-Perdón que les pregunte, ¿venden ustedes libros? Confía uno de los trabajadores de la mudanza.
-No, sólo el gusto de coleccionarlos, le respondo mientras maldigo en mis adentros la cantidad de libros que hay esparcidos en el piso.
Novelas, textos académicos, cuentos, confabularios, novelas gráficas, biografías, ensayos filosóficos, teorías sociales, económicas, políticas, físicas, matemáticas, conspiracionistas; tesis de grado, diccionarios, programas para dejar de beber, manuales para ser mejor cada día; sobre arquitectura, cine, teatro; por lo menos dos idearios de formaciones políticas; revistas, y un singular etcétera, incluso se me figuró ver por ahí amontonado el Necronomicón, el original sí.
«Pinches libros ni para eso sirven, para ser vendidos y sacarlo a uno de algún apuro”, jugué en mi mente.
-Entonces, ¿a qué se dedica usted?, insiste el trabajador.
-Soy profesor, le expreso y veo como se dibuja una sonrisa de aprobación en su rostro.
Desearía prevenirlo, advertirlo de que los libros son manzanas envenenadas, frutos prohibidos que aseguran maldita sea la cosa.
Todos ellos, de cualquier género, contienen historias de una gran historia que no tiene final. El pretexto perfecto para que uno vaya de texto en texto, entre la imprudencia y el fisgoneo, pensando que alcanzará una gran recompensa de conocimiento, cuando lo único que se obtiene es perderse en una enorme cantidad de libros e historias conectadas entre sí (intertextualidad le llaman).

Se que podría decirle, que los libros se aprovechan de la lectura que les damos o de la presunción que hacemos de ellos, para sobrevivir y reproducirse.
En tanto nos los leemos, adquirimos, robamos, solicitamos, prestamos, obsequiamos, recomendamos. Nos especializamos en algunos de ellos en cursos, diplomados, seminarios, maestrías, doctorados; ellos, tranquilamente, templada y disimuladamente, se reproducen, se recrean, se instalan en nuestros espacios para terminar superándonos en número.
Los libros nos sobrevivirán, pero no sólo eso, ahora, más astutos, evolucionan a pasos agigantados. Mudan sus almas, las historias que llevan consigo al hiperespacio, creando más como ellos, en distintas versiones y vehículos, ahora también se dejan ver y habitan en celulares, tabletas, pantallas inteligentes, cajeros automáticos, espectaculares, consolas, siempre a nuestro a lado.
“Créame si le digo que, en cualquiera de ellos, por más calamitoso, enclenque y viejo que lo vea, encontrará una vía de ingreso a las historias que viven en otros formatos, en el cine, por ejemplo, en esta película, Avengers: Infinity Wars, para ser más enfáticos o ahora que vaya o no vaya a ejercer su voto”.
Llegará el día en que los libros serán autónomos por esa gran inteligencia que han creado fuera de nosotros los humanos y del papel, que los comprende y une a todos a la vez en segundos.
Habrán de prescindir del ser humano. Seguirán contándonos historias que nos hagan pensar que tratan sobre nosotros, pero no, en realidad es sobre ellos, siempre ha sido sobre ellos.
Estamos pagando caro lo que le hicimos a ese Dios, creo, cuando concibió la historia de la humanidad para comprenderse y verse a sí mismo. Lo terminamos matando. Nos apropiamos del relato a partir del Paraíso, la serpiente fue sólo pretexto.
No lo hice. No le sugerí nada. Le ahorré toda mi perorata, no quise resultarle loco y opté por regalarle unos tantos y continué armando cajas y paquetes de libros para su traslado. Al final, condenados estamos.


