Agustín Ranchero creció en un hogar donde el yuhmu era la única lengua hablada. Sus padres, Guadalupe Ranchero y Narcisa Márquez, no usaban el español, y todo lo que aprendió desde niño lo escuchó en su lengua materna. Las historias familiares, los consejos cotidianos, los relatos sobre la llegada de los españoles y el sometimiento del pueblo otomí, todo le fue transmitido en yuhmu.
Esa fue su primera lengua, la que usó antes de entender siquiera una palabra en español. Pero cuando llegó a la escuela, la realidad fue otra. Como él recuerda, lo obligaron a hablar español aunque no lo comprendía bien, y los maestros repetían que para avanzar había que dejar el otomí. Muchos de sus compañeros abandonaron el idioma por miedo, por vergüenza, por presión. Él no. Se aferró a las palabras que lo habían formado desde la infancia y que lo seguían conectando con su historia.
Con los años y el panorama de despojo que vivía su lengua natal, Agustín encontró caminos para compartir lo que sabía. Enseñó en la escuela bilingüe de Ixtenco, donde mostró a los maestros el alfabeto del yuhmu, ayudó a traducir poemas y canciones, y comenzó a documentar palabras, estructuras, modos de decir. Incluso escribió un libro sobre la historia de su comunidad, aunque hasta ahora no ha encontrado respaldo para publicarlo. Dice que hablar una lengua no es solo aprender vocabulario, es entender la forma en que esa lengua nombra el mundo y lo organiza.
Hoy, además de seguir compartiendo sus conocimientos, trabaja en el Museo Comunitario de la Casa de la Cultura Yuhmu, donde cumple con el papel de cronista del pueblo, compartiendo la historia de su pueblo a a quien quiera escucharla.
Sabe que son pocas las personas que aún hablan el idioma con fluidez, pero no ha dejado de insistir. A veces conversa en yuhmu con quienes todavía lo entienden. Otras veces lo pronuncia solo, para no olvidarlo. Para él, si la lengua no se transmite a hijas, hijos, nietas y nietos, terminará por desaparecer. Y eso, dice, sería perder una parte fundamental de lo que son como comunidad.
Por eso sigue hablando. Porque aunque se escuche menos, aunque se enseñe poco, aunque a veces parezca que ya no queda nadie, el yuhmu todavía tiene vida.
Agustín Ranchero creció en un hogar donde el yuhmu era la única lengua hablada. Sus padres, Guadalupe Ranchero y Narcisa Márquez, no usaban el español, y todo lo que aprendió desde niño lo escuchó en su lengua materna. Las historias familiares, los consejos cotidianos, los relatos sobre la llegada de los españoles y el sometimiento del pueblo otomí, todo le fue transmitido en yuhmu.
Esa fue su primera lengua, la que usó antes de entender siquiera una palabra en español. Pero cuando llegó a la escuela, la realidad fue otra. Como él recuerda, lo obligaron a hablar español aunque no lo comprendía bien, y los maestros repetían que para avanzar había que dejar el otomí. Muchos de sus compañeros abandonaron el idioma por miedo, por vergüenza, por presión. Él no. Se aferró a las palabras que lo habían formado desde la infancia y que lo seguían conectando con su historia.
Con los años y con el panorama de despojo que vivía su lengua natal, Agustín encontró caminos para compartir lo que sabía. Enseñó en la escuela bilingüe de Ixtenco, donde mostró a los maestros el alfabeto del yuhmu, ayudó a traducir poemas y canciones, y comenzó a documentar palabras, estructuras, modos de decir. Incluso escribió un libro sobre la historia de su comunidad, aunque hasta ahora no ha encontrado respaldo para publicarlo. Dice que hablar una lengua no es solo aprender vocabulario, es entender la forma en que esa lengua nombra el mundo y lo organiza. Hoy, además de seguir compartiendo sus conocimientos, trabaja en el Museo Comunitario de la Casa de la Cultura Yuhmu, donde cumple con el papel de cronista del pueblo, compartiendo la historia de su pueblo a a quien quiera escucharla.
Sabe que son pocas las personas que aún hablan el idioma con fluidez, pero no ha dejado de insistir. A veces conversa en yuhmu con quienes todavía lo entienden. Otras veces lo pronuncia solo, para no olvidarlo. Para él, si la lengua no se transmite a hijas, hijos, nietas y nietos, terminará por desaparecer. Y eso, dice, sería perder una parte fundamental de lo que son como comunidad. Por eso sigue hablando.
Porque aunque se escuche menos, aunque se enseñe poco, aunque a veces parezca que ya no queda nadie, el yuhmu todavía tiene vida.
María Ignacia Esperanza Yonca Gaspar, originaria de Ixtenco y con 81 años de vida, creció envuelta en el yuhmu. Antes de hablar español, ya pensaba, soñaba y se comunicaba en otomí. Su entorno familiar fue el lugar donde se hablaba únicamente en yuhmu.. Fue hasta los siete u ocho años que comenzó a escuchar español, principalmente cuando su madre la llevaba al mercado y notaba cómo se expresaban otras personas. Así, poco a poco, fue entendiendo otro idioma, pero el otomí siguió siendo el centro de su vida cotidiana.
