crea que eso está pasando con el yuhmu, pero esa es la imagen que puede generarse, porque es una lengua hablada solo por unas cuantas personas, de forma esporádica, fuera de lo cotidiano. Y si una lengua no se oye en las calles, en las escuelas, en los espacios comunes, la lengua pierde visibilidad… y con ella, su fuerza.”

En ese sentido, señaló que lo que hace falta son estrategias comunitarias y sociales que permitan que la lengua resurja, que vuelva a usarse, que se escuche nuevamente en las calles y en los espacios donde hoy solo se habla español.

“Creo que lo que hace falta es ganar y crear espacios donde la lengua vuelva a usarse socialmente. Uno de los pocos espacios que hoy tiene el yuhmu es el universitario, pero quizá no sea suficiente, porque sigue siendo un espacio formal. Para que una lengua esté viva, tiene que estar en la vida cotidiana. Los hablantes deben tener la necesidad —y el gusto— de usarla. Tal vez eso es lo que más nos hace falta.”

Caminar por las calles de Ixtenco es un recordatorio silencioso de que una lengua sigue viva. Aunque el yuhmu ya no se escucha comúnmente en la vida cotidiana, aún habita en la memoria de muchas personas adultas. Es el caso de Manuela Cajero, hija de Esperanza Patlani, quien conserva algunas palabras que su madre solía decirle, como teskide (“buenas tardes”) o texkihiatsi (“buenos días”). Las palabras en yuhmu siguen ahí, en la memoria colectiva de la gente.

Pese al contexto de abandono en el que ha vivido el yuhmu en los últimos años, la pregunta que a veces resuena con miedo en Ixtenco es: ¿El yuhmu está condenado a desaparecer si no hay hablantes vivos y la lengua no se comparte intergeneracionalmente? Para Rafael Alarcon, hay muchas posibilidades para que la respuesta sea no, pero el futuro es incierto.

“Es una pregunta que no me gustaría responder, porque de entrada yo diría que no, que el yuhmu no va a desaparecer. Pero también hay que reconocer que quienes aún dominan la lengua lo hacen con mucho esfuerzo, con valentía, y son muy pocos. Eso nos obliga a pensar en distintas estrategias.”

En esa línea, Alarcón afirma que no hay una sola vía para rescatar al yuhmu, sino varias. Una de ellas es la documentación: registrar el idioma, sus usos, sus formas, los contextos donde aún se escucha. Una vía que podría ser la primera y urgente, para que la gente conozca cómo y en qué contextos se habla el idioma.

Para que el yuhmu vuelva Rafael Alarcón ve como una prioridad el generar espacios donde la lengua pueda hablarse, compartirse, tener sentido.

"Una lengua no se conserva solo en libros, sino en la vida cotidiana. Hay que seguir construyendo lugares donde el yuhmu esté presente, donde tenga razón de ser.”

Aunque el idioma yuhmu actualmente enfrenta una realidad crítica —sin transmisión intergeneracional, con hablantes mayores y muy pocos que saben escribirla—, para el lingüista, el futuro del yuhmu sigue siendo incierto. Incluso con todos estos factores en contra, no se atreve a dar una respuesta definitiva. Porque la lengua, como la vida, a veces se empeña en seguir.

Aún así, Rafael es realista. Sabe que es posible que en unas décadas ya no existan hablantes cuya lengua materna sea el yuhmu, pero sí habrá nuevas generaciones que podrían hablarlo para seguir manteniéndole con vida.

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Que el yuhmu sea una lengua viva, aún es posible Yuhmu.

"Oki dabṵni ngega”
“No te olvides de mí” en yuhmu

Al caminar por las calles de Ixtenco, se pueden ver murales y letreros con frases en yuhmu traducidas al español. La gente intenta hablar, recuperar, recordar. Todo eso es parte de una resistencia cotidiana para que el idioma no desaparezca.

Pese a los múltiples factores que han colocado al yuhmu en una situación de riesgo, la comunidad no ha dejado de crear espacios para su revitalización. Son espacios nacidos desde lo comunitario, que apuestan por habitar el territorio y comprenderlo desde la mirada y la lengua del yuhmu. Así han nacido diversas iniciativas que tienen como objetivo: revivir el idioma, regresar a él, habitarlo y entender esa forma de vida tan única que solo puede comprenderse en Ixtenco.

La señoras Esperanza Yonca, Guadalupe Ventura, los señores Manuel Mexicano, Agustín Ranchero, Serafín Alonso y Mateo Cajero, son íconos de la lengua en su comunidad, pues su trabajo ha contribuido a que la gente se niegue a olvidar, tal y como ellos se negaron a hacerlo. De manera colectiva e individual, han querido dejar un legado a través de libros, escritos, canciones y enseñanzas del vocabulario en yuhmu, contenido que ha sido resguardado por la misma comunidad e instituciones para dejar huella de que el idioma aún está vigente.

A pesar de que ellos son guardianes del idioma, hay otros más, que también han realizado acciones, con la intención de reivindicar su historia, su lengua y su propia vida.

Son los trabajos comunitarios los que han sostenido al yuhmu en Ixtenco, reivindicándolo, fortaleciéndolo y resistiendo las múltiples formas de silenciamiento impuestas a lo largo del tiempo. Se trata de proyectos impulsados con un solo objetivo: que el yuhmu siga vivo.

“Coro voces yuhmu”: el canto como resistencia en Ixtenco Julio Velázquez y Paula Moreno crecieron en Ixtenco, escuchando palabras en yuhmu sin entenderlas del todo. Sus padres los llevaron desde pequeños a formar parte de un coro comunitario, sin imaginar que ahí comenzaría su vínculo más profundo con la lengua otomí. “Al principio era una distracción, pero con el tiempo le fuimos agarrando sentido. Entendimos que no era solo cantar, era mantener viva una lengua que estaba desapareciendo”, cuenta Paula. El coro surgió hace 13 años como una iniciativa ciudadana para rescatar el idioma a través del canto coral. Desde entonces, ha sido una de las plataformas más visibles de la revitalización lingüística en Ixtenco, una comunidad considerada también como una isla otomí en Tlaxcala.

“Aquí no hay pueblos hermanos. Estamos solos. Y durante mucho tiempo, ni siquiera sabíamos que aquí había otomíes, pero el coro nos enseñó que el idioma no estaba muerto, solo estaba esperando ser escuchado de nuevo.” menciona Julio.

Ambos cuentan con dominio avanzado de yuhmu y coinciden en que aprenderlo no ha sido fácil. La falta de materiales, métodos de enseñanza o registros escritos ha hecho que el proceso dependa casi exclusivamente de la oralidad de los abuelos.

“Intentas construir una oración y es muy difícil porque no hay reglas claras ni una gramática definida. Y quienes aún lo hablan ya están muy grandes y a veces no recuerdan todo”, explica Paula.

Julio recuerda que su principal herramienta fue el libro Raíces del Otomí, escrito por Mateo Cajero Velázquez, uno de los pocos hablantes que documentó el idioma en Ixtenco.

“Ese libro fue nuestra base. Pero lo demás lo aprendimos escuchando, repitiendo, preguntando. Y ahora tratamos de crear contenido para que las nuevas generaciones lo tengan un poco más fácil. Yo, por ejemplo, hago videos en YouTube en yuhmu.”

Actualmente, el coro es dirigido por el maestro Eduardo García Barrios, titular del Coro Sinfónico de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Su participación ha elevado el nivel musical del proyecto, que se mantiene principalmente gracias a las aportaciones voluntarias de madres, padres de familia y donantes independientes. Aunque en sus inicios el coro también fue respaldado por la Secretaría de Cultura del Estado de Tlaxcala. Aunado a ello, han buscado formas de financiamiento a través de gestiones con diputados locales, lo que ha permitido cubrir algunos gastos esenciales como el pago al director, transporte y viáticos.

Hoy, el proyecto ha crecido al punto de formar parte de una red de coros indígenas a nivel nacional e internacional, con iniciativas como el Encuentro de Coros en Lengua Originaria, que cada año reúne a más de cien voces para cantar en yuhmu.

A pesar de la fuerza de los proyectos comunitarios, Julio es consciente de que el yuhmu sigue en riesgo. Sin embargo, tiene claro que son precisamente estos esfuerzos, nacidos desde la comunidad, los que pueden devolverle vida y utilidad en su propio territorio.

Ambos jóvenes entienden el yuhmu no solo como un idioma, sino como una memoria viva que conecta gastronomía, saberes, territorio e identidad.

“Es una forma de reivindicar a quienes fueron discriminados por hablarlo. De decirles: no fue en vano, rescatar el idioma es también rescatar una historia milenaria que, si se pierde, nos empobrece a todos.”

Escuela Viva de la Cultura Yuhmu: aprender la lengua viviéndola

Tras décadas de involucrarse en procesos institucionales para la enseñanza del yuhmu, el maestro Cornelio Hernández Rojas llegó a una conclusión radical:

“Me equivoqué. Organizar talleres de lectoescritura cuando no se habla la lengua no tiene sentido. ¿Qué van a leer? ¿Qué van a escribir? Si no la viven, no la aprenden”.

Esa reflexión lo llevó a crear, con apoyo de fundaciones internacionales y la Universidad de Varsovia, un nuevo modelo de transmisión lingüística: la Escuela Viva de la Cultura Yuhmu. Un proyecto que, más que enseñar la lengua en un salón, apuesta por vivirla en el día a día.

La iniciativa se basa en el acompañamiento directo entre generaciones. Actualmente, una adolescente, Valeria Aragón Gaspar, participa en sesiones cotidianas de conversación y convivencia con dos hablantes mayores, Guadalupe Ventura Solís y Serafín Alonso Gaspar. A cada uno se le otorga una beca o compensación simbólica, no como un pago formal, sino como reconocimiento al valor de su tiempo y su conocimiento.

“Lo que buscamos es que hablen todos los días, que compartan cómo se vive la lengua, no cómo se estudia. Es un método vivencial. No sé si tenga un nombre en pedagogía, pero eso es lo que necesitamos”, explica Cornelio.

La apuesta es sencilla, pero profunda: transmitir no solo palabras, sino emociones, sentimientos, formas de relacionarse, cocinar, contar historias, nombrar el mundo, como lo han hecho los yuhmu por generaciones. No se trata de una clase tradicional, sino de un vínculo humano sostenido por la lengua.

“Aspectos como las emociones o los recuerdos no se pueden transmitir de manera escolarizada. Lo que vivieron don Serafín y doña Guadalupe, eso es lo que se debe compartir.”

Para Hernández Rojas, este modelo representa una ruptura con los ejercicios anteriores que él mismo promovió desde instituciones culturales y educativas, como el Centro Cultural de Ixtenco o los primeros talleres comunitarios. Aunque valora esos esfuerzos, reconoce que el verdadero cambio radica en una transmisión viva y afectiva de la lengua.

“Este proyecto es resultado de mucha reflexión. Lo que hice por años, creo que no fue lo correcto. Pero si esto da resultado, será porque nace desde la comunidad, no desde el aula.”

La Escuela Viva no pretende sustituir otros programas institucionales como Semilleros Creativos o los talleres municipales, sino demostrar que otra forma de enseñar y de aprender el yuhmu es posible, una que parta de la convivencia, la escucha y el respeto por quienes aún lo hablan.

“Dadá Za”: el videojuego otomí que une memoria, lengua y tecnología Uno de los proyectos más innovadores en torno a la revitalización del yuhmu ha sido Dadá Za, un videojuego interactivo que narra una leyenda otomí a través de voces reales de hablantes de Ixtenco. El proyecto fue impulsado por La Colmena: Centro de Tecnologías Creativas Grace Quintanilla, una iniciativa de la Secretaría de Cultura federal con sede en Tlaxcala.

Nadya Alonso, una de las participantes de este proyecto, compartió que la historia del videojuego se basa en la leyenda de la Matlacuéyetl, una serpiente mitológica que habita en una cueva. Según la narrativa tradicional, quien entra en ese espacio siente que han pasado solo unas horas, pero al salir, descubre que han transcurrido años. Este mito local sirvió de base para construir un entorno audiovisual inmersivo, donde la lengua yuhmu no solo se escucha, sino que se siente viva.

El desarrollo contó con la participación de jóvenes de la comunidad, así como de promotores culturales como César Flores, quien colaboró en la producción junto con el equipo de La Colmena. La traducción y el acompañamiento lingüístico fueron realizados por Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís, hablantes nativos y pilares en los procesos de transmisión del idioma.

También participó el historiador y lingüista Mateo Cajero, autor del libro Raíces del Otomí.

“Mis abuelos también nos ayudaron en la traducción. El videojuego se puede ver en YouTube, y ahí se escucha a personas hablando en yuhmu, contando la historia de Ixtenco desde la lengua”

Dadá Za, que puede traducirse como “la serpiente del tiempo”, es más que un producto digital, es una herramienta de memoria colectiva que busca acercar la lengua otomí a nuevas generaciones a través de medios contemporáneos. En un entorno donde los recursos pedagógicos son escasos, lo que se busca con este tipo de experiencias es una forma distinta de aprender y valorar la lengua desde el juego, la escucha y la emoción.

En Ixtenco, la lengua yuhmu se niega a morir porque sigue habitando espacios. Desde el canto coral hasta los videojuegos, desde una escuela viva tejida entre generaciones hasta murales que escriben la memoria en las paredes, cada proyecto comunitario se convierte en territorio para la palabra.

Como afirma el lingüista Rafael Alarcón, una lengua no puede desaparecer si sigue ocupando lugares físicos, afectivos y simbólicos. El yuhmu, los sigue tomando. Lo que estas iniciativas demuestran es que más allá de las instituciones, es la comunidad —con sus propias pedagogías, herramientas y afectos— la que ha hecho de la lengua un acto cotidiano de resistencia y reivindicación.

Mientras existan quienes canten, programen, traduzcan, enseñen y vivan el yuhmu, la lengua seguirá hablando y las historias de sus hablantes, seguiran vivas por aún mucho tiempo más.

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A las faldas de la Malinche, se encuentra Ixtenco, un municipio que resguarda el legado otomí más importante de Tlaxcala.

Hace más de quinientos años, en este territorio se dio vida al Yuhmu: una variante del otomí que sólo se habla aquí, y que a través de sus palabras conserva una forma única de entender el mundo. Hoy, sin saber con certeza cuántas personas lo siguen hablando, Ixtenco aún guarda la lengua entre tradiciones, comidas, aromas, maíces de colores, bordados de pepenado… y la nostalgia de un pueblo del que han intentado borrar su historia.

El Yuhmu ya no se transmite como antes. Sus hablantes son cada vez menos. Pero este fotoreportaje es un intento por detener el olvido. Por honrar a quienes, a pesar del silencio institucional y del despojo cultural, han sostenido su lengua con dignidad. Resistieron. Y eso basta para dejar un legado que merece ser escuchado y reconocido.

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Ixtenco, corazón otomí de Tlaxcala: donde el maíz, el pepenado y el yuhmu siguen contando historias

A las faldas de la Malinche se encuentra Ixtenco, un municipio que resguarda el legado otomí más importante de Tlaxcala. Hace más de quinientos años, en este territorio se dio vida al yuhmu: una variante del otomí que sólo se habla aquí, y que a través de sus palabras conserva una forma única de entender el mundo. Hoy, sin saber con certeza cuántas personas lo siguen hablando, Ixtenco aún guarda la lengua entre tradiciones, comidas, aromas, maíces de colores, bordados en pepenado… y la nostalgia de un pueblo del que han intentado borrar su historia.

