Hasta el 2014, compartíamos cerca de mil 800 millones de imágenes por día en las principales plataformas de redes sociales, Facebook, Flickr, Snapchat, Whatsapp; ya para finales del 2015, se estimaba que habría más dispositivos móviles en el planeta (celulares, tabletas) que seres humanos, donde, en promedio, cada habitante tendría a su disposición un teléfono móvil desde el cual escribiría y buscaría información para conectarse con sus semejantes a través de internet.
Un último dato, ya en 2016, Facebook anunciaba que el número de sus suscriptores colocaban a esa plataforma, en términos de población, solo por detrás de los países más poblados del planeta, China e India.
En el ciberespacio, producimos y tenemos a nuestra disposición información como ninguna otra generación la había tenido antes, desde que el homo sapiens se hiciera con el control de la tierra hará unos 10 mil años e inventara la más grande tecnología hasta ahora, el lenguaje.
Qué si el ciberespacio, ese ecosistema hipermediatizado en el cual existe algo llamado redes sociales, se ha convertido en un escenario de conflicto, en cruentas batallas campales y guerras sin cuartel entre partidarios y detractores de las más variadas causas, son evaluaciones en las que, al parecer, a primera vista, no tenemos la más mínima duda.

Casa de locos. Francisco de Goya, 1819
Bástenos observar en los últimos días a cientos de cibernautas contraponiendo discursos a la opinión vertida por uno de los cómicos más populares en México, cuando éste, motivado por la presentación de la película Hombre al Agua (Overboard, 2018), expresó su parecer sobre los candidatos presidenciales en nuestro país o a aquel otro articulista, afamado también, que ficcionaba vía twitter, sobre el asesinato de uno de esos suspirantes. Ambos, el comediante y el periodista, lo dejo en claro, en su pleno derecho de expresar su sentir ante la opinión pública.
Bastaron un par de horas para que dichas versiones fueran consumidas y viralizadas en redes sociales, tanto por quienes apoyaban los comentarios sobre el candidato puntero en las encuestas, al verlo como el menos malo ante la ciudadanía, pero que no convencía del todo, por parte de Eugenio Derbez, y que podría ser asesinado a manos de alguno de sus seguidores, por Ricardo Alemán.
Pero llegaron por igual, quienes no tardaron en pedir no ir a las salas cinematográficas y denunciar la narrativa homicida, al interpretar estas opiniones como muestras de las embestidas a las que ha sido sometido López Obrador por sus contrincantes, que han arreciado conforme se acerca la recta final de las campañas electorales.
Algunas de las preguntas pertinentes, considero, son sobre ¿qué tan ilustrativo y útil resulta para el análisis de estos procesos comunicativos dentro de la alucinación colectiva (Gibson dixit) de las redes sociales, comprenderlos como una antesala al peor de los infiernos de confrontaciones y linchamientos mediáticos?
¿Serán una mera síntesis que día tras día toma la comunicación en el ciberespacio?
¿Estaremos ante una muestra de la evolución sistémica del lenguaje como un organismo vivo que le ha dado voz y espacio a miles de individuos, que hasta antes de la proliferación de los planes de datos, la reducción de los costos en los dispositivos móviles y los cientos de aplicaciones útiles para compartir imágenes, textos escritos, videos, música, etcétera, han dado bríos a la resistencia discursiva?
¿Hemos pasado de fijar discursos en los muros de los sanitarios públicos y grafitis en los muros del Mayo del 68 a actualizaciones de estado, tweets y fotografías en la época digital?
¿El “Seamos realistas pidamos lo imposible” ha evolucionado a miles y miles de memes con similares significados?
No hay una respuesta sencilla.
Menos aún, cuando hay también las voces que contrastan estos dos casos de figuras públicas en el ojo del huracán de la confrontación hipermediática, con asesinatos de periodistas y estudiantes de cine, ciudadanos desaparecidos y violentados por causas aún incomprensibles; en espacios donde el color purpura de su sangre es tan real, como el hecho de que Hombre al Agua ha abarrotado las salas de cine, y donde tanto Derbez y Alemán tienen la innegable oportunidad de debatir, bloquear, blasfemar a sus más acérrimos críticos, sin el más mínimo rasguño en su integridad física de todos ellos y para fortuna de todos nosotros.