Los recuerdos de su infancia están profundamente ligados al yuhmu. Las idas al campo, los días descalza con los pies cuarteados por el hielo, los animales, las fiestas patronales, las instrucciones de sus padres para tener cuidado con las víboras, las labores del maguey o la Matuma, todo transcurría en su idioma.
Con el tiempo, Esperanza notó que la lengua comenzó a apagarse. Primero dejaron de usarla en los saludos, luego en las pláticas más largas. Para ella, ese distanciamiento significaba una desconexión con el origen al que ella estaba acostumbrada.
Aunque el idioma ha resistido en su voz, no logró transmitirlo completamente a sus hijos. Cuando enviudó, tuvo que salir a trabajar para mantenerlos y la rutina familiar se transformó. Mandó a sus siete hijos a la escuela y, sin darse cuenta, en su casa comenzó a hablarse más el español. Hoy, cuando les dice en yuhmu algo a sus hijos, que ya son adultos, tiene que explicarlo, pues a pesar de que quería transmitirles su lengua, ante un espacio dominado por el español, fue imposible.
Aun así, no ha dejado de buscar maneras de mantener viva la lengua. Ha trabajado con maestras de educación bilingüe, transcribiendo cuentos y poemas, y traduciendo palabras para materiales escolares. “Quisiera que no se pierda mi idioma, el de mi pueblo”, dice con nostalgia.
Para doña Esperanza, el yuhmu es un tesoro, es su vida, su forma de comprender el mundo. No solo lo ve como un método de comunicación, sino como una raíz que une generaciones, que conecta al presente con la tierra donde están enterrados los ombligos de su pueblo. En esa tierra, como ella dice, donde creció y sigue creciendo.
Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís son esposos y hablantes del otomí que aprendieron desde pequeños, sin clases ni libros, solo escuchando en casa junto a sus padres.
Serafín cuenta que a los siete u ocho años ya entendía casi todo lo que sus padres decían, y está convencido de que lo que se aprende de niño no se olvida. Por su lado, Guadalupe recuerda que sus abuelos y su bisabuela le hablaban mientras le pedían cosas o al momento de apoyar en la cocina, siendo así como las palabras se le fueron quedando.
Para ellos, el idioma estaba en la vida diaria, en las fiestas, en los rituales, en las conversaciones de todos los días.
Hablar otomí ha sido una forma de sostenerse. Serafín dice que es su identidad, su origen, y que ser indígena y ser de Ixtenco está profundamente ligado al yuhmu. Guadalupe lo describe también como una herramienta para resistir, pero también como una complicidad íntima entre Serafín y ella. Cuando quiere decir algo en privado, lo dice en otomí a su esposo y nadie más lo entiende, dice que es como tener una conversación entre ellos dos, aunque estén rodeados de gente. Ese espacio que han construído a través del idioma se ha vuelto parte de su relación y de su convivencia diaria para mantener su lengua con vida.
A pesar de que el yuhmu se habla cada vez menos, Serafín y Guadalupe siguen buscando formas de transmitirlo, actualmente participan en la Escuela Viva de la Cultura Yumhu, un esfuerzo colectivo por revitalizar el idioma desde quienes aún lo conservan. Serafín ha tratado de enseñarlo a jóvenes y maestros. Guadalupe ha compartido lo que sabe con sus nietas, quienes ya la saludan en otomí y han mostrado interés en conservar su legado. También habla con orgullo del pepenado, el bordado tradicional de Ixtenco, que aunque ya no puede practicar por problemas de salud, defiende como algo que les pertenece.
Para ambos, que el otomí desaparezca sería como perder el camino de regreso a casa. Por eso siguen hablándolo entre ellos, compartiéndolo en su familia y enseñándolo donde pueden. Porque mientras se pronuncie, aunque sea en voz baja, el idioma sigue vivo.
Serafín Alonso Gaspar y Guadalupe Ventura Solís son esposos y hablantes del otomí que aprendieron su lengua desde pequeños, sin clases ni libros, solo escuchando en casa junto a sus padres. Serafín cuenta que a los siete u ocho años ya entendía casi todo lo que sus padres decían, y está convencido de que lo que se aprende de niño no se olvida. Por su lado, Guadalupe recuerda que sus abuelos y su bisabuela le hablaban mientras le pedían cosas o al momento de apoyar en la cocina, así las palabras se le fueron quedando. Para ellos, el idioma estaba en la vida diaria, en las fiestas, en los rituales, en las conversaciones de todos los días.
Hablar otomí ha sido una forma de sostenerse. Serafín dice que es su identidad, su origen, y que ser indígena y ser de Ixtenco está profundamente ligado al yuhmu. Guadalupe lo describe también como una herramienta para resistir, pero también como una complicidad íntima entre Serafín y ella. Cuando quiere decir algo en privado, lo dice en otomí a su esposo y nadie más lo entiende, dice que es como tener una conversación entre ellos dos, aunque estén rodeados de gente. Ese espacio que han construído a través del idioma se ha vuelto parte de su relación y de su convivencia diaria para mantener con vida a su lengua.