Con poco más de 7,500 habitantes -según el Censo de Población 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)-, Ixtenco es un pueblo que vive del campo. La mayoría de sus habitantes se dedica a la producción y venta de semillas, a la transformación del maíz nativo y a la elaboración de alimentos y ofrendas que giran en torno a él. En algunas casas se preparan tapetes de semillas, no solo para sus propias fiestas patronales, sino también para celebraciones en distintas comunidades de Tlaxcala, una práctica que no solo adorna, también honra los ciclos agrícolas y la relación espiritual con la tierra.

En 2023, el gobierno federal, con el respaldo municipal y estatal, declaró a Ixtenco “Pueblo Mágico”. Pero para quienes lo habitan, ese nombramiento tiene poco que ver con lo que verdaderamente sostiene al municipio, pues Ixtenco no es un destino turístico y mucho menos, un escaparate cultural: es un pueblo que se caracteriza por el trabajo, su organización y por una profunda memoria territorial. Aquí, la vida gira en torno al maíz, a los rituales, a la lengua, y a las redes comunitarias que han resistido a lo largo del tiempo.

Una de esas formas de resistencia es la Matuma, un sistema tradicional de mayordomías que estructura las fiestas patronales y articula la vida social del pueblo. En esta fiesta, celebrada los días 24 de cada mes a San Juan Bautista, se puede vivir el ambiente de comunidad que distingue a Ixtenco. Con música de viento de fondo, la gente honra las bondades del maíz. Se puede degustar el tradicional atole agrio, tamales, y el chile de ladrillo —conocido como la Matuma—, un platillo espeso de masa rojiza que lleva carne de puerco. Todo se acompaña con pulque y tortillas, en un acto colectivo que celebra y agradece al maíz a través de los alimentos.

Y es que la matuma, más que una organización religiosa, es un sistema comunitario vivo: coordina, une, transmite y protege. Cada año, los barrios de Ixtenco —San Antonio, La Luz, San Miguel, Santiago, San José, San Martín y La Ascensión— se turnan para rendir tributo a San Juan Bautista, el patrono del pueblo y que se festeja el 24 de junio. La fiesta no solo honra a un santo, sino también al ciclo agrícola otomí. La Matuma enseña a colaborar, a compartir, a planear colectivamente, a preparar comida para cientos de personas, a organizarse desde abajo, donde las mujeres toman un papel importante, pues son quienes guían que los platillos sean elaborados con ese sabor que han mantenido durante siglos.

Este sistema de organización convive con la vida agrícola. Aquí, el maíz no es solo cultivo: es alimento sagrado. En los surcos se siembran semillas nativas como el maíz ajo, una variedad ancestral que se cuida de generación en generación. Su cultivo no responde a mercados, sino a memorias: a lo que se cocina, a lo que se agradece, a lo que se comparte. Cada año, en la fiesta del Ngo r’e detha, el pueblo rinde homenaje al maíz con alfombras florales, danzas y rituales que cruzan lo espiritual con lo cotidiano. Y en cada tamal, en cada atole agrio, va una parte de la historia del pueblo.

Y por si fuera poco, la memoria de Ixtenco también se borda. El pepenado, técnica otomí de bordado tradicional, aún vive en las manos de mujeres que cuentan hilos como si contaran historias. Sobre manta cruda y con hilos rojos, negros o azules, se dibujan en negativo árboles, canastas, flores: símbolos que hablan del cuidado, del sustento, de la vida colectiva. El pepenado de Ixtenco, fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial en 2019, sin embargo, el pepenado no es una artesanía para vender: es un lenguaje heredado, una forma de recordar quiénes son, de resistir al olvido a través de la aguja.

Ixtenco, más allá de la vitrina turística que se ha querido imponer, es un territorio donde hablar, sembrar, bordar y organizarse siguen siendo actos profundamente políticos. Aquí, resistir no es consigna: es práctica diaria. Frente al despojo, al turismo impuesto y al abandono institucional, el pueblo responde con sus propias formas de gobernarse, de alimentarse y de contarse.

Porque lo otomí no es pasado, es presente que persiste a pesar del abandono, la discriminación y el silencio impuesto.

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Otomí, la cultura que se llegó a establecer en casi todo el territorio tlaxcalteca

Hablar de la presencia otomí en Tlaxcala es enfrentarse a un rompecabezas histórico y cultural que, pese a décadas de investigación, sigue ofreciendo más preguntas que respuestas. Aunque hay consenso entre especialistas sobre la existencia otomí en la región, los caminos que siguió esta cultura para asentarse en lo que hoy es Ixtenco, aún se discuten. Lo cierto es que su huella en el territorio tlaxcalteca y en la historia de Mesoamérica, es profunda.

Mateo Cajero, habitante de Ixtenco e historiador, señaló que la llegada del pueblo otomí a Tlaxcala, como ocurrió en muchas otras civilizaciones, fue resultado de diversos procesos migratorios. Aclaró que no se trató de una sola oleada, sino de varias, aunque hasta ahora se desconoce con precisión cuántas fueron. En lo que sí coinciden diversos investigadores, como la lingüista Yolanda Lastra, el propio Cajero y el etnólogo Roberto J. Weitlaner, es que los primeros asentamientos otomíes en el territorio tlaxcalteca se remontan a tiempos prehistóricos.

Cajero plantea que, dado que los otomíes tuvieron presencia en Mesoamérica desde hace más de 5,000 años a.C., es posible que hayan sido la primera cultura en asentarse en el actual territorio tlaxcalteca, lo que habría hecho de su dominio el hegemónico durante un largo periodo. Esta hipótesis histórica, aunque aún en discusión, nos coloca frente a una encrucijada sobre los orígenes más remotos del poblamiento otomí en Tlaxcala.

Mientras Mateo Cajero sostiene que los otomíes fueron la primera cultura en llegar a Tlaxcala y quienes tenían el control de la zona, la lingüista Yolanda Lastra, en su libro Los otomíes: su lengua y su historia, no lo da por hecho. Aunque reconoce que existían grupos otomíes asentados en la región desde épocas remotas, subraya que Tlaxcala estaba dominada por pueblos nahuas, sin precisar cuál cultura llegó primero a la región.

Asimismo señala que muchos de los otomíes que se asentaron en Tlaxcala llegaron huyendo del dominio mexica durante distintos procesos migratorios. Pero este proceso no solo floreció en la entidad, pues estos grupos lograron ubicarse en la zona del centro de México, adoptando características diversas según los territorios a los que arribaban.

También, se ha llegado a documentar que el establecimiento de los otomíes en Tlaxcala no fue casual. Su asentamiento cumplió una función estratégica: proteger las fronteras del territorio tlaxcalteca frente al avance de los mexicas. Esta posición defensiva facilitó su instalación a las faldas de la Malinche.

Otro hecho en el que coinciden diversos especialistas es que los otomíes establecidos en Ixtenco llegaron desde Hidalgo y el Estado de México. Según el etnólogo Roberto J. Weitlaner en su estudio El otomí de Ixtenco, Tlaxcala, los primeros grupos otomíes que arribaron a territorio tlaxcalteca provenían del sur del Valle del Mezquital, en Hidalgo (Tepenené), y del Valle de Toluca, en el Estado de México (San Pablo Octupan). Esta conclusión se alcanzó a partir del análisis fonético del otomí hablado en Tlaxcala, que conserva rasgos lingüísticos compartidos con esos lugares de origen.

En ese sentido, el economista Ulises Tamayo, compartió que los otomíes deben pensarse como un grupo heterogéneo. Es decir, no conformaban una unidad homogénea bajo una sola lengua o una cultura uniforme, sino que existían diversas variantes lingüísticas y diferencias regionales, sin embargo, compartían rasgos culturales y formas de organización que les permitían reconocerse como parte de un mismo pueblo y comunicarse entre sí. Mostrando así la multiculturalidad que tenían los pueblos otomíes, y que aún puede verse en Ixtenco.

Asimismo Weitlaner documentó en 1950 que los otomíes llegaron desde el oriente, de Tlaxcala desplazándose hacia la zona de Huamantla y, posteriormente, extendiéndose por la región hasta quedar limitados a la localidad actual de Ixtenco. No obstante, Huamantla e Ixtenco no fueron los únicos lugares a los que llegaron los otomíes. Mateo Cajero asegura que la zona donde predominaba más el otomí era la del oriente de la Malinche, incluyendo a lugares como: Tecoac, Nopallocan, Cuapiaxtla, Texcallan, Tiliuhquitepec, Hueyotlipan y Atlancatepec. También menciona que en otros lugares de Tlaxcala en el norte y sur, pues los pueblos nahuas se encontraban en las cabeceras, mientras que los otomíes ocupaban las estancias fuera de ellas.

Siguiendo la información de Cajero, en esos alrededores se han encontrado algunos vestigios prehispánicos —cerámica, ídolos y cimientos— que hacen suponer que ya existían asentamientos otomíes en la región. Estos hallazgos, documentados por Cajero en 2009, fortalecen la hipótesis de una presencia otomí más antigua y enraizada de lo que muchas narrativas oficiales han considerado, sin embargo, es una hipótesis que hasta este rompecabezas histórico no se ha podido resolver.

Lo que sí es un hecho es que la presencia otomí llegó al territorio tlaxcalteca, pero no solo se establecieron en la parte del oriente del Estado, sino se extendieron por buena parte del territorio tlaxcalteca, y esta es otra encrucijada que se suma al vacío de información respecto a la llegada otomí a Tlaxcala. <br


Andrea Martínez Baracs en su libro Un Gobierno de Indios: Tlaxcala, 1519-1750 (2008), incluye un mapa con las rutas comerciales de la época. En él se observa cómo vastas zonas del territorio tlaxcalteca estaban ocupadas por comunidades otomíes, entre el sur y el norte del estado, lo que da cuenta de su relevancia en la configuración política y económica de la región.

Sin embargo, Ulises Tamayo advierte que, aunque hubo presencia otomí en distintos puntos del territorio tlaxcalteca, la hegemonía de la cultura nahua provocó un proceso de exclusión que relegó al pueblo otomí a los lugares donde originalmente se asentaron, como Ixtenco. Esto permitió que Ixtenco se consolidara como el principal asentamiento de la cultura otomí en Tlaxcala.

Al final de este rompecabezas histórico, puede afirmarse que tanto Ixtenco como la cultura otomí han resistido múltiples procesos de colonización: primero por parte de los mexicas, que los orillaron a constantes migraciones a lo largo del actual territorio mexicano; luego, por los pueblos nahuas ya establecidos en Tlaxcala, quienes los fueron desplazando hasta relegarlos a zonas periféricas como Ixtenco; y más tarde, por las estructuras impuestas desde el proyecto del Estado Nación.

Cabe destacar que el pueblo de Ixtenco no fue fundado oficialmente sino hasta después de la Conquista, en el año de 1532, y sí, fue fundado por los otomíes. </br

hablantes

El yuhmu, es un idioma, una lengua… una forma única de ver el mundo.

Nombrar al yuhmu correctamente no es un detalle menor; es el primer paso para reconocerlo.

Ante el desplazamiento que el yuhmu ha sufrido a lo largo del tiempo, no ha sido raro que se le reduzca al término de “dialecto”, una palabra que, lejos de describir, minimiza. Para el lingüista Rafael Alarcón, esa forma de nombrar ha causado un daño profundo. Llamar “dialecto” a una lengua indígena es negar la complejidad y riqueza que habita en ella.

“Usar la palabra dialecto como sinónimo de lengua indígena, es peyorativo. Es como si el español fuera una lengua universal y las demás, dialectos. Sin el reconocimiento que merecen las otras lenguas. Eso ha causado un gran daño a las lenguas nacionales”

Si bien, el yuhmu forma parte del tronco otomí, cuenta con estructuras propias, un orden gramatical y una lógica interna que lo sostienen como un idioma por derecho propio.

En la jerga popular, se suele referir al yuhmu como una lengua. Pero para abordarlo con mayor precisión, es necesario detenerse en los términos. ¿Es “lengua” o “idioma”? Desde la perspectiva lingüística, explica Rafael Alarcón, no hay diferencia real entre ambos conceptos. La distinción es más una cuestión de uso social que de estructura.

“Para mí, en términos lingüísticos, es lo mismo. Son etiquetas que muchas veces parecen aludir a estructuras distintas, pero no lo son. Yo podría escribir indistintamente ‘lengua yuhmu’ o ‘idioma yuhmu’ sin cambiar el significado.”

Lo importante, señala Rafael Alarcón, no es cómo se le clasifique entre opciones técnicas, sino lo que se excluye cuando se usa un término equivocado:

“El problema está cuando se le llama dialecto. Eso hace mucho daño.”

En esa línea, Alarcón explica que todas las lenguas tienen dialectos -entendidos como variantes regionales o formas particulares de hablar un mismo idioma, que comparten una misma base gramatical y léxica, pero con diferencias en pronunciación, vocabulario o entonación-. Para poder entender qué es un dialecto, Alarcon señala que el español de Sonora o el de Veracruz, son dialectos del español. Son formas distintas de hablar una misma lengua, sin que eso implique que una sea superior o más “correcta” que otra.

Desde ese punto de vista, remarcó que lenguas como el yuhmu o el náhuatl son lenguas completas, con historia, estructura y significado; y que tienen el mismo valor que el español, el inglés o el francés. Nombrarlas como tal no solo es correcto: es necesario. Negar ese reconocimiento no es solo un problema lingüístico, es perpetuar una jerarquía donde lo indígena queda en el margen. Y en el caso del yuhmu, esa negación ha servido para justificar su exclusión en las escuelas, en las políticas públicas, en la vida cotidiana.

Por lo que, reconocer al yuhmu como lengua, es entonces más que una formalidad, es devolverle su lugar en el mundo. Y es que más allá de todo la riqueza gramatical, también aporta una concepción única de entender y ver al mundo. Para Nadya Alonso, habitante de Ixtenco y gestora cultural, el yuhmu tiene una propia forma de comprender la vida.

En ese sentido, señala que el yuhmu, aunque no se haya transmitido a las infancias en forma de conversación fluida o enseñanza gramatical, sigue presente. Su valor persiste en la forma de mirar y habitar Ixtenco. Esa comprensión del mundo se cuela en los gestos, en las historias, en los silencios, en las formas de respeto con las que se nombra y se cuida la vida.

“Lo que sucede con el yuhmu, al menos con las personas adultas que aún lo hablan, es que, a pesar de que no nos enseñaron a hablarlo desde niños, el yuhmu está en la vida cotidiana, en la forma en la que se comprende la vida.”

Para Nadya, que ha crecido en Ixtenco acompañada de sus abuelos —hablantes nativos de yuhmu—, la lengua encierra una sabiduría profunda. No es solo un conjunto de palabras, sino una forma de comprender el mundo, de vincularse con la tierra, el tiempo y la comunidad.

““Por ejemplo, en el yuhmu muchas palabras vinculadas a elementos sagrados o naturales llevan un prefijo: makha. Así, para decir sol, luna, tierra o semilla, no se enuncia simplemente la palabra, sino que se antecede con makha: makha hyadi (sol), makha hoi (tierra), makha mahêtsi (cielo). En español solo decimos cielo, tierra, sol, pero en yuhmü se agrega esa palabra para hacerla más especial, con respeto, como algo sagrado.”

