En 1990 Marcela Lagarde desarrolló la categoría de madresposa, bajo la cual, es posible entender las condiciones estructurales mediante las cuales, las mujeres son definidas y valoradas socialmente. Lagarde expone que, en las sociedades patriarcales, las mujeres y sus identidades se encuentran subordinadas al servicio de los otros.
Comprender el papel resignado de las mujeres en dichas sociedades ha permitido, como lo sostiene la autora, caminar hacia la construcción de la autonomía femenina, logrando así que a través de muchas luchas, las mujeres contemporáneas puedan ser plenas sujetas de derecho, tengan acceso a servicios públicos, acceso a vivienda, y en general, al ejercicio pleno en la creación de su autonomía, misma que no implica forzosamente, el cumplimiento de los roles “tradicionales” de una mujer: La conyugalidad y la maternidad.
Considerar a las mujeres como sujetas de derechos, en la actualidad parece algo cotidiano, sin embargo, para que las mujeres fueran consideradas como humanamente iguales que los hombres, tuvieron que pasar cientos, incluso miles de años. En un mundo que se regía y se rige por hombres del norte global que ejercen el poder hacia sus subordinados, las mujeres se vieron reducidas a lo que se sostiene ahora como una esposa tradicional, encargada de la reproducción sistémica y humana; cientos de años de esclavitud, racismo, clasismo y machismo tuvieron que pasar para que las sociedades patriarcales fueran obligadas a reconocer a las mujeres como personas con los mismos derechos que los hombres.
Como resultado de la industrialización y la gran necesidad de mano de obra barata, en el norte global las mujeres y los niños sobrepasaron sus roles subordinados y se convirtieron en trabajadores, de modo que, las mujeres salieron de los espacios privados y comenzaron a ocupar también los espacios públicos, y así, poco a poco las mujeres fueron tomando un papel, que si bien aún se ve determinado al de los hombres, gradualmente les permitió el poder exigir derechos en donde se les considerara también como humanas, sin importar la raza, el color y la clase social.
La historia por el reconocimiento de los derechos de las mujeres, no ha sido más que la búsqueda del propio reconocimiento global de una población que históricamente ha sido violentada de formas sumamente inhumanas, y que contemporáneamente, padece de múltiples violencias, como son las represiones a manifestantes, la falta de acceso a la salud pública, en la cosificación de las mujeres, en las dobles o triples jornadas de trabajo no remunerado, incluso las mujeres con poder que ejercen violencia hacia otras.
Siglos en la búsqueda de reconocimiento y cumplimiento de los derechos de las mujeres se ponen en riesgo ante discursos como el de Erika Kirk, quien invita explícitamente a las mujeres blancas estadounidenses a: “ceder su derecho al sufragio” para convertirse en tradwifes (esposas tradicionales), lo que nos hace preguntarnos auténticamente sobre la desesperación del sistema patriarcal por amortiguar y detener el ejercicio de los derechos de las mujeres.
Tal como Lagarde lo expuso hace más de 20 años, los roles socialmente asignados para la reproducción de la sociedad patriarcal se han justificado a través del amor, el sacrificio, la fidelidad y la abnegación, manteniendo a las mujeres en una subordinación sexogenérica en relación a los hombres. Ante el actual intento de retorno al rol tradicional de las mujeres, es preciso cuestionar los movimientos que intentan arrebatar los derechos a las mujeres, pues después de todo, como diría Simone de Beauvoir «El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos«.
Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A.C.
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