A pesar de que el yuhmu se habla cada vez menos, Serafín y Guadalupe siguen buscando formas de transmitirlo, actualmente participan en la Escuela Viva de la Cultura Yumhu, un esfuerzo colectivo por revitalizar el idioma desde quienes aún lo conservan. Serafín ha tratado de enseñarlo a jóvenes y maestros. Guadalupe ha compartido lo que sabe con sus nietas, quienes ya la saludan en otomí y han mostrado interés en conservar su legado. También habla con orgullo del pepenado, el bordado tradicional de Ixtenco, que aunque ya no puede practicar por problemas de salud, defiende como algo que les pertenece. Para ellos, que el otomí desaparezca sería como perder el camino de regreso a casa. Por eso siguen hablándolo entre ellos, compartiéndolo en su familia y enseñándolo donde pueden. Porque mientras se diga, aunque sea en voz baja, el idioma sigue vivo.
Manuel Mexicano aprenidó yuhmu como se aprende lo que se respira todos los días, de manera natural. Fue su lengua materna, la que escuchó en casa desde niño, entre los fogones, en el campo y en las reuniones familiares. No necesitó que se la enseñaran formalmente, porque estaba en todos lados. Recuerda cómo sus padres le enseñaron a usar el idioma con respeto. No solo se trataba de hablar, sino de saber cómo dirigirse a los mayores, cómo saludar a los padrinos, cómo guardar el tono cuando se hablaba con alguien que merecía reverencia. Para él, el idioma siempre estuvo ligado a la educación y a las formas de convivir en comunidad.
Sin embargo, cuando entró a la escuela, todo cambió. Don Manuel Mexicano recuerda que, como muchos niños de su comunidad, solo hablaba otomí, y entendía muy poco el español. Pero los maestros no permitían que se comunicara en su idioma natal. Cuenta que si los profesores escuchaban que los alumnos hablaban en yuhmu, los reprendían con burlas y frases hirientes, les decían que parecían indios y que sus papás los habían mandado para aprender a hablar bien. Fue ahí, cuenta, donde comenzó a vivir el despojo de su propia lengua.
Pero a pesar de ese rechazo, se mantuvo firme. En su casa y en los espacios donde no estaba bajo vigilancia escolar, siguió hablando yuhmu como una forma de resistencia, además era el idioma que se hablaba en su casa. Mantener esa convicción de hablar yuhmu, con el paso del tiempo, se volvió parte de su compromiso con su comunidad, pues no duda en compartir sus conocimientos con la gente.
Hoy, a sus 72 años, trabaja el campo y hasta hace poco daba clases en la Universidad Intercultural de Tlaxcala, aunque se confiesa cansado, razón por la que decidió dedicarse absolutamente al campo; no obstante, continúa compartiendo el idioma con quienes tienen el interés de aprender.
Dice que el otomí se aprende con el oído, que más que reglas se necesita hablarlo y escucharlo todos los días. Por eso escribe sus textos como los pronuncia, para que cualquiera los entienda. A pesar de que cada vez son menos las personas que lo hablan, él no pierde el ánimo. Siempre tiene una palabra en yuhmu para enseñar y una sonrisa cuando ve que alguien más se interesa.
Para don Manuel, el idioma no es del pasado, es algo que continuará creciendo si sigue sembrando.
Ángela Guadalupe Zepeda Alonso, conocida por todos como doña Esperanza, nació el 11 de abril de 1939 en Ixtenco. Aunque en sus documentos oficiales aparece con otro nombre, fue su madre quien la llamó Esperanza desde pequeña, y así le ha dicho siempre su familia y su comunidad. Aprendió yuhmu de manera natural, escuchando a sus padres hablarlo todos los días. Fue su primer idioma y no necesitó clases. Para ella, el oído y la cotidianidad bastaron para sembrar en su memoria el yuhmu.
Comparte que durante su niñez y juventud, el idioma tenía gran presencia en la cotidianeidad local pues era hablado en los saludos, en las labores del campo y lo que más atesora, en los consejos de sus padres. “Yo no sabía qué contenían esas palabras, pero se me quedaron, como debe ser”, dijo en entrevista.
Pero llegó un punto, ante el contexto de violencia que había en contra del idioma, en que empezó a hablar español. Sus padres, al darse cuenta de la discriminación que sufrían quienes hablaban otomí, decidieron no enseñárselo abiertamente. “Ya no le digas porque afuera le dicen cosas y se siente mal”, recuerda que su mamá le dijo a su padre, cuando en su adolescencia ya comprendía que hablar yuhmu no era correcto. Fue así como dejaron de pedirle cosas en yuhmu y comenzaron a hablarle solo en español.
Esa decisión, tomada por protección, alejó a Esperanza de su lengua, aunque nunca del todo, pues ella siempre tuvo la inquietud de quedarse con el recuerdo de cómo se comunicaba con sus padres, entendiendo que la lengua tiene su propia forma de entender la vida. Ella decidió no casarse, como tradicionalmente se acostumbraba y se quedó al cuidado de sus padres. Es a través de sus hermanas y sobrinos que ha tenido la oportunidad de recordar y practicar el yuhmu, aunque con dificultad. “A veces lo digo, pero no me contestan porque no pueden”, lamenta.
Hoy, ya con problemas de audición, doña Esperanza conserva con cariño las palabras que aún puede pronunciar. Junto a su hermana Agustina, con quien convive, conversa en otomí cuando la memoria lo permite. Sus sobrinos la escuchan con atención, y uno de ellos ha impulsado iniciativas comunitarias para rescatar el idioma, como talleres y grupos de aprendizaje.