Lo mismo ocurre cuando en yuhmu se habla de cuidar el territorio. Para Nadya, ese cuidado va más allá de frases como “no tirar basura”. Con el tiempo, y bajo las enseñanzas de su familia, ha comprendido que se trata de una relación profunda con la tierra, una forma de respeto que sostiene la vida.

“Había que tenerle mucho respeto al maíz. No dejarlo tirado porque el maíz llora, porque el maíz se pone triste. No botar la basura por donde sea, porque la tierra es lo que nos da de comer.”

Rafael Alarcón, confirma lo que dice Nadya; el yuhmu, como todas las lenguas nacionales, tienen un cúmulo de conocimiento y sabiduría:

“Cada lengua tiene un vínculo importante con el entorno biológico en el que se encuentran. Cada lengua tiene una visión del mundo, o sea, cada lengua es como si fuera una ventana hacia el mundo, es una forma de ver el mundo. Por lo que si una lengua se pierde, se pierde esa ese vínculo con la naturaleza, se pierde una gran sabiduría, se pierde un gran cúmulo de conocimientos históricos y aprendizajes"

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El Yuhmu: El idioma de respeto que vivió el despojo

“Hablen en español, no sean ignorantes, nos decían nuestros maestros”
Manuel Mexicano, hablante nativo de Yuhmu en Ixtenco

Conocido en las calles de Ixtenco como yuhmu, la yuhma u simplemente otomí, no importa el término, sino lo que representaba para los abuelos: Una lengua tejida con el saludo en las calles, con el respeto a los padrinos de bautizo, de primera comunión, con el reconocimiento cotidiano de una comunidad que sabía que no bastaba con hablar: había que hacerlo con reverencia.

“Antes la gente decía buenos días o buenas tardes en yuhmu, se respetaba el saludo. Ahora ya no, la gente ya ni saluda.” Eso dice don Andrés Huerta Ortega, quien en su infancia le tocó ver que en yuhmu se pedía permiso para salir a jugar, se proponía matrimonio y se enseñaba a trabajar el campo.

Don Serafín Alonso, cuyos padres fueron hablantes nativos de yuhmu y le enseñaron la lengua otomí, reafirma lo que cuenta don Manuel. Dice que, aunque hoy parezca una leyenda, hace apenas 60 años ver a la gente hablando yuhmu era una realidad viva.

“En yuhmu mi papá me enseñó a trabajar el campo. A reconocer cuando eran los tiempos de siembra y de cosecha. Todo era en yuhmu, aunque ya había español, se acostumbraba a hablar más en otomí. A mi esposa la fui a pedir en yuhmu, mis papás y yo fuimos a casa de mis suegros y con los chiquihuites, mis papás le pidieron su mano. Dijeron “sí compadre” en yuhmu y ya con eso. Así se hacían las cosas antes”

El yuhmu, dicen los abuelitos de Ixtenco, era el lenguaje del respeto. Pero un día se le empujó al silencio, al rincón de la memoria.

En entrevista con el lingüista Rafael Alarcón, compartió que el yuhmu, atravesó lo mismo que diversas lenguas originarias de América Latina, fue silenciado, discriminado y desplazado ante la imposición de un idioma considerado “universal”: el español. Fueron los procesos de colonización los que hicieron que el español se apropiara y se consolidara en Ixtenco como el idioma hegemónico.

Pero este despojo no fue solo lingüístico, sino también territorial y cultural. La población de Ixtenco es conocida por la venta de semillas como pepitas de girasol y huesitos secos del árbol de capulín. A raíz de esta actividad, comenzaron a ser nombrados con el sobrenombre “xi-ndo”, que alude a los vendedores de huesos de capulín. Sin embargo, con el tiempo esta palabra adquirió una connotación despectiva, utilizada para menospreciar no solo su oficio, sino también su lengua y su cultura. Así lo relata el señor Marcelo Aguilar:

Sí había discriminación, porque nos trataban como ‘indios’, así nos decían. En Ixtenco mucha gente vivía de vender maíz, frijol, haba, semillas... y para tener ingresos, salían a vender sus productos. El lugar más cercano era Huamantla, aunque también iban a Puebla o Apizaco. Pero en Huamantla era donde más se vendía, por la cercanía. Ahí fue donde empezó el apodo de ‘xi-ndos’, y nos preguntábamos: ¿por qué nos dicen así? Era por el huesito de capulín, que aquí se recolectaba. se tostaba y se vendía, igual que las semillas de calabaza. Cuando acompañábamos a nuestras madres —en mi caso, mi mamá— notábamos cómo la gente nos miraba distinto, con cierta distancia.”

Fue entonces cuando sus hablantes vivieron el destierro de su lengua en carne propia, como el señor Manuel Mexicano, originario de Ixtenco, cuyo primer idioma fue el yuhmu. Él recuerda que, en su niñez, quienes hablaban otomí eran vistos con desprecio, considerados inferiores. Era como si el yuhmu estuviera prohibido porque solo lo hablaban los adultos y en espacios privados. Pero en algunas ocasiones, el yuhmu también les ayudó a tener un código secreto, la señora Sara Bernardino recuerda que su abuela, quien solía vender huesos de capulín en los tianguis de Puebla, le hablaba en yuhmu durante las ventas. Así, protegía el precio de sus productos y evitaba que los compradores le regatearan. No obstante, esto lo hacía a escondidas de sus padres, quienes le prohibieron que le enseñara a hablar en yuhmu.

“Mis padres sabían que quienes hablaban yuhmu eran discriminados, por eso evitaron que mis hermanos y yo lo habláramos. Si mi abuela me hablaba en yuhmu, era a escondidas. Mis papás intentaban protegernos de sufrir por hablar yuhmu.”

Y es que en las escuelas, el yuhmu también estaba prohibido; de hecho, fue ese espacio el primero en negar el idioma de Ixtenco. Don Manuel Mexicano recuerda que en su escuela se les castigaba a aquellos que hablaban en yuhmu. Eran los propios profesores quienes les decían de manera despectiva si lo hablaban, e incluso, dice don Agustín Ranchero, se burlaban de ellos por hablar yuhmu.

“No sean indios, hablen en español, nos decían”, palabras que resuenan en los labios de don Manuel con nostalgia y coraje.

Del mismo modo, la señora Guadalupe Ventura recuerda que la escuela fue uno de los primeros espacios donde el yuhmu dejó de tener lugar. Al no haber libros en su lengua, el mensaje era claro: no debía hablarse. Con el tiempo, esa ausencia se hizo tan profunda que incluso sus propios hijos le pidieron no hablarles en yuhmu.

“Luego uno les hablaba en otomí y me decían: ‘Ay, mamá, hable bien. Así no quiero que me hable, hable bien’. Y así, poco a poco, se fue olvidando. La lengua se fue perdiendo porque no es fácil dominarla. Para los muchachos era más sencillo hablar español que otomí. Entonces así se fue olvidando, ya no se habló.”

Esas historias de despojo resuenan en las voces de doña Esperanza, Guadalupe, Eloisa, Sara, y de los señores Serafin, Antonio, Agustín y Mateo, quienes, al intentar hablar yuhmu, eran interrumpidos una y otra vez. Como si su lengua no tuviera lugar, como si no mereciera ser escuchada. Esto les provocó sentir vergüenza de su propia propia forma de comunicarse y del territorio que habitaban, como si de pronto dejara de tener valor, de pertenecerles. Así comenzó el segundo paso al olvido. Así dejaron de comunicarse a través de su lengua materna y poco a poco empezaron a ser parte de un sistema social dominante que les obligaba a hablar español y que tenía como objetivo borrar el otomí de Ixtenco.

El miedo al desprecio fue tan profundo que muchas familias decidieron no enseñar el yuhmu a sus hijos. Manuela Cajero Patlani, hija de la señora Esperanza Patlani Arellano, recuerda que, aunque su madre hablaba la lengua, nunca quiso enseñársela. Prefería el silencio a que sus hijas fueran discriminadas como lo fue ella.

“Mis papás entre ellos sí se comunicaban en yuhmu, nosotras éramos niñas, pero no dejaban que escucháramos cuando hablaban, nos decían que nos fuéramos y cerraban la puerta. En ese momento no nos importaba, ahora sí, y aunque mis hermanas aún se les quedaron algunas palabras, la verdad es que ya no aprendimos el yuhmu, era como el idioma de los adultos”

Sin embargo, no todas las historias de los pobladores de Ixtenco fueron iguales, porque lo que sí es un hecho es que, a pesar de todo, nadie quería que el yuhmu se apagara. Pero las condiciones no permitieron que la lengua siguiera su camino; las barreras fueron más fuertes que la voluntad de muchos por mantenerla viva; como es el caso de la señora Esperanza Yonca. Ella sí quería que la lengua siguiera viva en sus hijos, pero simplemente no pudo. Con siete hijos que criar y la pérdida de su esposo, hizo que transmitir el yuhmu a sus hijos fuera complicado, pues el trabajo diario, las tareas del hogar y las exigencias de la escuela —donde solo se permitía el español— dejaron poco espacio para el yuhmu. Cuando por fin intentó enseñarlo a sus hijos, ya era tarde porque hasta la fecha no logran comprenderla del todo.

Pero la lengua sigue ahí, en las palabras cotidianas, en la comida, en la vida diaria, en la memoria de los abuelos. Conservarla, a pesar del despojo, no solo ha sido hacer bastante, ellos ya lo hicieron todo.

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El Estado y su responsabilidad en la preservación, o no, del yuhmu

“En el caso de México, tiene que ver con la imposición de una lengua que en su momento era minoritaria. Para 1820, el 80 por ciento de la población hablaba una lengua indígena. Para que se impusiera la lengua de una minoría con poder en el sistema colonial, la de los criollos, se implementó el español y para imponerla, existieron una serie de violaciones a derechos humanos, de torturas físicas, para desplazar las lenguas originarias. Esto sigue sucediendo y tiene que ver con un proyecto político del Estado mexicano."

Yásnaya Elena Aguilar Gil, lingüista, escritora y activista mixe por los derechos lingüísticos de los pueblos originarios en México.

Con la consolidación del Estado como proyecto de Nación, tras la conquista, se impuso en México el español como idioma oficial y universal. Desde 1820, la enseñanza de esta lengua se priorizó por encima de la diversidad cultural y lingüística del país. Tlaxcala no fue la excepción, y en Ixtenco, esta política también dejó huella. Fueron los abuelos de don Manuel, Serafín, Agustín, Antonio, y las señoras Guadalupe, Esperanza y Sara, quienes empezaron a vivir esa transformación; y vivieron el castigo de hablar yuhmu en su propio territorio, un castigo que también se vivió desde inicios del siglo pasado con nuevas historias y que ha dejado al yuhmu en una situación de riesgo.

Para la lingüista mixe, Yásnaya Elena Aguilar Gil, estas políticas públicas, orientadas a la consolidación del Estado Mexicano, siguen perpetuando estrategias de despojo, discriminación y racismo incrustado, para evitar que las lenguas sigan resistiendo. En una entrevista para el medio Memorias de nómada, Aguilar Gil asegura que para que una lengua desaparezca, debe atravesar por distintos métodos de violencia.

“Para que se pierda una lengua, necesitas haber violentado los derechos humanos y lingüísticos de un pueblo durante mucho tiempo.”

Aunque con la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de México en 2018 se prometió un reconocimiento real a los pueblos originarios, reflejado en la creación del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas -que hoy orienta la política cultural del gobierno de Lorena Cuéllar en Tlaxcala-, y si bien se han promovido políticas públicas que en el discurso defienden su identidad, en Ixtenco la realidad es muy distinta. La lengua yuhmu sigue sin ocupar un lugar prioritario en la agenda política.

Para Silia Juárez, gestora cultural, el trabajo del Estado sigue siendo limitado en la generación de condiciones reales para la revitalización del yuhmu. Hasta ahora, no existen políticas públicas integrales que estén verdaderamente enfocadas en su recuperación. Y cuando hay acciones desde las instituciones gubernamentales, suelen ser resultado del impulso y la presión de la propia comunidad, no de una iniciativa estructurada desde el Estado.

Por su lado, Rafael Alarcón considera que una de las prioridades para restaurar el yuhmu es mantener viva la lengua en el presente, generando espacios donde se hable y se practique cotidianamente. Para que esa posibilidad sea real, señala, debe existir voluntad institucional, al menos desde el ámbito municipal. Sin embargo, tras más de una década de trabajo en Ixtenco, Alarcón considera que los intentos por rescatar el yuhmu no han sido suficientes.

“Se trata de construir procesos donde el yuhmu pueda volver a usarse. Donde la comunidad le dé valor. Donde exista una política municipal, estatal, comunitaria que reconozca la lengua como parte esencial de la vida pública. Que no se diga solamente hay que preservarla, sino hay que hablarla. Sólo así, quizá, las personas sentirían la necesidad —y el deseo— de aprenderla.”

La lengua ya estaba en crisis de desaparecer desde la década de los 90’s, y desde entonces se han implementado proyectos para su rescate. Uno de los esfuerzos que se hicieron institucionalmente junto con la población, fueron la construcción de escuela bilingües, inauguradas desde 1995, tuvieron la intención de que niños y niñas al ingresar al kinder o a la primaria, tuvieran como prioridad hablar yuhmu.

Uno de los primeros en impulsar esta iniciativa fue el promotor cultural, Cornelio Hernández Rojas. En entrevista compartió que a pesar de que este proyecto parecía prometedor, hasta el momento sus impactos no han sido tangibles. Pese a contar con una inversión económica por parte del Estado que brindara la infraestructura para hacerlo posible, la población seguía y sigue sin hablar en yuhmu.

Por su lado, Rafael Alarcón señala que, aunque la escuela bilingüe -aún vigente en la comunidad- representa un esfuerzo valioso, su impacto solo puede ser efectivo si existe continuidad en el aprendizaje.

“Los niños empezaron a aprender la lengua yuhmu en la escuela bilingüe, pero la mayoría, cuando llegan a la secundaria o a la preparatoria, dejan de hablarlo, lo que genera que lo olviden. Incluso hay jóvenes de la comunidad que estuvieron en escuelas bilingües, pero al no tener seguimiento, pasan años sin practicarla y llegan a la universidad sin saberla hablar.”

Ante este panorama, Cornelio Hernández reconoce que los modelos basados en una visión educativa tradicional no han sido eficaces para revitalizar la lengua. Aunque se han enseñado palabras sueltas, advierte que con eso no se construye una forma de pensar, de actuar ni de hablar en yuhmu; razón por la cuál no se traduce en hablantes reales.

“Durante décadas me equivoqué en cuanto al método para poder revitalizar la lengua. Pero en ese momento pensábamos que así debería de ser”, confiesa.

Asimismo, menciona que en esa misma época se ofertaron clases de yuhmu en los centros culturales, pero la población no asistía. Cornelio Hernández menciona que si bien, se estaba haciendo un esfuerzo por empujar a las instituciones a crear espacios, también había desinterés de la misma gente.

Actualmente, el yuhmu continúa enseñándose desde lo institucional a través de programas como Semilleros Creativos, enfocado en las infancias, y los Convites Culturales. Ambos son financiados por la Secretaría de Cultura federal, pero también impulsados por pobladores de Ixtenco que buscan revitalizar la lengua.

