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La Marcha del 8M no fue sobre un deudor, sino sobre nosotras. Fue para visibilizar todas las violencias que siguen ocurriendo en Tlaxcala. El espacio público —aun con la represión que en otros años ha venido por parte del Estado— volvimos a sentirlo seguro, pero porque nos teníamos entre nosotras.
Eran las 4:30 de la tarde del 8 de marzo de 2026 cuando los contingentes empezaron su camino hacia el centro de Tlaxcala. Cientos de mujeres volvieron a apropiarse del espacio público con dignidad, todo se pintó de morado. Había emoción, nostalgia y mucha fuerza, porque visibilizar y exigir justicia ante las violencias que vivimos a diario, requiere mucho de esa dosis para mantenernos firmes.
Estábamos ahí a pesar de la memoria que nos traía a la mente la represión y aún así, llegamos, unas al Palacio Legislativo, otras al Zócalo de la Capital; en diversos grupos pero remando al mismo lado.
Todo iba bien hasta que apareció Judas Tadeo, un hombre con un mensaje que a primera vista parecía poderoso: “Me callo para que ellas hablen”. Pero no era el lugar ni el momento. Porque no solo no dejó hablar a las mujeres; terminó arrebatando el espacio, la mirada y el sentido de lo que estaba ocurriendo.
De pronto ocupó un lugar que no le correspondía y, poco después, también el centro de la conversación pública. ¿Cómo funciona el sistema patriarcal? Justo así. Aún cuando miles de mujeres salen a las calles, siempre aparece la forma de volver a colocar a un hombre en el centro de nuestra historia.
En una movilización donde miles de mujeres salieron a exigir justicia, derechos y una vida libre de violencia, bastó la presencia de un hombre para que la conversación cambiara de rumbo. Lo que empezó a circular en medios, en redes sociales y en la discusión pública ya no fueron las consignas ni las historias de las mujeres que marchaban, ni las denuncias que se escuchaban en las calles. Fue él.
Al principio algunos medios lo colocaron como una figura curiosa dentro de la marcha. Después vino la polémica.
Judas Tadeo fue señalado durante la marcha como deudor alimentario. Y no es un señalamiento menor. Se trata de una de las denuncias más constantes dentro del movimiento de mujeres.
Miles de mujeres en México son madres que han tenido que hacerse responsables solas de la crianza y manutención de sus hijas e hijos, precisamente porque hay hombres que deciden no asumir esa responsabilidad. Por eso, cuando se habla de deudores alimentarios, no se trata de un asunto privado: es una forma más de violencia que impacta directamente en la vida de las mujeres y de sus familias.
Ya mucho se ha dicho sobre este sujeto. Por eso no quiero gastar más tiempo en él, sino volver a lo que para mí es lo verdaderamente importante: las mujeres salieron, y este año fueron más.
Y aun así, pese a la descalificación y los intentos por minimizar la protesta, fueron más las mujeres que decidieron salir a marchar. Salir a la calle, alzar la voz, denunciar lo que históricamente se ha querido callar es una forma de abrir camino. Cada paso que dan las mujeres en las calles no solo es protesta, también es memoria, denuncia y construcción.
Y ese caminar colectivo es, justamente, lo que poco a poco nos acerca a las utopías.