En las escuelas bilingües de Ixtenco y en el coro infantil donde participa su sobrina-nieta, el otomí vuelve a sembrarse como semilla. Aunque doña Esperanza no tuvo oportunidad de aprenderlo con gramática, lo lleva consigo como una raíz viva, tejida en los recuerdos de su niñez y en cada palabra que, aún hoy, le arrancan una sonrisa.
Ángela Guadalupe Zepeda Alonso, conocida por todos como doña Esperanza, nació el 11 de abril de 1939 en Ixtenco. Aunque en sus documentos oficiales aparece con otro nombre, fue su madre quien la llamó Esperanza desde pequeña, y así le ha dicho siempre su familia y su comunidad. Aprendió yuhmu de manera natural, escuchando a sus padres hablarlo todos los días, fue su primer idioma y no necesitó clases. Para ella, el oído y la cotidianidad bastaron para sembrar en su memoria el yuhmu. Comparte que durante su niñez y juventud, el idioma tenía gran presencia en la cotidianeidad local, pues era hablado en los saludos, en las labores del campo y lo que más atesora, en los consejos de sus padres. “Yo no sabía qué contenían esas palabras, pero se me quedaron, como debe ser”, dijo en entrevista.
Pero llegó un punto, ante el contexto de violencia que había en contra del idioma, en donde empezó a hablar español. Sus padres, al darse cuenta de la discriminación que sufrían quienes hablaban otomí, decidieron no enseñárselo abiertamente. “Ya no le digas porque afuera le dicen cosas y se siente mal”, recuerda que su mamá le dijo a su padre, cuando en su adolescencia ya comprendía que hablar yuhmu no era correcto. Fue así como dejaron de pedirle cosas en yuhmu y comenzaron a hablarle solo en español. Esa decisión, tomada por protección, alejó a Esperanza de su lengua, aunque nunca del todo, pues ella siempre tuvo la inquietud de quedarse con el recuerdo de cómo se comunicaba con sus padres, entendiendo que la lengua tiene su propia forma de entender la vida. Ella decidió no casarse, como tradicionalmente se acostumbraba, ella quedó al cuidado de sus padres, y a través de sus hermanas y sobrinos ha tenido la oportunidad de recordar y practicar el yuhmu, aunque con dificultad. “A veces lo digo, pero no me contestan porque no pueden”, situación que lamenta.
Hoy, ya con problemas de audición, doña Esperanza conserva con cariño las palabras que aún puede pronunciar. Junto a su hermana Agustina, con quien convive, conversa en otomí cuando la memoria lo permite. Sus sobrinos la escuchan con atención, y uno de ellos ha impulsado iniciativas comunitarias para rescatar el idioma, como talleres y grupos de aprendizaje. En las escuelas bilingües de Ixtenco y en el coro infantil donde participa su sobrina-nieta, el otomí vuelve a sembrarse como semilla. Aunque doña Esperanza no tuvo oportunidad de aprenderlo con gramática, lo lleva consigo como una raíz viva, tejida en los recuerdos de su niñez y en cada palabra que, aún hoy, le arranca una sonrisa.
Esperanza Patlani Arellano nació el 14 de febrero de 1925 en Ixtenco. A sus cien años, ya no puede contar su historia por sí misma, los efectos propios de la edad han hecho que hoy no recuerde por completo su vida. Hoy depende completamente de los cuidados de sus hijas, Manuela y Maximina Cajero Patlani, quienes se turnan para acompañarla y cuidarla con paciencia y cariño. Son ellas quienes narran la vida de su madre, marcada por el yuhmu, su lengua materna.
Doña Esperanza creció en un mundo completamente yuhmu, sus padres, al igual que ella, también hablaban otomí; era el idioma que se usaba en casa, en el campo y mientras vendía huesitos y pepitas, el digno oficio de diversas personas que habitan Ixtenco.
Según sus hijas, cuando sus padres querían conversar en privado, cerraban la puerta y hablaban otomí. Como era considerado el idioma del respeto, como niñas no podían estar presentes, pero alcanzaban a escuchar las palabras que hoy recuerdan con nostalgia. Ya de adulta, su madre hablaba yuhmu con orgullo, lo evocaba con ternura y sonreía al decirlo. “No lo compartía abiertamente, pero lo vivía”, afirman sus hijas.
Sin embargo, doña Esperanza decidió no enseñarles el idioma. No por rechazo al mismo idioma, sino por cuidado, temía que sus hijos enfrentaran la misma discriminación que ella había vivido por hablarlo.
En su momento, el yuhmu no pareció necesario, pero hoy sus hijas reconocen el valor que tenía. Recuerdan cómo su madre unía la cocina, el campo y la vida cotidiana con su idioma. Y aunque nunca lo aprendieron completamente, entienden que el otomí sigue vivo en cada gesto, en cada frase que su madre aún alcanza a pronunciar en momentos de lucidez.
Mateo Cajero nació en Ixtenco, en una familia hablante de yuhmu, pero sus padres, preocupados por la discriminación, decidieron criar a su hijo en español. Entendieron que el idioma otomí podía ser un obstáculo en la escuela y la vida pública, como le sucedía a muchas personas de su generación.