Sin embargo, a nivel estatal, las iniciativas aún no son lo suficientemente sólidas. Al preguntarle sobre ello, Rafael Alarcón respondió:

“Pues mira, si me lo preguntas así, yo te diría que lo que se hace desde el ámbito educativo o institucional a favor del yuhmu es insuficiente.”

Para Silia Juárez, los esfuerzos locales no han tenido gran impacto, en parte porque las políticas públicas impulsadas por el Gobierno de Tlaxcala y respaldadas por el Ayuntamiento de Ixtenco, se han centrado en un modelo de turismo que folkloriza la cultura yuhmu, y que como resultado dio a Ixtenco el nombramiento como “Pueblo Mágico” en 2023.

“El nombramiento como Pueblo Mágico, la verdad, me pareció lamentable. Ya sabemos cuál es el objetivo de ese tipo de programas: promover un turismo voraz que termina generando gentrificación, folklorización y, en muchos casos, despojo. Lo que me preocupa es que esto se imponga sin pensar en formas de turismo que realmente beneficien a la comunidad. En Ixtenco ni siquiera hubo consulta ni se conformó un comité para decidirlo.”

Para Silia, vincular el fortalecimiento del yuhmu con el turismo no es el camino adecuado. Considera que la llegada de un turismo masivo podría alterar las dinámicas sociales de la comunidad y limitar aún más las posibilidades de socializar la lengua en contextos cotidianos.

Sobre este tema, Óscar Torres, habitante de Ixtenco, promotor cultural del yuhmu y especialista en turismo, considera que el nombramiento como Pueblo Mágico llegó demasiado pronto y sin una reflexión profunda sobre sus posibles impactos. No obstante, reconoce que detrás de esta iniciativa también existe la intención de enaltecer la cultura otomí presente en la comunidad.

“Creo que todavía no estábamos lo suficientemente preparados para asumir el nombramiento de Pueblo Mágico. Hasta ahora, no ha habido mucha diferencia: la gente ya promovía sus artesanías, el yuhmu sigue presente a pesar de todo. Pero sí creo que, si va a haber turismo, debe pensarse en un modelo comunitario, donde la participación de la comunidad sea central y que no sea un turismo depredador, como suele plantearse tradicionalmente.”

Sin embargo, los procesos turísticos iniciaron desde antes en Ixtenco. Torres señala que fue durante la administración 2011–2013, cuando se integró al equipo de turismo local, que se planteó por primera vez un modelo turístico orientado al reconocimiento de la cultura yuhmu. Aquella etapa marcó el primer acercamiento a un diseño de turismo que buscaba resaltar la identidad cultural desde una visión comunitaria.

“Apoyábamos toda la parte organizativa de eventos, difusión y promoción, no solo de la lengua, sino de la cultura de Ixtenco en general: las artesanías, el patrimonio cultural inmaterial, el patrimonio natural… y siempre con la lengua yuhmu presente. Nos tocaba hacerla visible desde esas pequeñas acciones. Como te decía, fue la primera vez que se abrió el área de Turismo, y poco a poco también fui sumando el área de Cultura.”

Todos estos procesos de acercamiento al yuhmu dieron paso a la creación del Comité de la Lengua Yuhmu en 2019, impulsado a través del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI), y conformado desde entonces por habitantes de Ixtenco, lingüistas y lo más importante, hablantes del idioma. Su objetivo fue desarrollar proyectos centrados directamente en la visibilización, fortalecimiento y revitalización de la lengua yuhmu.

“Iniciamos trabajos enfocados en diseñar proyectos para visibilizar la lengua, y poco a poco se fueron sumando otros actores. Es un comité voluntario y honorífico, y sabemos que ese tipo de procesos suelen tener más dificultades para consolidarse y mantenerse en el tiempo, porque, al final, no hay una retribución económica.”

En Ixtenco hay dos perspectivas sobre el papel de las instituciones. Por un lado, se reconoce que sí han habido iniciativas para el rescate de la lengua impulsadas por la población y respaldadas por los órdenes municipales, estatales y federales; y por otro lado, los promotores culturales y la gente que habita la comunidad, reconocen que no hay políticas integrales que sean totalmente efectivas para que el yuhmu sea útil.

Para Nadya Alonso, las acciones que impulsa el Estado a nivel federal, estatal o municipal, son desarticuladas, y no existe una estrategia clara de continuidad entre ellas, lo que representa un gran problema, porque los proyectos que desde fuera parecieran que buscan fortalecer la cultura de Ixtenco, al interior siguen siendo motivo de abandono, situación que pareciera que solo cumple con la función de mercantilizar las comunidades indígenas.

“Me parece que cuando estos proyectos se piensan desde una mirada turística, ya se colocan en otra lógica y, por lo tanto, se actúa desde otras prioridades. Ya no se piensa en la comunidad, sino en lo que viene de fuera, en atraer visitantes a Ixtenco. De pronto, Ixtenco se vende como un paquete completo: maíz, último reducto otomí, yuhmu, semillas, campo… Pero en la práctica, a las campesinas se les deja solas, a los hablantes de yuhmu también. Entonces nos usan para promocionar, pero no hay una relación recíproca. No hay un compromiso real con quienes sostenemos esa identidad.”

Por lo tanto, los procesos de revitalización siguen construyéndose de a poco. Para SIlia Juárez es necesario pensar en la integralidad de políticas públicas que realmente pongan como eje a los pobladores, a los hablantes del yuhmu, y que se enfoquen en participación real de los habitantes para que sean ellos quienes decidan qué es lo que quieren.

El papel de la Universidad Intercultural de Tlaxcala es un paso desde lo institucional y lo comunitario para revitalizar la lengua yuhmu

Uno de los esfuerzos institucionales más relevantes en Tlaxcala fue la creación de la Universidad Intercultural en la comunidad de Ixtenco en el año 2022. Por primera vez, una institución de educación superior incluyó la enseñanza del yuhmu como eje formativo, con el objetivo de revitalizar la lengua desde lo académico y mantenerla viva entre las nuevas generaciones.

Ulises Tamayo, coordinador general de la Universidad Intercultural de Tlaxcala, explicó que el papel que ha asumido la universidad responde a una responsabilidad comunitaria. Desde su formación, a partir de un proceso de consulta y vinculación con las comunidades, se identificaron varias necesidades urgentes, entre las que destacó el fortalecimiento y la revitalización de las lenguas originarias. Al respecto, compartió:

“Eso fue muy interesante porque incluso en comunidades donde la lengua ya no se habla, la demanda seguía presente. Eso nos habla de que no se ha erradicado del todo, que persiste una memoria social y comunitaria del yuhmu como parte de una cultura madre”.

Actualmente, la universidad trabaja con dos lenguas fundamentales: el náhuatl y el yuhmu, consideradas históricas en Tlaxcala, al menos en su historia reciente.

Tamayo explica que a diferencia de otros modelos que han intentado enseñar lenguas originarias desde enfoques estrictamente académicos, la UIT apuesta por un modelo centrado en la revitalización comunitaria y la generación de hablantes activos.

“Lo que se está haciendo es lo que denominamos la lengua originaria como eje transversal de la educación superior. Y eso significa enseñar la lengua no con el objetivo de estudiarla desde fuera, sino con la meta clara de generar hablantes."

Esta visión surge en colaboración con el Comité de la Lengua Yuhmu, con quienes la universidad ha trabajado desde sus inicios. Para Tamayo, uno de los aprendizajes clave fue comprender que el objetivo no era solo conservar la lengua como objeto de estudio, sino mantenerla viva en la práctica cotidiana.

“No era tanto estudiarla por curiosidad o con fines académicos. El objetivo más ambicioso era no permitir que la lengua se muera, que esté en práctica, que esté viva. Y esa es una tarea todavía mucho más fuerte.”

Bajo esa lógica, la UIT concluyó en 2024 la construcción de los planes de estudio específicos para el náhuatl y el yuhmu, diseñados no como programas estandarizados, sino como rutas pedagógicas que integran la lengua, la historia y la identidad cultural.

“Se trata de planes que se apegan a ciertas perspectivas didácticas, sí, pero que al mismo tiempo están profundamente ligados a la dimensión cultural e histórica de los pueblos náhuatl y yuhmu de Tlaxcala”, explicó.

Uno de los elementos centrales del modelo es el trabajo con sabios comunitarios, lo que la universidad llama Diálogo de Saberes.

Esta metodología reconoce que el conocimiento lingüístico y cultural no está sólo en los libros o en el aula, sino en la experiencia viva de los hablantes mayores.

“Trabajamos con hablantes comunitarios. Ahorita nos están apoyando don Manuel Mexicano, de Ixtenco, y la maestra Constantina Bautista, de Contla. Son, literalmente, los abuelitos de la UIT. Y lo digo con respeto, por el rol que juegan para nosotros y para los estudiantes.”

El modelo de enseñanza del yuhmu se construye así en un trinomio pedagógico: un maestro de lengua, un hablante comunitario y un especialista en la lengua. Cada uno aporta desde su experiencia, lo académico, lo vivencial y lo técnico-lingüístico. Para Tamayo, la finalidad no es solo que los estudiantes “tomen clases” de yuhmu, sino que logren desenvolverse en él con sentido, contexto y pertenencia.

“Es un modelo donde todos aprenden de todos. Y eso nos permite formar no solo hablantes, sino personas con conciencia histórica y compromiso con su identidad.”

En un estado donde durante décadas el yuhmu fue desplazado en las aulas y de la vida pública, que una universidad pública lo integre como eje transversal en la educación superior representa un giro profundo en las políticas lingüísticas. Sin embargo, Ulises Tamayo advierte que este es apenas el comienzo de un camino largo y necesariamente colectivo.

En ese sentido, señaló que la Universidad Intercultural de Tlaxcala continúa trabajando con presupuesto proveniente de la Secretaría de Educación Pública para fortalecer institucionalmente el rescate del yuhmu.

Además, han establecido convenios de colaboración con organismos como la Comisión Estatal de Derechos Humanos.

No obstante, al ser cuestionado sobre la participación de la Secretaría de Cultura estatal, Tamayo reconoció que aún no ha habido un acercamiento formal. Afirmó que buscarán abrir ese diálogo para que más instituciones se integren al esfuerzo colectivo por revitalizar y reproducir la enseñanza de la lengua yuhmu.

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Yuhmu: ¿Una lengua que está en peligro de desaparecer?

"Cuando una lengua se pierde, se pierde una gran sabiduría. Se pierde un gran cúmulo de conocimientos históricos. Se pierde un gran bagaje de aprendizaje que se ha transmitido a través de la oralidad de esas lenguas. Se pierde ese vínculo con la naturaleza. Cada lengua tiene una visión del mundo y se pierde un gran conocimiento acumulado a través de los siglos”

Dr. Rafael Alarcón Montero, especialista en lenguas otomangues del Instituto Nacional de Antropología e Historia

La pérdida de la lengua entre generaciones en Ixtenco

El gran problema que ha acechado al yuhmu durante más de medio siglo ha sido la falta de transmisión intergeneracional. El lingüista Rafael Alarcón explica que este obstáculo ya era evidente desde antes, pero fue en la década de los noventa cuando comenzó a generar verdadera preocupación. Para entonces, la falta de transmisión colocó al yuhmu como una lengua en peligro de extinción.

“Ya no hay nuevas generaciones que estén aprendiendo la lengua. Hay niños que están aprendiendo el yuhmu pero como segunda lengua, no como su lengua materna. En ese sentido, no hay —digamos— una transmisión intergeneracional, de los abuelos hacia los padres, y de los padres hacia los hijos.”

No fue sorpresa que el yuhmu dejara de transmitirse. El señor Marcelo Aguilar cuenta que sus padres eligieron no hablarlo con él como una forma de protegerlo. Así, entre silencios y temores, la lengua fue dejando de sonar en las casas… y también en las calles. Así dejó de transmitirse.

“Con el tiempo, al ir creciendo y moviéndonos a otros lugares, empezamos a entender por qué nuestros padres o abuelos dejaron de hablarnos en otomí. Nos dábamos cuenta por las conversaciones, por cómo se expresaban... y entendimos que era por la discriminación.”

Sin embargo, la falta de transmisión del yuhmu a las nuevas generaciones no es el único desafío que enfrenta la lengua, Alarcón señala que a este problema se le suma otro factor: la mayoría de las personas que aún hablan la lengua son adultas mayores.

“Hasta donde nosotros hemos podido ver, la realidad o la situación sociolingüística del yuhmu es que las personas que actualmente hablan la lengua de manera fluida, y cuya lengua materna fue el yuhmu, son mayores de 70 años. Pero no todas las personas de más de 70 años en la comunidad hablan la lengua. Es decir, hay quienes sí la hablan y otras cuya lengua materna es el español. Entonces, tampoco es que si ves a una persona de 70 años ya puedas decir que es hablante de yuhmu. No, no pasa así.”

Actualmente, se desconoce con certeza cuántas personas hablan yuhmu en Ixtenco. Aunque el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reportó en el Censo de Población y Vivienda 2020 que había 356 hablantes, la realidad en el territorio es distinta. En ese sentido, Rafael Alarcón comentó:

“El número aproximado de hablantes de yuhmu no lo sabemos con precisión, pero hemos intentado hacer un recuento, y en ocasiones no contamos más de 50 personas.”

De acuerdo con el mismo Censo, Ixtenco tiene una población de 7,504 habitantes. Si consideramos que apenas unas 50 personas hablaran yuhmu, la lengua estaría presente en solo el 0.67% de la población, es decir, en menos del 1%. Ante este contexto, para Alarcón, pensar en yuhmu, es pensar en una situación alarmante.

“Estamos ante una situación realmente grave: la lengua está en un proceso avanzado de desaparición. Hay muy pocos hablantes, no existe transmisión intergeneracional y quienes aún la hablan tienen más de 70 años.”

Desde lo institucional, es común escuchar que el yuhmu aún tiene presencia en Ixtenco. En mayo de 2025, la presidenta municipal Aline Lazo Caballero afirmó, para un medio de comunicación, que el 1 % de la población todavía habla otomí, pero la realidad en las calles parece ser aún más preocupante. Al recorrer Ixtenco, el sentimiento es otro.

Basta con preguntar si alguien conoce a un hablante de yuhmu para notar la incertidumbre: las personas se miran entre sí con sorpresa, hacen memoria, y con algo de duda responden: "Tal vez en la siguiente calle le puedan ayudar..." Pero casi siempre añaden una aclaración que pesa: "Es complicado, porque ya no se habla. Algunos dicen algunas palabras, pero hablar, hablar… ya no."

Estas afirmaciones al caminar por Ixtenco se traducen en que no hay hablantes de otomí en Ixtenco o que se encuentran escondidos, la única certeza sobre sus hablantes es que quienes aún lo hablan, son personas adultas mayores, algunas con problemas de su propia edad lo que les imposibilita reunirse para seguir transmitiendo el idioma, como pasa con la señora Esperanza Patlani, quien en febrero de 2025 cumplió cien años. Hoy, por su edad, ya no puede hilar conversaciones largas en yuhmu, pero en momentos de lucidez, sus hijas Manuela y Maximina aseguran que aún lo habla —a veces mezclado con el español— como si su memoria más profunda habitara en esa lengua.