Sin embargo, fue su padrino, el señor Juan Velázquez, un hombre viudo y hablante nativo, quien lo introdujo al yuhmu. Desde los cuatro años, mientras sus padres trabajaban, Mateo pasaba los días con él. Cuenta que Juan nunca le habló en español. Le pedía cosas, lo mandaba por el pan y la leche en yuhmu, y celebraba cada palabra que de niño aprendía. “Ese señor me dejó todo lo otomí”, recuerda. Fue con él que descubrió el valor profundo del idioma, no como imposición, sino como cariño cotidiano.
Con el paso del tiempo, Mateo entendió que ese vínculo era más que afectivo, era un legado. A pesar de que en la escuela le pidieron “dejar el otomí en casa” para aprender bien el español, la semilla ya estaba sembrada a través de su padrino, quien lo considera una persona especial.
Años después comenzó a enseñar el idioma en escuelas, a recolectar historias y a comparar variantes. En 2002 publicó Historia de los Otomí en Ixtenco, un libro que reúne relatos, estructura gramatical y vocabulario. Fue gracias a su oído entrenado desde niño, y al amor que le transmitió su padrino, que pudo identificar las sutilezas del idioma y preservarlas. “En mi tierno cerebro quedó tu pronunciación”, escribe sobre él en una dedicatoria.
Hoy, a sus 85 años, Mateo sigue corrigiendo y complementando su trabajo histórico, aunque reconoce que algunas cosas, por su edad, las empieza a olvidar. Cree firmemente que el yuhmu es un tesoro, una raíz que sostiene la identidad de Ixtenco, y que las nuevas generaciones, especialmente las y los maestros, deben aprenderlo para transmitirlo con dignidad.
Aunque su lengua materna fue el español, considera que su corazón fue educado en yuhmu, gracias a su padrino, quien le compartió el valor del idioma.
Mateo Cajero nació en Ixtenco, en una familia hablante de yuhmu, pero sus padres, preocupados por la discriminación, decidieron criar a su hijo en español. Entendieron que el idioma otomí podía ser un obstáculo en la escuela y la vida pública, como le sucedía a muchas personas de su generación. Sin embargo, fue su padrino, el señor Juan Velázquez, un hombre viudo y hablante nativo, quien lo introdujo al yuhmu. Desde los cuatro años, mientras sus padres trabajaban, Mateo pasaba los días con él. Cuenta que Juan nunca le habló en español. Le pedía cosas, lo mandaba por el pan y la leche en yuhmu y celebraba cada palabra que de niño aprendía. “Ese señor me dejó todo lo otomí”, recuerda. Fue con él que descubrió el valor profundo del idioma, no como imposición, sino como cariño cotidiano.
Con el paso del tiempo, Mateo entendió que ese vínculo era más que afectivo, era un legado. A pesar de que en la escuela le pidieron “dejar el otomí en casa” para aprender bien el español, la semilla ya estaba sembrada a través de su padrino, quien lo considera una persona especial. Años después comenzó a enseñar el idioma en escuelas, a recolectar historias y a comparar variantes. En 2002 publicó Historia de los Otomí en Ixtenco, un libro que reúne relatos, estructura gramatical y vocabulario. Fue gracias a su oído entrenado desde niño, y al amor que le transmitió su padrino, que pudo identificar las sutilezas del idioma y preservarlas. “En mi tierno cerebro quedó tu pronunciación”, escribe sobre él en una dedicatoria.
Hoy, a sus 85 años, Mateo sigue corrigiendo y complementando su trabajo histórico, aunque reconoce que algunas cosas, por su edad, las empieza a olvidar. Cree firmemente que el yuhmu es un tesoro, una raíz que sostiene la identidad de Ixtenco, y que las nuevas generaciones, especialmente las y los maestros, deben aprenderlo para transmitirlo con dignidad. Aunque su lengua materna fue el español, considera que su corazón fue educado en yuhmu, gracias a su padrino, quien le compartió el valor del idioma.
Guadalupe Torres Arellano creció entre hilos, puntadas y palabras que marcaron el ritmo de su infancia. Aprendió el pepenado viendo a su madre bordar mientras hacían las labores del hogar.
Aunque al principio no le prestaba mucha atención, con el tiempo comprendió el valor de esas enseñanzas. Hoy cuenta la historia de su vida a través de esta técnica de bordado otomí, originaria de Ixtenco. Desde los 13 años ya tenía sus primeras piezas, y desde entonces no ha dejado de coser; para ella, el pepenado no solo forma parte de su identidad, sino también de la memoria colectiva de su pueblo pues en cada bordado, dice, se plasman los jardines que antes llenaban Ixtenco, las grecas de las casas, los animales y las flores que daban forma a la vida.
Con ese cariño al bordado, también se teje el idioma que para ella es un tesoro invaluable: el yuhmu, el cuál también formó parte de su vida. Recuerda cómo su madre usaba palabras en otomí para pedirle cosas cotidianas. Esas expresiones quedaron grabadas en su memoria, y hoy las usa en casa, sobre todo en la cocina o al saludar.
Guadalupe reconoce que el idioma se ha ido perdiendo, incluso en su propia familia, y lamenta mucho no haberlo transmitido a sus hijas, y aunque en su juventud aún lo hablaba con cierta fluidez, poco a poco, ella también lo fue dejando.