El problema del yuhmu dejó de ser gramatical: ahora es que tenga una utilidad.

Pensar en el yuhmu es entender que cada persona lo habla de forma distinta. Para el señor Manuel Cajero, originario de Ixtenco y estudioso de su estructura gramatical y fonética, el yuhmu varía según el contexto: no se habla igual en público que en privado; pues todavía hay quiénes mantienen la esencia del otomí que llegó a Ixtenco hace cientos de años, y también hay quiénes lo hablan con lo que la academia ha traído para complementarlo. Esta diversidad ha hecho aún más complejo el principal reto de la lengua: su transmisión. A ello se suma que, hace 40 años, no existía un diccionario ni reglas gramaticales claras que permitieran construir un acervo histórico o normativo capaz de preservar su riqueza. Pero se fue construyendo en los últimos años. De hecho, fue él uno de los primeros en poner manos a la obra y empezar la recolección histórica y gramatical de su lengua.

Y así como el señor Cajero, está la Dra. Yolanda Lastra, quien en su libro El otomí de Ixtenco publicado en 1997, analizó el vocabulario, su forma gramatical y un apéndice ortográfico para que, hablantes del yuhmu, puedan integrarlo en sus conversaciones.

Para Rafael Alarcón, el reto del yuhmu ya no está en establecer sus reglas gramaticales. Aunque reconoce la importancia de tener una base formal, señala que hoy existe una amplia documentación sobre cómo se escribe la lengua. Desde hace más de una década, él y otros hablantes nativos han trabajado en registrar su estructura a través de leyendas, canciones y estudios lingüísticos, que también se han ido transformando en métodos de enseñanza.

En ese sentido, Alarcón asegura que el yuhmu ya no es una lengua carente de documentación o métodos de enseñanza; esos trabajos ya se han desarrollado. Para él, ese dejó de ser el desafío principal. Lo que hoy se necesita, afirma, es que el yuhmu recupere su dimensión social, más allá de la lingüística. Ahora, lo urgente es que el yuhmu vuelva a ser una lengua viva, que se escuche y se use en la vida cotidiana.

“Una lengua, si no se usa en espacios públicos, si permanece arrinconada, olvidada, deja de parecer funcional para la sociedad y para la comunidad. Cuando ya no se ve ni se escucha, puede dar la impresión de que está extinta. No digo que yo crea que eso está pasando con el yuhmu, pero esa es la imagen que puede generarse, porque es una lengua hablada solo por unas cuantas personas, de forma esporádica, fuera de lo cotidiano. Y si una lengua no se oye en las calles, en las escuelas, en los espacios comunes, la lengua pierde visibilidad… y con ella, su fuerza.”

En ese sentido, señaló que lo que hace falta son estrategias comunitarias y sociales que permitan que la lengua resurja, que vuelva a usarse, que se escuche nuevamente en las calles y en los espacios donde hoy solo se habla español.

“Creo que lo que hace falta es ganar y crear espacios donde la lengua vuelva a usarse socialmente. Uno de los pocos espacios que hoy tiene el yuhmu es el universitario, pero quizá no sea suficiente, porque sigue siendo un espacio formal. Para que una lengua esté viva, tiene que estar en la vida cotidiana. Los hablantes deben tener la necesidad —y el gusto— de usarla. Tal vez eso es lo que más nos hace falta.”

Caminar por las calles de Ixtenco es un recordatorio silencioso de que una lengua sigue viva. Aunque el yuhmu ya no se escucha comúnmente en la vida cotidiana, aún habita en la memoria de muchas personas adultas. Es el caso de Manuela Cajero, hija de Esperanza Patlani, quien conserva algunas palabras que su madre solía decirle, como teskide (“buenas tardes”) o texkihiatsi (“buenos días”). Las palabras en yuhmu siguen ahí, en la memoria colectiva de la gente.

Pese al contexto de abandono en el que ha vivido el yuhmu en los últimos años, la pregunta que a veces resuena con miedo en Ixtenco es: ¿El yuhmu está condenado a desaparecer si no hay hablantes vivos y la lengua no se comparte intergeneracionalmente? Para Rafael Alarcon, hay muchas posibilidades para que la respuesta sea no, pero el futuro es incierto.

“Es una pregunta que no me gustaría responder, porque de entrada yo diría que no, que el yuhmu no va a desaparecer. Pero también hay que reconocer que quienes aún dominan la lengua lo hacen con mucho esfuerzo, con valentía, y son muy pocos. Eso nos obliga a pensar en distintas estrategias.”

En esa línea, Alarcón afirma que no hay una sola vía para rescatar al yuhmu, sino varias. Una de ellas es la documentación: registrar el idioma, sus usos, sus formas, los contextos donde aún se escucha. Una vía que podría ser la primera y urgente, para que la gente conozca cómo y en qué contextos se habla el idioma.

Para que el yuhmu vuelva Rafael Alarcón ve como una prioridad el generar espacios donde la lengua pueda hablarse, compartirse, tener sentido.

"Una lengua no se conserva solo en libros, sino en la vida cotidiana. Hay que seguir construyendo lugares donde el yuhmu esté presente, donde tenga razón de ser.”

Aunque el idioma yuhmu actualmente enfrenta una realidad crítica —sin transmisión intergeneracional, con hablantes mayores y muy pocos que saben escribirla—, para el lingüista, el futuro del yuhmu sigue siendo incierto. Incluso con todos estos factores en contra, no se atreve a dar una respuesta definitiva. Porque la lengua, como la vida, a veces se empeña en seguir.

Aún así, Rafael es realista. Sabe que es posible que en unas décadas ya no existan hablantes cuya lengua materna sea el yuhmu, pero sí habrá nuevas generaciones que podrían hablarlo para seguir manteniéndole con vida.

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Que el yuhmu sea una lengua viva, aún es posible Yuhmu.

"Oki dabṵni ngega”
“No te olvides de mí” en yuhmu

Al caminar por las calles de Ixtenco, se pueden ver murales y letreros con frases en yuhmu traducidas al español. La gente intenta hablar, recuperar, recordar. Todo eso es parte de una resistencia cotidiana para que el idioma no desaparezca.

Pese a los múltiples factores que han colocado al yuhmu en una situación de riesgo, la comunidad no ha dejado de crear espacios para su revitalización. Son espacios nacidos desde lo comunitario, que apuestan por habitar el territorio y comprenderlo desde la mirada y la lengua del yuhmu. Así han nacido diversas iniciativas que tienen como objetivo: revivir el idioma, regresar a él, habitarlo y entender esa forma de vida tan única que solo puede comprenderse en Ixtenco.

La señoras Esperanza Yonca, Guadalupe Ventura, los señores Manuel Mexicano, Agustín Ranchero, Serafín Alonso y Mateo Cajero, son íconos de la lengua en su comunidad, pues su trabajo ha contribuido a que la gente se niegue a olvidar, tal y como ellos se negaron a hacerlo. De manera colectiva e individual, han querido dejar un legado a través de libros, escritos, canciones y enseñanzas del vocabulario en yuhmu, contenido que ha sido resguardado por la misma comunidad e instituciones para dejar huella de que el idioma aún está vigente.

A pesar de que ellos son guardianes del idioma, hay otros más, que también han realizado acciones, con la intención de reivindicar su historia, su lengua y su propia vida.

Son los trabajos comunitarios los que han sostenido al yuhmu en Ixtenco, reivindicándolo, fortaleciéndolo y resistiendo las múltiples formas de silenciamiento impuestas a lo largo del tiempo. Se trata de proyectos impulsados con un solo objetivo: que el yuhmu siga vivo.

“Coro voces yuhmu”: el canto como resistencia en Ixtenco Julio Velázquez y Paula Moreno crecieron en Ixtenco, escuchando palabras en yuhmu sin entenderlas del todo. Sus padres los llevaron desde pequeños a formar parte de un coro comunitario, sin imaginar que ahí comenzaría su vínculo más profundo con la lengua otomí. “Al principio era una distracción, pero con el tiempo le fuimos agarrando sentido. Entendimos que no era solo cantar, era mantener viva una lengua que estaba desapareciendo”, cuenta Paula. El coro surgió hace 13 años como una iniciativa ciudadana para rescatar el idioma a través del canto coral. Desde entonces, ha sido una de las plataformas más visibles de la revitalización lingüística en Ixtenco, una comunidad considerada también como una isla otomí en Tlaxcala.

“Aquí no hay pueblos hermanos. Estamos solos. Y durante mucho tiempo, ni siquiera sabíamos que aquí había otomíes, pero el coro nos enseñó que el idioma no estaba muerto, solo estaba esperando ser escuchado de nuevo.” menciona Julio.

Ambos cuentan con dominio avanzado de yuhmu y coinciden en que aprenderlo no ha sido fácil. La falta de materiales, métodos de enseñanza o registros escritos ha hecho que el proceso dependa casi exclusivamente de la oralidad de los abuelos.

“Intentas construir una oración y es muy difícil porque no hay reglas claras ni una gramática definida. Y quienes aún lo hablan ya están muy grandes y a veces no recuerdan todo”, explica Paula.

Julio recuerda que su principal herramienta fue el libro Raíces del Otomí, escrito por Mateo Cajero Velázquez, uno de los pocos hablantes que documentó el idioma en Ixtenco.

“Ese libro fue nuestra base. Pero lo demás lo aprendimos escuchando, repitiendo, preguntando. Y ahora tratamos de crear contenido para que las nuevas generaciones lo tengan un poco más fácil. Yo, por ejemplo, hago videos en YouTube en yuhmu.”

Actualmente, el coro es dirigido por el maestro Eduardo García Barrios, titular del Coro Sinfónico de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Su participación ha elevado el nivel musical del proyecto, que se mantiene principalmente gracias a las aportaciones voluntarias de madres, padres de familia y donantes independientes. Aunque en sus inicios el coro también fue respaldado por la Secretaría de Cultura del Estado de Tlaxcala. Aunado a ello, han buscado formas de financiamiento a través de gestiones con diputados locales, lo que ha permitido cubrir algunos gastos esenciales como el pago al director, transporte y viáticos.

Hoy, el proyecto ha crecido al punto de formar parte de una red de coros indígenas a nivel nacional e internacional, con iniciativas como el Encuentro de Coros en Lengua Originaria, que cada año reúne a más de cien voces para cantar en yuhmu.

A pesar de la fuerza de los proyectos comunitarios, Julio es consciente de que el yuhmu sigue en riesgo. Sin embargo, tiene claro que son precisamente estos esfuerzos, nacidos desde la comunidad, los que pueden devolverle vida y utilidad en su propio territorio.

Ambos jóvenes entienden el yuhmu no solo como un idioma, sino como una memoria viva que conecta gastronomía, saberes, territorio e identidad.

“Es una forma de reivindicar a quienes fueron discriminados por hablarlo. De decirles: no fue en vano, rescatar el idioma es también rescatar una historia milenaria que, si se pierde, nos empobrece a todos.”

Escuela Viva de la Cultura Yuhmu: aprender la lengua viviéndola

Tras décadas de involucrarse en procesos institucionales para la enseñanza del yuhmu, el maestro Cornelio Hernández Rojas llegó a una conclusión radical:

“Me equivoqué. Organizar talleres de lectoescritura cuando no se habla la lengua no tiene sentido. ¿Qué van a leer? ¿Qué van a escribir? Si no la viven, no la aprenden”.

Esa reflexión lo llevó a crear, con apoyo de fundaciones internacionales y la Universidad de Varsovia, un nuevo modelo de transmisión lingüística: la Escuela Viva de la Cultura Yuhmu. Un proyecto que, más que enseñar la lengua en un salón, apuesta por vivirla en el día a día.

La iniciativa se basa en el acompañamiento directo entre generaciones. Actualmente, una adolescente, Valeria Aragón Gaspar, participa en sesiones cotidianas de conversación y convivencia con dos hablantes mayores, Guadalupe Ventura Solís y Serafín Alonso Gaspar. A cada uno se le otorga una beca o compensación simbólica, no como un pago formal, sino como reconocimiento al valor de su tiempo y su conocimiento.

“Lo que buscamos es que hablen todos los días, que compartan cómo se vive la lengua, no cómo se estudia. Es un método vivencial. No sé si tenga un nombre en pedagogía, pero eso es lo que necesitamos”, explica Cornelio.

La apuesta es sencilla, pero profunda: transmitir no solo palabras, sino emociones, sentimientos, formas de relacionarse, cocinar, contar historias, nombrar el mundo, como lo han hecho los yuhmu por generaciones. No se trata de una clase tradicional, sino de un vínculo humano sostenido por la lengua.

“Aspectos como las emociones o los recuerdos no se pueden transmitir de manera escolarizada. Lo que vivieron don Serafín y doña Guadalupe, eso es lo que se debe compartir.”

Para Hernández Rojas, este modelo representa una ruptura con los ejercicios anteriores que él mismo promovió desde instituciones culturales y educativas, como el Centro Cultural de Ixtenco o los primeros talleres comunitarios. Aunque valora esos esfuerzos, reconoce que el verdadero cambio radica en una transmisión viva y afectiva de la lengua.

“Este proyecto es resultado de mucha reflexión. Lo que hice por años, creo que no fue lo correcto. Pero si esto da resultado, será porque nace desde la comunidad, no desde el aula.”

La Escuela Viva no pretende sustituir otros programas institucionales como Semilleros Creativos o los talleres municipales, sino demostrar que otra forma de enseñar y de aprender el yuhmu es posible, una que parta de la convivencia, la escucha y el respeto por quienes aún lo hablan.

“Dadá Za”: el videojuego otomí que une memoria, lengua y tecnología Uno de los proyectos más innovadores en torno a la revitalización del yuhmu ha sido Dadá Za, un videojuego interactivo que narra una leyenda otomí a través de voces reales de hablantes de Ixtenco. El proyecto fue impulsado por La Colmena: Centro de Tecnologías Creativas Grace Quintanilla, una iniciativa de la Secretaría de Cultura federal con sede en Tlaxcala.

Nadya Alonso, una de las participantes de este proyecto, compartió que la historia del videojuego se basa en la leyenda de la Matlacuéyetl, una serpiente mitológica que habita en una cueva. Según la narrativa tradicional, quien entra en ese espacio siente que han pasado solo unas horas, pero al salir, descubre que han transcurrido años. Este mito local sirvió de base para construir un entorno audiovisual inmersivo, donde la lengua yuhmu no solo se escucha, sino que se siente viva.

El desarrollo contó con la participación de jóvenes de la comunidad, así como de promotores culturales como César Flores, quien colaboró en la producción junto con el equipo de La Colmena. La traducción y el acompañamiento lingüístico fueron realizados por Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís, hablantes nativos y pilares en los procesos de transmisión del idioma.

También participó el historiador y lingüista Mateo Cajero, autor del libro Raíces del Otomí.

“Mis abuelos también nos ayudaron en la traducción. El videojuego se puede ver en YouTube, y ahí se escucha a personas hablando en yuhmu, contando la historia de Ixtenco desde la lengua”

Dadá Za, que puede traducirse como “la serpiente del tiempo”, es más que un producto digital, es una herramienta de memoria colectiva que busca acercar la lengua otomí a nuevas generaciones a través de medios contemporáneos. En un entorno donde los recursos pedagógicos son escasos, lo que se busca con este tipo de experiencias es una forma distinta de aprender y valorar la lengua desde el juego, la escucha y la emoción.

En Ixtenco, la lengua yuhmu se niega a morir porque sigue habitando espacios. Desde el canto coral hasta los videojuegos, desde una escuela viva tejida entre generaciones hasta murales que escriben la memoria en las paredes, cada proyecto comunitario se convierte en territorio para la palabra.

Como afirma el lingüista Rafael Alarcón, una lengua no puede desaparecer si sigue ocupando lugares físicos, afectivos y simbólicos. El yuhmu, los sigue tomando. Lo que estas iniciativas demuestran es que más allá de las instituciones, es la comunidad —con sus propias pedagogías, herramientas y afectos— la que ha hecho de la lengua un acto cotidiano de resistencia y reivindicación.

Mientras existan quienes canten, programen, traduzcan, enseñen y vivan el yuhmu, la lengua seguirá hablando y las historias de sus hablantes, seguiran vivas por aún mucho tiempo más.

Estos son los guardianes del Yuhmu. Aquellos cuya voz y memoria aún habitan en Ixtenco.

Agustín Ranchero

Agustín Ranchero creció en un hogar donde el yuhmu era la única lengua hablada. Sus padres, Guadalupe Ranchero y Narcisa Márquez, no usaban el español, y todo lo que aprendió desde niño lo escuchó en su lengua materna. Las historias familiares, los consejos cotidianos, los relatos sobre la llegada de los españoles y el sometimiento del pueblo otomí, todo le fue transmitido en yuhmu.

Esa fue su primera lengua, la que usó antes de entender siquiera una palabra en español. Pero cuando llegó a la escuela, la realidad fue otra. Como él recuerda, lo obligaron a hablar español aunque no lo comprendía bien, y los maestros repetían que para avanzar había que dejar el otomí. Muchos de sus compañeros abandonaron el idioma por miedo, por vergüenza, por presión. Él no. Se aferró a las palabras que lo habían formado desde la infancia y que lo seguían conectando con su historia.

Con los años y el panorama de despojo que vivía su lengua natal, Agustín encontró caminos para compartir lo que sabía. Enseñó en la escuela bilingüe de Ixtenco, donde mostró a los maestros el alfabeto del yuhmu, ayudó a traducir poemas y canciones, y comenzó a documentar palabras, estructuras, modos de decir. Incluso escribió un libro sobre la historia de su comunidad, aunque hasta ahora no ha encontrado respaldo para publicarlo. Dice que hablar una lengua no es solo aprender vocabulario, es entender la forma en que esa lengua nombra el mundo y lo organiza. 

Hoy, además de seguir compartiendo sus conocimientos, trabaja en el Museo Comunitario de la Casa de la Cultura Yuhmu, donde cumple con el papel de cronista del pueblo, compartiendo la historia de su pueblo a a quien quiera escucharla.

Sabe que son pocas las personas que aún hablan el idioma con fluidez, pero no ha dejado de insistir. A veces conversa en yuhmu con quienes todavía lo entienden. Otras veces lo pronuncia solo, para no olvidarlo. Para él, si la lengua no se transmite a hijas, hijos, nietas y nietos, terminará por desaparecer. Y eso, dice, sería perder una parte fundamental de lo que son como comunidad. 

Por eso sigue hablando. Porque aunque se escuche menos, aunque se enseñe poco, aunque a veces parezca que ya no queda nadie, el yuhmu todavía tiene vida.


Da click en la fotografía para escuchar a Don Agustín Ranchero

barrita yuhmu


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Agustín Ranchero

Agustín Ranchero creció en un hogar donde el yuhmu era la única lengua hablada. Sus padres, Guadalupe Ranchero y Narcisa Márquez, no usaban el español, y todo lo que aprendió desde niño lo escuchó en su lengua materna. Las historias familiares, los consejos cotidianos, los relatos sobre la llegada de los españoles y el sometimiento del pueblo otomí, todo le fue transmitido en yuhmu.

Esa fue su primera lengua, la que usó antes de entender siquiera una palabra en español. Pero cuando llegó a la escuela, la realidad fue otra. Como él recuerda, lo obligaron a hablar español aunque no lo comprendía bien, y los maestros repetían que para avanzar había que dejar el otomí. Muchos de sus compañeros abandonaron el idioma por miedo, por vergüenza, por presión. Él no. Se aferró a las palabras que lo habían formado desde la infancia y que lo seguían conectando con su historia.

Con los años y con el panorama de despojo que vivía su lengua natal, Agustín encontró caminos para compartir lo que sabía. Enseñó en la escuela bilingüe de Ixtenco, donde mostró a los maestros el alfabeto del yuhmu, ayudó a traducir poemas y canciones, y comenzó a documentar palabras, estructuras, modos de decir. Incluso escribió un libro sobre la historia de su comunidad, aunque hasta ahora no ha encontrado respaldo para publicarlo. Dice que hablar una lengua no es solo aprender vocabulario, es entender la forma en que esa lengua nombra el mundo y lo organiza. Hoy, además de seguir compartiendo sus conocimientos, trabaja en el Museo Comunitario de la Casa de la Cultura Yuhmu, donde cumple con el papel de cronista del pueblo, compartiendo la historia de su pueblo a a quien quiera escucharla.
Sabe que son pocas las personas que aún hablan el idioma con fluidez, pero no ha dejado de insistir. A veces conversa en yuhmu con quienes todavía lo entienden. Otras veces lo pronuncia solo, para no olvidarlo. Para él, si la lengua no se transmite a hijas, hijos, nietas y nietos, terminará por desaparecer. Y eso, dice, sería perder una parte fundamental de lo que son como comunidad. Por eso sigue hablando.

Porque aunque se escuche menos, aunque se enseñe poco, aunque a veces parezca que ya no queda nadie, el yuhmu todavía tiene vida.


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María Ignacia Esperanza Yonca Gaspar

María Ignacia Esperanza Yonca Gaspar, originaria de Ixtenco y con 81 años de vida, creció envuelta en el yuhmu. Antes de hablar español, ya pensaba, soñaba y se comunicaba en otomí. Su entorno familiar fue el lugar donde se hablaba únicamente en yuhmu.. Fue hasta los siete u ocho años que comenzó a escuchar español, principalmente cuando su madre la llevaba al mercado y notaba cómo se expresaban otras personas. Así, poco a poco, fue entendiendo otro idioma, pero el otomí siguió siendo el centro de su vida cotidiana.

Los recuerdos de su infancia están profundamente ligados al yuhmu. Las idas al campo, los días descalza con los pies cuarteados por el hielo, los animales, las fiestas patronales, las instrucciones de sus padres para tener cuidado con las víboras, las labores del maguey o la Matuma, todo transcurría en su idioma.

Con el tiempo, Esperanza notó que la lengua comenzó a apagarse. Primero dejaron de usarla en los saludos, luego en las pláticas más largas. Para ella, ese distanciamiento significaba una desconexión con el origen al que ella estaba acostumbrada.

Aunque el idioma ha resistido en su voz, no logró transmitirlo completamente a sus hijos. Cuando enviudó, tuvo que salir a trabajar para mantenerlos y la rutina familiar se transformó. Mandó a sus siete hijos a la escuela y, sin darse cuenta, en su casa comenzó a hablarse más el español. Hoy, cuando les dice en yuhmu algo a sus hijos, que ya son adultos, tiene que explicarlo, pues a pesar de que quería transmitirles su lengua, ante un espacio dominado por el español, fue imposible.

Aun así, no ha dejado de buscar maneras de mantener viva la lengua. Ha trabajado con maestras de educación bilingüe, transcribiendo cuentos y poemas, y traduciendo palabras para materiales escolares. “Quisiera que no se pierda mi idioma, el de mi pueblo”, dice con nostalgia.

Para doña Esperanza, el yuhmu es un tesoro, es su vida, su forma de comprender el mundo. No solo lo ve como un método de comunicación, sino como una raíz que une generaciones, que conecta al presente con la tierra donde están enterrados los ombligos de su pueblo. En esa tierra, como ella dice, donde creció y sigue creciendo.

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Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís

Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís son esposos y hablantes del otomí que aprendieron desde pequeños, sin clases ni libros, solo escuchando en casa junto a sus padres. 

Serafín cuenta que a los siete u ocho años ya entendía casi todo lo que sus padres decían, y está convencido de que lo que se aprende de niño no se olvida. Por su lado, Guadalupe recuerda que sus abuelos y su bisabuela le hablaban mientras le pedían cosas o al momento de apoyar en la cocina, siendo así como las palabras se le fueron quedando. 

Para ellos, el idioma estaba en la vida diaria, en las fiestas, en los rituales, en las conversaciones de todos los días.

Hablar otomí ha sido una forma de sostenerse. Serafín dice que es su identidad, su origen, y que ser indígena y ser de Ixtenco está profundamente ligado al yuhmu. Guadalupe lo describe también como una herramienta para resistir, pero también como una complicidad íntima entre Serafín y ella. Cuando quiere decir algo en privado, lo dice en otomí a su esposo y nadie más lo entiende, dice que es como tener una conversación entre ellos dos, aunque estén rodeados de gente. Ese espacio que han construído a través del idioma se ha vuelto parte de su relación y de su convivencia diaria para mantener su lengua con vida.

A pesar de que el yuhmu se habla cada vez menos, Serafín y Guadalupe siguen buscando formas de transmitirlo, actualmente participan en la Escuela Viva de la Cultura Yumhu, un esfuerzo colectivo por revitalizar el idioma desde quienes aún lo conservan. Serafín ha tratado de enseñarlo a jóvenes y maestros. Guadalupe ha compartido lo que sabe con sus nietas, quienes ya la saludan en otomí y han mostrado interés en conservar su legado. También habla con orgullo del pepenado, el bordado tradicional de Ixtenco, que aunque ya no puede practicar por problemas de salud, defiende como algo que les pertenece.

Para ambos, que el otomí desaparezca sería como perder el camino de regreso a casa. Por eso siguen hablándolo entre ellos, compartiéndolo en su familia y enseñándolo donde pueden. Porque mientras se pronuncie, aunque sea en voz baja, el idioma sigue vivo.


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Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís

Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís son esposos y hablantes del otomí que aprendieron su lengua desde pequeños, sin clases ni libros, solo escuchando en casa junto a sus padres. Serafín cuenta que a los siete u ocho años ya entendía casi todo lo que sus padres decían, y está convencido de que lo que se aprende de niño no se olvida. Por su lado, Guadalupe recuerda que sus abuelos y su bisabuela le hablaban mientras le pedían cosas o al momento de apoyar en la cocina, así las palabras se le fueron quedando. Para ellos, el idioma estaba en la vida diaria, en las fiestas, en los rituales, en las conversaciones de todos los días.
Hablar otomí ha sido una forma de sostenerse. Serafín dice que es su identidad, su origen, y que ser indígena y ser de Ixtenco está profundamente ligado al yuhmu. Guadalupe lo describe también como una herramienta para resistir, pero también como una complicidad íntima entre Serafín y ella. Cuando quiere decir algo en privado, lo dice en otomí a su esposo y nadie más lo entiende, dice que es como tener una conversación entre ellos dos, aunque estén rodeados de gente. Ese espacio que han construído a través del idioma se ha vuelto parte de su relación y de su convivencia diaria para mantener con vida a su lengua.
A pesar de que el yuhmu se habla cada vez menos, Serafín y Guadalupe siguen buscando formas de transmitirlo, actualmente participan en la Escuela Viva de la Cultura Yumhu, un esfuerzo colectivo por revitalizar el idioma desde quienes aún lo conservan. Serafín ha tratado de enseñarlo a jóvenes y maestros. Guadalupe ha compartido lo que sabe con sus nietas, quienes ya la saludan en otomí y han mostrado interés en conservar su legado. También habla con orgullo del pepenado, el bordado tradicional de Ixtenco, que aunque ya no puede practicar por problemas de salud, defiende como algo que les pertenece. Para ellos, que el otomí desaparezca sería como perder el camino de regreso a casa. Por eso siguen hablándolo entre ellos, compartiéndolo en su familia y enseñándolo donde pueden. Porque mientras se diga, aunque sea en voz baja, el idioma sigue vivo.

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Manuel Mexicano

Manuel Mexicano aprenidó yuhmu como se aprende lo que se respira todos los días, de manera natural. Fue su lengua materna, la que escuchó en casa desde niño, entre los fogones, en el campo y en las reuniones familiares. No necesitó que se la enseñaran formalmente, porque estaba en todos lados. Recuerda cómo sus padres le enseñaron a usar el idioma con respeto. No solo se trataba de hablar, sino de saber cómo dirigirse a los mayores, cómo saludar a los padrinos, cómo guardar el tono cuando se hablaba con alguien que merecía reverencia. Para él, el idioma siempre estuvo ligado a la educación y a las formas de convivir en comunidad.

Sin embargo, cuando entró a la escuela, todo cambió. Don Manuel Mexicano recuerda que, como muchos niños de su comunidad, solo hablaba otomí, y entendía muy poco el español. Pero los maestros no permitían que se comunicara en su idioma natal. Cuenta que si los profesores escuchaban que los alumnos hablaban en yuhmu, los reprendían con burlas y frases hirientes, les decían que parecían indios y que sus papás los habían mandado para aprender a hablar bien. Fue ahí, cuenta, donde comenzó a vivir el despojo de su propia lengua. 

Pero a pesar de ese rechazo, se mantuvo firme. En su casa y en los espacios donde no estaba bajo vigilancia escolar, siguió hablando yuhmu como una forma de resistencia, además era el idioma que se hablaba en su casa. Mantener esa convicción de hablar yuhmu, con el paso del tiempo, se volvió parte de su compromiso con su comunidad, pues no duda en compartir sus conocimientos con la gente.

Hoy, a sus 72 años, trabaja el campo y hasta hace poco daba clases en la Universidad Intercultural de Tlaxcala, aunque se confiesa cansado, razón por la que decidió dedicarse absolutamente al campo; no obstante, continúa compartiendo el idioma con quienes tienen el interés de aprender.

Dice que el otomí se aprende con el oído, que más que reglas se necesita hablarlo y escucharlo todos los días. Por eso escribe sus textos como los pronuncia, para que cualquiera los entienda. A pesar de que cada vez son menos las personas que lo hablan, él no pierde el ánimo. Siempre tiene una palabra en yuhmu para enseñar y una sonrisa cuando ve que alguien más se interesa.

Para don Manuel, el idioma no es del pasado, es algo que continuará creciendo si sigue sembrando.

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Ángela Guadalupe Zepeda Alonso

Ángela Guadalupe Zepeda Alonso, conocida por todos como doña Esperanza, nació el 11 de abril de 1939 en Ixtenco. Aunque en sus documentos oficiales aparece con otro nombre, fue su madre quien la llamó Esperanza desde pequeña, y así le ha dicho siempre su familia y su comunidad. Aprendió yuhmu de manera natural, escuchando a sus padres hablarlo todos los días. Fue su primer idioma y no necesitó clases. Para ella, el oído y la cotidianidad bastaron para sembrar en su memoria el yuhmu.

Comparte que durante su niñez y juventud, el idioma tenía gran presencia en la cotidianeidad local pues era hablado en los saludos, en las labores del campo y lo que más atesora, en los consejos de sus padres.  “Yo no sabía qué contenían esas palabras, pero se me quedaron, como debe ser”, dijo en entrevista.