Hoy Guadalupe recuerda con emoción cómo Ixtenco sonaba a yuhmu: Las calles, las invitaciones a las mayordomías, las celebraciones, todo ocurría en esa lengua. Las abuelitas se saludaban entre ellas en las esquinas, y a ella le hubiera gustado grabar esos momentos. “Era bonito verlas hablar, parecía que se estaban riendo todo el tiempo”, dice.
Para Guadalupe, el yuhmu es riqueza, una parte valiosa de su identidad que no quiere dejar morir y que también la transmite a través del bordado. A pesar de la tristeza que le provoca la pérdida de la lengua, también le da esperanza ver y pensar que algunos jóvenes están aprendiendo para preservarla
Don Pedro nació y creció en Ixtenco, en una época en la que el yuhmu se escuchaba en las calles, en las casas, en las fiestas y en los campos. Aunque nunca se le enseñó de manera formal, el idioma le llegó por oído, sobre todo a través de su madre, quien lo usaba para comunicarse en el hogar. Desde los seis o siete años, Pedro fue registrando en su memoria el sonido de las palabras y su significado, sin saber que ese aprendizaje informal sería, décadas después, uno de los pocos hilos que lo mantendrían unido a su identidad.
Recuerda con claridad cómo las personas mayores se comunicaban naturalmente en yuhmu, y cómo las festividades, como la de Todos Santos o día de muertos, eran espacios donde la lengua se hacía presente en cada ritual, cada visita y cada jarro de pulque compartido entre compadres. Para él, todo eso era parte de la vida cotidiana y de un modo de ser que no requería explicación.
Al terminar la secundaria, Pedro tuvo que migrar a la ciudad de Puebla en busca de trabajo, como muchos otros jóvenes de su generación. En Ixtenco, dice, no había campo laboral para los profesionistas ni para los campesinos, razón por la que tuvo que salir de su comunidad. En Puebla conoció a su pareja y formó una nueva vida, mientras en su pueblo natal sus hermanos, que no quisieron migrar, fallecieron uno tras otro.
Cuando su madre quedó sola, Pedro decidió regresar para acompañarla en sus últimos años. Esa vuelta al origen, también fue un reencuentro con una comunidad cambiada. El yuhmu ya no se hablaba como antes, sobre todo entre los más jóvenes. En sus recorridos por el pueblo, Pedro encontró a algunos hablantes, como don Agustín, con quien recuperó retazos de su lengua, saludos y frases, pero también enfrentó la frustración de no poder expresarse como solía hacerlo.
Aunque acepta que entiende el 80 o 90 por ciento del idioma, la falta de práctica lo ha limitado. Hoy habla el yuhmu pausadamente, pensando cada palabra, como quien se aferra a una voz que el tiempo ha querido borrar.
Aun así, Pedro no ha dejado de sentirse identificado con la cultura yuhmu. Se presenta con orgullo como tal, incluso recuperando el apodo “el chindo”, que históricamente se usaba de forma despectiva para nombrar a los vendedores de huesito de capulín en las ciudades cercanas.
Lo que antes dolía, hoy lo resignifica como emblema de resistencia. Para Pedro, la pérdida de la lengua significa la pérdida total de la identidad. “Ya todo se vuelve folclor”, dice. Y aunque a veces se siente derrotado, insiste en que el idioma está ligado a todo de su pueblo, como el maíz, los cuentos, los saludos y la tierra misma. Por eso sigue luchando aún con las palabras rotas por lo que considera lo más valioso que le queda.
Don Pedro nació y creció en Ixtenco, en una época en la que el yuhmu se escuchaba en las calles, en las casas, en las fiestas y en los campos. Aunque nunca se le enseñó de manera formal, el idioma le llegó por oído, sobre todo a través de su madre, quien lo usaba para comunicarse en el hogar. Desde los seis o siete años, Pedro fue registrando en su memoria el sonido de las palabras y su significado, sin saber que ese aprendizaje informal sería, décadas después, uno de los pocos hilos que lo mantendrían unido a su identidad. Recuerda con claridad cómo las personas mayores se comunicaban naturalmente en yuhmu, y cómo las festividades, como la de “Todos Santos” o día de muertos, eran espacios donde la lengua se hacía presente en cada ritual, cada visita, cada jarro de pulque compartido entre compadres. Para él, todo eso era parte de la vida cotidiana y de un modo de ser que no requería explicación.
Al terminar la secundaria, Pedro tuvo que migrar a la ciudad de Puebla en busca de trabajo, como muchos otros jóvenes de su generación. En Ixtenco, dice, no había campo laboral para los profesionistas ni para los campesinos, razón por la que tuvo que salir de su comunidad. En Puebla conoció a su pareja y formó una nueva vida, mientras en su pueblo natal sus hermanos, que no quisieron migrar, fallecieron uno tras otro. Cuando su madre quedó sola, Pedro decidió regresar para acompañarla en sus últimos años. Esa vuelta al origen, sin embargo, también fue un reencuentro con una comunidad cambiada. El yuhmu ya no se hablaba como antes, sobre todo entre los más jóvenes. En sus recorridos por el pueblo, Pedro encontró a algunos hablantes, como don Agustín, con quienes recuperó retazos de su lengua, saludos y frases, pero también enfrentó la frustración de no poder expresarse como solía hacerlo. Aunque acepta que entiende el 80 o 90 por ciento del idioma, la falta de práctica lo ha limitado. Hoy habla el yuhmu pausadamente, pensando cada palabra, como quien se aferra a una voz que el tiempo ha querido borrar.