Pero llegó un punto, ante el contexto de violencia que había en contra del idioma, en que empezó a hablar español. Sus padres, al darse cuenta de la discriminación que sufrían quienes hablaban otomí, decidieron no enseñárselo abiertamente. “Ya no le digas porque afuera le dicen cosas y se siente mal”, recuerda que su mamá le dijo a su padre, cuando en su adolescencia ya comprendía que hablar yuhmu no era correcto. Fue así como dejaron de pedirle cosas en yuhmu y comenzaron a hablarle solo en español. 

Esa decisión, tomada por protección, alejó a Esperanza de su lengua, aunque nunca del todo, pues ella siempre tuvo la inquietud de quedarse con el recuerdo de cómo se comunicaba con sus padres, entendiendo que la lengua tiene su propia forma de entender la vida. Ella decidió no casarse, como tradicionalmente se acostumbraba y se quedó al cuidado de sus padres. Es a través de sus hermanas y sobrinos que ha tenido la oportunidad de recordar y practicar el yuhmu, aunque con dificultad. “A veces lo digo, pero no me contestan porque no pueden”,  lamenta.

Hoy, ya con problemas de audición, doña Esperanza conserva con cariño las palabras que aún puede pronunciar. Junto a su hermana Agustina, con quien convive, conversa en otomí cuando la memoria lo permite. Sus sobrinos la escuchan con atención, y uno de ellos ha impulsado iniciativas comunitarias para rescatar el idioma, como talleres y grupos de aprendizaje.

En las escuelas bilingües de Ixtenco y en el coro infantil donde participa su sobrina-nieta, el otomí vuelve a sembrarse como semilla. Aunque doña Esperanza no tuvo oportunidad de aprenderlo con gramática, lo lleva consigo como una raíz viva, tejida en los recuerdos de su niñez y en cada palabra que, aún hoy, le arrancan una sonrisa.


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Ángela Guadalupe Zepeda Alonso

Ángela Guadalupe Zepeda Alonso, conocida por todos como doña Esperanza, nació el 11 de abril de 1939 en Ixtenco. Aunque en sus documentos oficiales aparece con otro nombre, fue su madre quien la llamó Esperanza desde pequeña, y así le ha dicho siempre su familia y su comunidad. Aprendió yuhmu de manera natural, escuchando a sus padres hablarlo todos los días, fue su primer idioma y no necesitó clases. Para ella, el oído y la cotidianidad bastaron para sembrar en su memoria el yuhmu. Comparte que durante su niñez y juventud, el idioma tenía gran presencia en la cotidianeidad local, pues era hablado en los saludos, en las labores del campo y lo que más atesora, en los consejos de sus padres. “Yo no sabía qué contenían esas palabras, pero se me quedaron, como debe ser”, dijo en entrevista.

Pero llegó un punto, ante el contexto de violencia que había en contra del idioma, en donde empezó a hablar español. Sus padres, al darse cuenta de la discriminación que sufrían quienes hablaban otomí, decidieron no enseñárselo abiertamente. “Ya no le digas porque afuera le dicen cosas y se siente mal”, recuerda que su mamá le dijo a su padre, cuando en su adolescencia ya comprendía que hablar yuhmu no era correcto. Fue así como dejaron de pedirle cosas en yuhmu y comenzaron a hablarle solo en español. Esa decisión, tomada por protección, alejó a Esperanza de su lengua, aunque nunca del todo, pues ella siempre tuvo la inquietud de quedarse con el recuerdo de cómo se comunicaba con sus padres, entendiendo que la lengua tiene su propia forma de entender la vida. Ella decidió no casarse, como tradicionalmente se acostumbraba, ella quedó al cuidado de sus padres, y a través de sus hermanas y sobrinos ha tenido la oportunidad de recordar y practicar el yuhmu, aunque con dificultad. “A veces lo digo, pero no me contestan porque no pueden”, situación que lamenta.

Hoy, ya con problemas de audición, doña Esperanza conserva con cariño las palabras que aún puede pronunciar. Junto a su hermana Agustina, con quien convive, conversa en otomí cuando la memoria lo permite. Sus sobrinos la escuchan con atención, y uno de ellos ha impulsado iniciativas comunitarias para rescatar el idioma, como talleres y grupos de aprendizaje. En las escuelas bilingües de Ixtenco y en el coro infantil donde participa su sobrina-nieta, el otomí vuelve a sembrarse como semilla. Aunque doña Esperanza no tuvo oportunidad de aprenderlo con gramática, lo lleva consigo como una raíz viva, tejida en los recuerdos de su niñez y en cada palabra que, aún hoy, le arranca una sonrisa.

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Esperanza Patlani Arellano

Esperanza Patlani Arellano nació el 14 de febrero de 1925 en Ixtenco. A sus cien años, ya no puede contar su historia por sí misma, los efectos propios de la edad han hecho que hoy no recuerde por completo su vida. Hoy depende completamente de los cuidados de sus hijas, Manuela y Maximina Cajero Patlani, quienes se turnan para acompañarla y cuidarla con paciencia y cariño. Son ellas quienes narran la vida de su madre, marcada por el yuhmu, su lengua materna.

Doña Esperanza creció en un mundo completamente yuhmu, sus padres, al igual que ella, también hablaban otomí; era el idioma que se usaba en casa, en el campo y mientras vendía huesitos y pepitas, el digno oficio de diversas personas que habitan Ixtenco. 

Según sus hijas, cuando sus padres querían conversar en privado, cerraban la puerta y hablaban otomí. Como era considerado el idioma del respeto, como niñas no podían estar presentes, pero alcanzaban a escuchar las palabras que hoy recuerdan con nostalgia. Ya de adulta, su madre hablaba yuhmu con orgullo, lo evocaba con ternura y sonreía al decirlo. “No lo compartía abiertamente, pero lo vivía”, afirman sus hijas.

Sin embargo, doña Esperanza decidió no enseñarles el idioma. No por rechazo al mismo idioma, sino por cuidado, temía que sus hijos enfrentaran la misma discriminación que ella había vivido por hablarlo.

En su momento, el yuhmu no pareció necesario, pero hoy sus hijas reconocen el valor que tenía. Recuerdan cómo su madre unía la cocina, el campo y la vida cotidiana con su idioma. Y aunque nunca lo aprendieron completamente, entienden que el otomí sigue vivo en cada gesto, en cada frase que su madre aún alcanza a pronunciar en momentos de lucidez.

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Mateo Cajero

Mateo Cajero nació en Ixtenco, en una familia hablante de yuhmu, pero sus padres, preocupados por la discriminación, decidieron criar a su hijo en español. Entendieron que el idioma otomí podía ser un obstáculo en la escuela y la vida pública, como le sucedía a muchas personas de su generación.

Sin embargo, fue su padrino, el señor Juan Velázquez, un hombre viudo y hablante nativo, quien lo introdujo al yuhmu. Desde los cuatro años, mientras sus padres trabajaban, Mateo pasaba los días con él. Cuenta que Juan nunca le habló en español. Le pedía cosas, lo mandaba por el pan y la leche en yuhmu, y celebraba cada palabra que de niño aprendía. “Ese señor me dejó todo lo otomí”, recuerda. Fue con él que descubrió el valor profundo del idioma, no como imposición, sino como cariño cotidiano.

Con el paso del tiempo, Mateo entendió que ese vínculo era más que afectivo, era un legado. A pesar de que en la escuela le pidieron “dejar el otomí en casa” para aprender bien el español, la semilla ya estaba sembrada a través de su padrino, quien lo considera una persona especial.

Años después comenzó a enseñar el idioma en escuelas, a recolectar historias y a comparar variantes. En 2002 publicó Historia de los Otomí en Ixtenco, un libro que reúne relatos, estructura gramatical y vocabulario. Fue gracias a su oído entrenado desde niño, y al amor que le transmitió su padrino, que pudo identificar las sutilezas del idioma y preservarlas. “En mi tierno cerebro quedó tu pronunciación”, escribe sobre él en una dedicatoria.

Hoy, a sus 85 años, Mateo sigue corrigiendo y complementando su trabajo histórico, aunque reconoce que algunas cosas, por su edad, las empieza a olvidar. Cree firmemente que el yuhmu es un tesoro, una raíz que sostiene la identidad de Ixtenco, y que las nuevas generaciones, especialmente las y los maestros, deben aprenderlo para transmitirlo con dignidad.

Aunque su lengua materna fue el español, considera que su corazón fue educado en yuhmu, gracias a su padrino, quien le compartió el valor del idioma.

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Mateo Cajero

Mateo Cajero nació en Ixtenco, en una familia hablante de yuhmu, pero sus padres, preocupados por la discriminación, decidieron criar a su hijo en español. Entendieron que el idioma otomí podía ser un obstáculo en la escuela y la vida pública, como le sucedía a muchas personas de su generación. Sin embargo, fue su padrino, el señor Juan Velázquez, un hombre viudo y hablante nativo, quien lo introdujo al yuhmu. Desde los cuatro años, mientras sus padres trabajaban, Mateo pasaba los días con él. Cuenta que Juan nunca le habló en español. Le pedía cosas, lo mandaba por el pan y la leche en yuhmu y celebraba cada palabra que de niño aprendía. “Ese señor me dejó todo lo otomí”, recuerda. Fue con él que descubrió el valor profundo del idioma, no como imposición, sino como cariño cotidiano.

Con el paso del tiempo, Mateo entendió que ese vínculo era más que afectivo, era un legado. A pesar de que en la escuela le pidieron “dejar el otomí en casa” para aprender bien el español, la semilla ya estaba sembrada a través de su padrino, quien lo considera una persona especial. Años después comenzó a enseñar el idioma en escuelas, a recolectar historias y a comparar variantes. En 2002 publicó Historia de los Otomí en Ixtenco, un libro que reúne relatos, estructura gramatical y vocabulario. Fue gracias a su oído entrenado desde niño, y al amor que le transmitió su padrino, que pudo identificar las sutilezas del idioma y preservarlas. “En mi tierno cerebro quedó tu pronunciación”, escribe sobre él en una dedicatoria.

Hoy, a sus 85 años, Mateo sigue corrigiendo y complementando su trabajo histórico, aunque reconoce que algunas cosas, por su edad, las empieza a olvidar. Cree firmemente que el yuhmu es un tesoro, una raíz que sostiene la identidad de Ixtenco, y que las nuevas generaciones, especialmente las y los maestros, deben aprenderlo para transmitirlo con dignidad. Aunque su lengua materna fue el español, considera que su corazón fue educado en yuhmu, gracias a su padrino, quien le compartió el valor del idioma.

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Guadalupe Torres Arellano

Guadalupe Torres Arellano creció entre hilos, puntadas y palabras que marcaron el ritmo de su infancia. Aprendió el pepenado viendo a su madre bordar mientras hacían las labores del hogar.

Aunque al principio no le prestaba mucha atención, con el tiempo comprendió el valor de esas enseñanzas. Hoy cuenta la historia de su vida a través de esta técnica de bordado otomí, originaria de Ixtenco. Desde los 13 años ya tenía sus primeras piezas, y desde entonces no ha dejado de coser; para ella, el pepenado no solo forma parte de su identidad, sino también de la memoria colectiva de su pueblo pues en cada bordado, dice, se plasman los jardines que antes llenaban Ixtenco, las grecas de las casas, los animales y las flores que daban forma a la vida.

Con ese cariño al bordado, también se teje el idioma que para ella es un tesoro invaluable: el yuhmu, el cuál también formó parte de su vida. Recuerda cómo su madre usaba palabras en otomí para pedirle cosas cotidianas. Esas expresiones quedaron grabadas en su memoria, y hoy las usa en casa, sobre todo en la cocina o al saludar.

Guadalupe reconoce que el idioma se ha ido perdiendo, incluso en su propia familia, y lamenta mucho no haberlo transmitido a sus hijas, y aunque en su juventud aún lo hablaba con cierta fluidez, poco a poco, ella también lo fue dejando.

Hoy Guadalupe recuerda con emoción cómo Ixtenco sonaba a yuhmu: Las calles, las invitaciones a las mayordomías, las celebraciones, todo ocurría en esa lengua. Las abuelitas se saludaban entre ellas en las esquinas, y a ella le hubiera gustado grabar esos momentos. “Era bonito verlas hablar, parecía que se estaban riendo todo el tiempo”, dice. 

Para Guadalupe, el yuhmu es riqueza, una parte valiosa de su identidad que no quiere dejar morir y que también la transmite a través del bordado. A pesar de la tristeza que le provoca la pérdida de la lengua, también le da esperanza ver y pensar que algunos jóvenes están aprendiendo para preservarla

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Pedro Hernández Mujica

Don Pedro nació y creció en Ixtenco, en una época en la que el yuhmu se escuchaba en las calles, en las casas, en las fiestas y en los campos. Aunque nunca se le enseñó de manera formal, el idioma le llegó por oído, sobre todo a través de su madre, quien lo usaba para comunicarse en el hogar. Desde los seis o siete años, Pedro fue registrando en su memoria el sonido de las palabras y su significado, sin saber que ese aprendizaje informal sería, décadas después, uno de los pocos hilos que lo mantendrían unido a su identidad. 

Recuerda con claridad cómo las personas mayores se comunicaban naturalmente en yuhmu, y cómo las festividades, como la de Todos Santos o día de muertos, eran espacios donde la lengua se hacía presente en cada ritual, cada visita y cada jarro de pulque compartido entre compadres. Para él, todo eso era parte de la vida cotidiana y de un modo de ser que no requería explicación.

Al terminar la secundaria, Pedro tuvo que migrar a la ciudad de Puebla en busca de trabajo, como muchos otros jóvenes de su generación. En Ixtenco, dice, no había campo laboral para los profesionistas ni para los campesinos, razón por la que tuvo que salir de su comunidad. En Puebla conoció a su pareja y formó una nueva vida, mientras en su pueblo natal sus hermanos, que no quisieron migrar, fallecieron uno tras otro.

Cuando su madre quedó sola, Pedro decidió regresar para acompañarla en sus últimos años. Esa vuelta al origen, también fue un reencuentro con una comunidad cambiada. El yuhmu ya no se hablaba como antes, sobre todo entre los más jóvenes. En sus recorridos por el pueblo, Pedro encontró a algunos hablantes, como don Agustín, con quien recuperó retazos de su lengua, saludos y frases, pero también enfrentó la frustración de no poder expresarse como solía hacerlo.

Aunque acepta que entiende el 80 o 90 por ciento del idioma, la falta de práctica lo ha limitado. Hoy habla el yuhmu pausadamente, pensando cada palabra, como quien se aferra a una voz que el tiempo ha querido borrar.

Aun así, Pedro no ha dejado de sentirse identificado con la cultura yuhmu. Se presenta con orgullo como tal, incluso recuperando el apodo “el chindo”, que históricamente se usaba de forma despectiva para nombrar a los vendedores de huesito de capulín en las ciudades cercanas.

Lo que antes dolía, hoy lo resignifica como emblema de resistencia. Para Pedro, la pérdida de la lengua significa la pérdida total de la identidad. “Ya todo se vuelve folclor”, dice. Y aunque a veces se siente derrotado, insiste en que el idioma está ligado a todo de su pueblo, como el maíz, los cuentos, los saludos y la tierra misma. Por eso sigue luchando aún con las palabras rotas por lo que considera lo más valioso que le queda.


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Pedro Hernández Mujica

Don Pedro nació y creció en Ixtenco, en una época en la que el yuhmu se escuchaba en las calles, en las casas, en las fiestas y en los campos. Aunque nunca se le enseñó de manera formal, el idioma le llegó por oído, sobre todo a través de su madre, quien lo usaba para comunicarse en el hogar. Desde los seis o siete años, Pedro fue registrando en su memoria el sonido de las palabras y su significado, sin saber que ese aprendizaje informal sería, décadas después, uno de los pocos hilos que lo mantendrían unido a su identidad. Recuerda con claridad cómo las personas mayores se comunicaban naturalmente en yuhmu, y cómo las festividades, como la de “Todos Santos” o día de muertos, eran espacios donde la lengua se hacía presente en cada ritual, cada visita, cada jarro de pulque compartido entre compadres. Para él, todo eso era parte de la vida cotidiana y de un modo de ser que no requería explicación.

Al terminar la secundaria, Pedro tuvo que migrar a la ciudad de Puebla en busca de trabajo, como muchos otros jóvenes de su generación. En Ixtenco, dice, no había campo laboral para los profesionistas ni para los campesinos, razón por la que tuvo que salir de su comunidad. En Puebla conoció a su pareja y formó una nueva vida, mientras en su pueblo natal sus hermanos, que no quisieron migrar, fallecieron uno tras otro. Cuando su madre quedó sola, Pedro decidió regresar para acompañarla en sus últimos años. Esa vuelta al origen, sin embargo, también fue un reencuentro con una comunidad cambiada. El yuhmu ya no se hablaba como antes, sobre todo entre los más jóvenes. En sus recorridos por el pueblo, Pedro encontró a algunos hablantes, como don Agustín, con quienes recuperó retazos de su lengua, saludos y frases, pero también enfrentó la frustración de no poder expresarse como solía hacerlo. Aunque acepta que entiende el 80 o 90 por ciento del idioma, la falta de práctica lo ha limitado. Hoy habla el yuhmu pausadamente, pensando cada palabra, como quien se aferra a una voz que el tiempo ha querido borrar.

Aun así, Pedro no ha dejado de sentirse identificado con la cultura yuhmu. Se presenta con orgullo como tal, incluso recuperando el apodo “el chindo”, que históricamente se usaba de forma despectiva para nombrar a los vendedores de huesito de capulín en las ciudades cercanas. Lo que antes dolía, hoy lo resignifica como emblema de resistencia. Para Pedro, la pérdida de la lengua significa la pérdida total de la identidad. “Ya todo se vuelve folclor”, dice. Y aunque a veces se siente derrotado, insiste en que el idioma está ligado a todo de su pueblo, como el maíz, los cuentos, los saludos y la tierra misma. Por eso sigue luchando, aún con las palabras rotas, por lo que considera lo más valioso que le queda.

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Sara Bernardino

Doña Sara, creció en una familia dividida entre dos formas de entender el mundo. Por un lado, sus padres apostaban por el español como herramienta para acceder a mejores oportunidades y evitar la discriminación. Por el otro, sus abuelos maternos, Martina y Víctor López, se aferraban al yuhmu como un legado que no estaban dispuestos a soltar. Fue con ellos que Sara escuchó por primera vez ese idioma, en conversaciones de adultos o en indicaciones rápidas mientras vendían pepitas y huesitos de capulín en los mercados. Aunque sus padres evitaban que ella lo aprendiera, sus abuelos le hablaban a escondidas. Así comenzó a asociar el yuhmu con el respeto, con los secretos de la familia y con una manera distinta de nombrar la vida.

A los 12 años, Sara sumó a sus aprendizajes el bordado tradicional. Sus tías paternas le enseñaron a tejer pepenado, una técnica típica de Ixtenco que hoy aún practica de vez en cuando, solo para no olvidarla. Más tarde, fue su abuela quien le enseñó a cocinar alimentos que formaban parte de las celebraciones y de la vida cotidiana del pueblo. En esos espacios íntimos, la lengua yuhmu no solo servía para regañar o para comunicarse sin que otros entendieran, también era una forma de sostenerse frente a los abusos y el menosprecio.

Aunque quiso transmitir el idioma a sus hijos y nietos, decidió callarlo para protegerlos de las violencias que ella misma presenció. Desde entonces, ha conservado el yuhmu en su pensamiento, evocando palabras y frases como un ejercicio de memoria y resistencia.

Hoy, Doña Sara reconoce que el tiempo le ha arrebatado algunas palabras. Aun así, mantiene firme su decisión de no dejar que el idioma desaparezca por completo. Habla consigo misma en yuhmu, repite oraciones, recuerda conversaciones; no como un simple hábito, sino como una forma de seguir siendo quien es. Para ella, ese idioma es más que una lengua, es la huella de lo que sus abuelos le enseñaron con paciencia y cariño. 

En su historia se dibuja una generación que no pudo enseñarlo en voz alta, pero que hizo todo lo posible por conservarlo vivo. Sara Bernardino representa esa memoria persistente, la de quienes, incluso en silencio, se niegan a olvidar lo que da sentido y dignidad a sus raíces.

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Andrés Huerta Ortega

Desde niño, Andrés Huerta Ortega aprendió a hablar con las manos. Mientras otros jugaban en la calle, él ya andaba entre costales de frijol, maíz y lentejas, armando figuras que después adornarían las fiestas de San Juan Bautista en Ixtenco y de otras comunidades en Tlaxcala.

Hoy, a sus 75 años, sigue sembrando colores sobre alfombras y cuadros hechos con semillas que han llevado el legado de su pueblo a otras partes de mundo. Pero su obra no solo vive en la artesanía. También está en las palabras que lo rodean desde siempre, en el yuhmu, la lengua que escuchó de sus padres.

Aunque aprendió solo algunas palabras, con el tiempo ha buscado reconectarse con el idioma. En conversaciones con personas mayores ha recuperado significados y formas de decir que creía olvidadas. Aunque no siempre se siente seguro con la gramática, asegura que lo importante es que lo entiendan. Hoy trata de hablar yuhmu cuando puede, ya sea con su hermana, con amigos, con jóvenes que se le acercan curiosos y procura mirar con atención en dónde todavía sigue presente, como en las mayordomías, donde aún resuena el eco de cómo se hablaba antes, con el tono y ritmo casi cantado.

Para Andrés, el yuhmu es un tesoro. “Para mí es un gran valor para nuestra comunidad, para nuestra identidad. Es un gran valor que no debemos perder”, dice. Reconoce que antes era común escucharlo en todos los pueblos vecinos, pero ya solo en Ixtenco resiste. Por eso insiste en que no hay que dejarlo ir, porque para él no cualquiera guarda la memoria viva de una lengua que ha estado presente en la vida y en la tierra.


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Andrés Huerta Ortega

Desde niño, Andrés Huerta Ortega aprendió a hablar con las manos. Mientras otros jugaban en la calle, él ya andaba entre costales de frijol, maíz y lentejas, armando figuras que después adornarían las fiestas de San Juan Bautista en Ixtenco y de otras comunidades en Tlaxcala. Hoy, a sus 75 años, sigue sembrando colores sobre alfombras y cuadros hechos con semillas y que han llevado el legado de su pueblo a otras partes de mundo.

Pero su obra no solo vive en la artesanía. También está en las palabras que lo rodean desde siempre, el yuhmu, lengua que escuchó de sus padres. Aunque aprendió solo algunas palabras, con el tiempo ha buscado reconectarse con el idioma. En conversaciones con personas mayores ha recuperado significados y formas de decir que creía olvidadas. Aunque no siempre se siente seguro con la gramática, asegura que lo importante es que lo entiendan. Hoy trata de hablar yuhmu cuando puede, ya sea con su hermana, con amigos, con jóvenes que se le acercan curiosos y procura mirar con atención en dónde todavía sigue presente, como en las mayordomías, donde aún resuena el eco de cómo se hablaba antes, con tono y ritmo casi cantado.

Para Andrés, el yuhmu es un tesoro. “Para mí es un gran valor para nuestra comunidad, para nuestra identidad. Es un gran valor que no debemos perder”, dice. Reconoce que antes era común escucharlo en todos los pueblos vecinos, pero ya solo en Ixtenco resiste. Por eso insiste en que no hay que dejarlo ir, porque para él no cualquiera guarda la memoria viva de una lengua que ha estado presente en la vida y en la tierra.

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Antonio Cirilo Carmen Ortega y Eloisa Cristóbal Xomulco

Antonio Cirilo Carmen Ortega y su esposa Eloisa Cristóbal Xomulco crecieron en un tiempo en que el yuhmu todavía se escuchaba en las calles, en los patios y en las fiestas del pueblo. Pero aunque lo tenían cerca, no lo aprendieron como lengua materna. En sus casas ya no se hablaba abiertamente, y eso tenía una razón.

Desde pequeños, vieron cómo a quienes usaban el otomí se les trataba con burla, sobre todo en la escuela. Por eso, sus padres decidieron que era mejor enseñarles solo español. Lo poco que entendieron del yuhmu lo aprendieron de oído, escuchando a la gente mayor hablar entre ellos, adivinando el sentido de las palabras a partir de los gestos y de la costumbre. Fue un aprendizaje silencioso, hecho más de observar que de hablar.

Cuentan que con el tiempo el idioma se fue haciendo pedacitos, como si se hubiera roto, porque ya no se hablaba completo; solo quedaban algunas frases sueltas, saludos, palabras que salían de vez en cuando. Incluso en su propia casa dejó de usarse como algo natural. 

Aún así, dicen que todavía hay momentos en el día en los que intercambian algo en yuhmu, aunque sea poquito, solo para que no se les olvide, para que no se borre del todo.

Antonio recuerda que cuando se casaron, en 1975, el pedimento de mano todavía se hizo en otomí, pero la misa ya fue en español. En esos años, el idioma comenzaba a desaparecer también de las ceremonias y las costumbres. Lo que antes se hacía en yuhmu, poco a poco se fue haciendo en español, y las nuevas generaciones crecieron sin ese vínculo.

Ahora, ya con más de setenta años, Antonio y Eloisa siguen entendiendo el idioma, pero les cuesta hablarlo. Antonio es quien conserva más del otomí en la memoria, y a veces se propone usar algunas palabras para no dejar que se pierdan.

Sienten tristeza al ver que sus hijos no lo aprendieron, que sus nietos lo ven como algo ajeno. Les duele saber que lo poco que aprendieron fue en medio del miedo y el rechazo.

Aun así, no pierden la esperanza de que algún día el yuhmu vuelva a escucharse sin vergüenza, que no se quede solo en el recuerdo. Quieren que regrese a las casas, a las fiestas, a la vida diaria; no como adorno, sino como parte de lo que son, de su historia.

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Retratos de los últimos hablantes del Yumhu

Este proyecto retrata a los últimos hablantes de la lengua Yumhu en Ixtenco, Tlaxcala, como un acto de memoria y resistencia. La elección de trabajar con distintas estéticas responde a la naturaleza fragmentaria de la memoria y a la diversidad de presencias que encontré en cada persona.

La doble exposición surge como una metáfora de las capas que componen la identidad: la lengua, la historia, los recuerdos, el territorio. Es una forma de mostrar que cada rostro contiene otras historias superpuestas, invisibles a simple vista, pero presentes en el alma y en la voz.

El blanco y negro me permitió despojar la imagen del tiempo presente, acercándola a lo atemporal y despojando a la imagen de distracciones para centrar la mirada en la expresión y la historia que habita en cada gesto. En especial en los retratos de las personas de mayor edad, quise que la luz y la sombra hablaran del paso del tiempo, de la fragilidad y a la vez de la fuerza con la que han sostenido su lengua hasta hoy.

Los retratos a color los reservé para algunos de los últimos entrevistados, no como ruptura sino como afirmación: en ellos el color es un respiro, un recordatorio de que la lengua no pertenece solo al pasado, sino que aún habita en rostros vivos, en gestos cotidianos, en la calidez de la piel y de la mirada.

Esta mezcla de técnicas no busca homogeneidad, sino reflejar la manera en que la memoria se guarda: a veces nítida y brillante, a veces borrosa y llena de capas, siempre viva y resistiendo al olvido, rostros que, aunque cargan con la memoria de un

idioma en riesgo, siguen siendo luz, movimiento y vida.

Poleth Rodríguez

Este trabajo fue posible a las donaciones de:

Diana Evelia Mendez Chavez, Mario Alberto Portillo Calderón, Marlén Santacruz Meneses, Francisco Javier Mendez Ramirez, Minerva Hernández Ramos, Lucero Peña, Nathalie Gómez Cortés, Ulises Tamayo Pérez, Luis Alberto Corona Moreno, Elizabeth Michicol Nahuatlato, Dulce Zapata, Brahim Zamora Salazar, Alfonso Sánchez García, Carlos Galeana, Ruth Muñiz, Alfonso Sánchez García, Luis Ángel Muñoz Campos, Maricruz Cuamatzi Guarneros, Salvador Martínez Vega, Angélica Angulo Ahuatzin, David Castillo Baltazare, Adrian Nieto Villanueva, Martha Leticia Ramírez Macías, David Adrián García Molina, Jorge Miguel Velázquez Perea, Zamani Estrada, Carmen Patricia Mercado, Jordy Melendez, Liliana Elósegui, Ernesto Aroche, LizethFlores Jácome, Juan Carlos Rosete, Miguel Zamora Sánchez, Aurora Salado Rios, Ana Celia Rocha Osorno, Sharon Aleli Cruz Meneses, Denise Vargas Morales, Javier Rodríguez, Rodrigo Paredes, Ana María Hernández González, GabrielaHernández Islas, René Rosas Contreras, Lenin Calva Pérez, Miguel Ángel Covarrubias Cervantes, Aldo Francisco Ortiz Castillo, Verónica Aidee Coyotzi Pérez, Carlos Alberto Sánchez Torres, Maria Isabel Jimenez Sanchez, Gabriel Cano, Juan Antonio Laserna, Mónica Nava Cuecuecha, Cesar JavierSánchez Juárez, Maria Guadalupe Perez Flores, José Rodrigo Morrison León, DanielaChahin, Yolanda García Beltrán, Gabriela Vazquez Gonzalez, Emmanuel Escalona Padua, Eduardo Cordero, Oyuki Meneses Romano, Daniel Espejel, Sandibeth Moreno Cano, Eduardo Hernández Franco, Anahy Ramos Gonzalez, Miguel Angel Flores Perez, Quetzalli Sánchez Cedillo, Alejandro Solis, GeovannyPérez, Nancy Elizabeth Wence Partida, Yawinci Tetlacuilo Muñoz, Ofelia Santacruz, Patricia Meneses Romano, Gabriela Conde Moreno, Emma Muñoz Flores, JoelRomano García, Briseida , DavidCorona Martínez, Yadira Edlin Juárez Martínez, Liliana Orozco Camacho,.

Créditos:

Redacción e investigación - Paola Torres
Fotografía - Poleth Rodríguez
Edición de video y música - Ulises Rodríguez
Coordinador - Aldo Castillo
Un trabajo de Escenario Tlaxcala

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La Tragicomedia del Sir Culito Tlaxcalteca

© Escenario Tlaxcala 2024

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