Aun así, Pedro no ha dejado de sentirse identificado con la cultura yuhmu. Se presenta con orgullo como tal, incluso recuperando el apodo “el chindo”, que históricamente se usaba de forma despectiva para nombrar a los vendedores de huesito de capulín en las ciudades cercanas. Lo que antes dolía, hoy lo resignifica como emblema de resistencia. Para Pedro, la pérdida de la lengua significa la pérdida total de la identidad. “Ya todo se vuelve folclor”, dice. Y aunque a veces se siente derrotado, insiste en que el idioma está ligado a todo de su pueblo, como el maíz, los cuentos, los saludos y la tierra misma. Por eso sigue luchando, aún con las palabras rotas, por lo que considera lo más valioso que le queda.
Doña Sara, creció en una familia dividida entre dos formas de entender el mundo. Por un lado, sus padres apostaban por el español como herramienta para acceder a mejores oportunidades y evitar la discriminación. Por el otro, sus abuelos maternos, Martina y Víctor López, se aferraban al yuhmu como un legado que no estaban dispuestos a soltar. Fue con ellos que Sara escuchó por primera vez ese idioma, en conversaciones de adultos o en indicaciones rápidas mientras vendían pepitas y huesitos de capulín en los mercados. Aunque sus padres evitaban que ella lo aprendiera, sus abuelos le hablaban a escondidas. Así comenzó a asociar el yuhmu con el respeto, con los secretos de la familia y con una manera distinta de nombrar la vida.
A los 12 años, Sara sumó a sus aprendizajes el bordado tradicional. Sus tías paternas le enseñaron a tejer pepenado, una técnica típica de Ixtenco que hoy aún practica de vez en cuando, solo para no olvidarla. Más tarde, fue su abuela quien le enseñó a cocinar alimentos que formaban parte de las celebraciones y de la vida cotidiana del pueblo. En esos espacios íntimos, la lengua yuhmu no solo servía para regañar o para comunicarse sin que otros entendieran, también era una forma de sostenerse frente a los abusos y el menosprecio.
Aunque quiso transmitir el idioma a sus hijos y nietos, decidió callarlo para protegerlos de las violencias que ella misma presenció. Desde entonces, ha conservado el yuhmu en su pensamiento, evocando palabras y frases como un ejercicio de memoria y resistencia.
Hoy, Doña Sara reconoce que el tiempo le ha arrebatado algunas palabras. Aun así, mantiene firme su decisión de no dejar que el idioma desaparezca por completo. Habla consigo misma en yuhmu, repite oraciones, recuerda conversaciones; no como un simple hábito, sino como una forma de seguir siendo quien es. Para ella, ese idioma es más que una lengua, es la huella de lo que sus abuelos le enseñaron con paciencia y cariño.
En su historia se dibuja una generación que no pudo enseñarlo en voz alta, pero que hizo todo lo posible por conservarlo vivo. Sara Bernardino representa esa memoria persistente, la de quienes, incluso en silencio, se niegan a olvidar lo que da sentido y dignidad a sus raíces.
Desde niño, Andrés Huerta Ortega aprendió a hablar con las manos. Mientras otros jugaban en la calle, él ya andaba entre costales de frijol, maíz y lentejas, armando figuras que después adornarían las fiestas de San Juan Bautista en Ixtenco y de otras comunidades en Tlaxcala.
Hoy, a sus 75 años, sigue sembrando colores sobre alfombras y cuadros hechos con semillas que han llevado el legado de su pueblo a otras partes de mundo. Pero su obra no solo vive en la artesanía. También está en las palabras que lo rodean desde siempre, en el yuhmu, la lengua que escuchó de sus padres.
Aunque aprendió solo algunas palabras, con el tiempo ha buscado reconectarse con el idioma. En conversaciones con personas mayores ha recuperado significados y formas de decir que creía olvidadas. Aunque no siempre se siente seguro con la gramática, asegura que lo importante es que lo entiendan. Hoy trata de hablar yuhmu cuando puede, ya sea con su hermana, con amigos, con jóvenes que se le acercan curiosos y procura mirar con atención en dónde todavía sigue presente, como en las mayordomías, donde aún resuena el eco de cómo se hablaba antes, con el tono y ritmo casi cantado.
Para Andrés, el yuhmu es un tesoro. “Para mí es un gran valor para nuestra comunidad, para nuestra identidad. Es un gran valor que no debemos perder”, dice. Reconoce que antes era común escucharlo en todos los pueblos vecinos, pero ya solo en Ixtenco resiste. Por eso insiste en que no hay que dejarlo ir, porque para él no cualquiera guarda la memoria viva de una lengua que ha estado presente en la vida y en la tierra.
Desde niño, Andrés Huerta Ortega aprendió a hablar con las manos. Mientras otros jugaban en la calle, él ya andaba entre costales de frijol, maíz y lentejas, armando figuras que después adornarían las fiestas de San Juan Bautista en Ixtenco y de otras comunidades en Tlaxcala. Hoy, a sus 75 años, sigue sembrando colores sobre alfombras y cuadros hechos con semillas y que han llevado el legado de su pueblo a otras partes de mundo.
Pero su obra no solo vive en la artesanía. También está en las palabras que lo rodean desde siempre, el yuhmu, lengua que escuchó de sus padres. Aunque aprendió solo algunas palabras, con el tiempo ha buscado reconectarse con el idioma. En conversaciones con personas mayores ha recuperado significados y formas de decir que creía olvidadas. Aunque no siempre se siente seguro con la gramática, asegura que lo importante es que lo entiendan. Hoy trata de hablar yuhmu cuando puede, ya sea con su hermana, con amigos, con jóvenes que se le acercan curiosos y procura mirar con atención en dónde todavía sigue presente, como en las mayordomías, donde aún resuena el eco de cómo se hablaba antes, con tono y ritmo casi cantado.
Para Andrés, el yuhmu es un tesoro. “Para mí es un gran valor para nuestra comunidad, para nuestra identidad. Es un gran valor que no debemos perder”, dice. Reconoce que antes era común escucharlo en todos los pueblos vecinos, pero ya solo en Ixtenco resiste. Por eso insiste en que no hay que dejarlo ir, porque para él no cualquiera guarda la memoria viva de una lengua que ha estado presente en la vida y en la tierra.
Antonio Cirilo Carmen Ortega y su esposa Eloisa Cristóbal Xomulco crecieron en un tiempo en que el yuhmu todavía se escuchaba en las calles, en los patios y en las fiestas del pueblo. Pero aunque lo tenían cerca, no lo aprendieron como lengua materna. En sus casas ya no se hablaba abiertamente, y eso tenía una razón.
Desde pequeños, vieron cómo a quienes usaban el otomí se les trataba con burla, sobre todo en la escuela. Por eso, sus padres decidieron que era mejor enseñarles solo español. Lo poco que entendieron del yuhmu lo aprendieron de oído, escuchando a la gente mayor hablar entre ellos, adivinando el sentido de las palabras a partir de los gestos y de la costumbre. Fue un aprendizaje silencioso, hecho más de observar que de hablar.
Cuentan que con el tiempo el idioma se fue haciendo pedacitos, como si se hubiera roto, porque ya no se hablaba completo; solo quedaban algunas frases sueltas, saludos, palabras que salían de vez en cuando. Incluso en su propia casa dejó de usarse como algo natural.
Aún así, dicen que todavía hay momentos en el día en los que intercambian algo en yuhmu, aunque sea poquito, solo para que no se les olvide, para que no se borre del todo.
Antonio recuerda que cuando se casaron, en 1975, el pedimento de mano todavía se hizo en otomí, pero la misa ya fue en español. En esos años, el idioma comenzaba a desaparecer también de las ceremonias y las costumbres. Lo que antes se hacía en yuhmu, poco a poco se fue haciendo en español, y las nuevas generaciones crecieron sin ese vínculo.
Ahora, ya con más de setenta años, Antonio y Eloisa siguen entendiendo el idioma, pero les cuesta hablarlo. Antonio es quien conserva más del otomí en la memoria, y a veces se propone usar algunas palabras para no dejar que se pierdan.
Sienten tristeza al ver que sus hijos no lo aprendieron, que sus nietos lo ven como algo ajeno. Les duele saber que lo poco que aprendieron fue en medio del miedo y el rechazo.
Aun así, no pierden la esperanza de que algún día el yuhmu vuelva a escucharse sin vergüenza, que no se quede solo en el recuerdo. Quieren que regrese a las casas, a las fiestas, a la vida diaria; no como adorno, sino como parte de lo que son, de su historia.
Este proyecto retrata a los últimos hablantes de la lengua Yumhu en Ixtenco, Tlaxcala, como un acto de memoria y resistencia. La elección de trabajar con distintas estéticas responde a la naturaleza fragmentaria de la memoria y a la diversidad de presencias que encontré en cada persona.
La doble exposición surge como una metáfora de las capas que componen la identidad: la lengua, la historia, los recuerdos, el territorio. Es una forma de mostrar que cada rostro contiene otras historias superpuestas, invisibles a simple vista, pero presentes en el alma y en la voz.
El blanco y negro me permitió despojar la imagen del tiempo presente, acercándola a lo atemporal y despojando a la imagen de distracciones para centrar la mirada en la expresión y la historia que habita en cada gesto. En especial en los retratos de las personas de mayor edad, quise que la luz y la sombra hablaran del paso del tiempo, de la fragilidad y a la vez de la fuerza con la que han sostenido su lengua hasta hoy.
Los retratos a color los reservé para algunos de los últimos entrevistados, no como ruptura sino como afirmación: en ellos el color es un respiro, un recordatorio de que la lengua no pertenece solo al pasado, sino que aún habita en rostros vivos, en gestos cotidianos, en la calidez de la piel y de la mirada.
Esta mezcla de técnicas no busca homogeneidad, sino reflejar la manera en que la memoria se guarda: a veces nítida y brillante, a veces borrosa y llena de capas, siempre viva y resistiendo al olvido, rostros que, aunque cargan con la memoria de un
idioma en riesgo, siguen siendo luz, movimiento y vida.
Comprometidos con la libertad de expresión creyendo que la información encauza el cambio social.
La Tragicomedia del Sir Culito Tlaxcalteca
© Escenario Tlaxcala 2024
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