- ¿Será que el cometido del Gobierno de Lorena Cuéllar se logró? ¿Salir a marchar o no? ¿existen otras formas de luchar? Son las preguntas que me he hecho desde que inició marzo.
Tlaxcala, Tlax. Son cinco años en los que las marchas feministas más grandes de Tlaxcala han ocurrido con una mujer en el poder, y aunque pareciera contradictorio, el hecho de que una mujer esté ahí, ha dejado una herida que hoy nos hace cuestionarnos ¿por qué marchar este domingo? Y es que la herida no es para menos, es una herida de miedo que dejó la represión desde aquel marzo del 2022.
Es innegable que esa herida provocó una fragmentación del movimiento y, para algunas, un profundo desencanto frente a instituciones que prometieron escuchar, pero que respondieron con fuerza pública; o peor aún, con discursos oportunistas que parecían más interesados en el posicionamiento público que en atender las demandas de las mujeres.
Hoy, a unos días del 8 de marzo de 2026, pareciera que nos encontramos nuevamente en un momento de cuestionamiento colectivo. Y desde este lugar —desde este quehacer de observar, narrar y participar— intento entender por qué seguimos volviendo una y otra vez a la misma pregunta: ¿por qué marchar?
De entrada quiero decir algo con claridad: aunque a muchas nos hayan arrebatado las ganas, hay algo que a las mujeres no nos pueden quitar. La rabia. Y desde ahí quiero partir esta columna de opinión.
A diez años de mi primera marcha, me sigo preguntando ¿Dónde está Karla?
Desde una perspectiva personal, creo firmemente en el poder del ejercicio de la memoria, especialmente en aquellos espacios donde esta se vuelve colectiva. La memoria nos permite reconfigurar nuestras historias y dotarlas de nuevos significados. Y aunque reconozco que hay cosas que preferiría olvidar, en el caso del 8M en Tlaxcala elijo posicionarme desde la dignidad que nos brinda recordar.
Recuerdo que mi primera marcha fue en el año 2016, hace diez años. Éramos menos de 50 personas caminando en Tlaxcala junto al Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local, DDESER y el Colectivo Mujer y Utopía. No había miles de mujeres ni un movimiento tan articulado como ahora. Pero sí había una pregunta que nos atravesaba a todas las personas que estábamos ahí: ¿Dónde está Karla?
Karla era una niña de once años que había desaparecido en el municipio de San Pablo del Monte. Un día salió a la escuela y no regresó a casa. Mientras su familia la buscaba, autoridades y algunos medios de comunicación -misóginos- repetían que “seguro se había ido con el novio”. Incluso, la entonces Procuraduría de Justicia del Estado de Tlaxcala, perdió los videos que podían ayudar a encontrarla.
Ese día también escuché los nombres de más de sesenta mujeres asesinadas en el estado. Mujeres que murieron a manos de hombres que decían amarlas y cuidarlas. Sin quererlo, ese día conocí la rabia.
Entonces pensé en mi mamá, en mis hermanas, en mis tías, en mis abuelas y en mis amigas. Porque si algo compartimos las mujeres es que en algún momento de nuestras vidas hemos vivido algún tipo de violencia.
Abonando a mi ejercicio de la memoria, ese año conocí Abril -así la llamaré para respetar su anonimato porque sigue siendo una mujer especial para mí- en ese tiempo, era una niña que tenía 6 años, y vivió su primera situación de acoso en el kinder. Al mismo tiempo recuerdo que mi primer experiencia de violenta en el espacio público fue cuando tenía 13 años, iba a la tienda y un hombre bajó la ventana de su carro para decirme que me subiera con él. Esa escena, que muchas mujeres reconocerán al leer estas palabras, se quedó conmigo durante años. Porque la violencia que vivimos las mujeres es como un golpe de realidad que nos despierta antes de que abramos los ojos.
Desde ese primer 8 de marzo algo cambió. Empecé a nombrar las violencias por su nombre. A cuestionarlo todo.
La fuerza y represión de las marcha del 2022
Así fue que seguí mi caminar en las manifestaciones por el 8M en 2017, 2018 y 2019. En 2020, cuando ya me había convertido en madre, sabía que tenía que marchar, porque en los ojos de mi hija, siempre he encontrado las respuestas y la motivación para hacerlo.
En 2020, a la par del 8M, en la Universidad Autónoma de Tlaxcala empezaron a hacerse públicos cientos de testimonios que denunciaban a maestros violentadores, protegidos durante años por el silencio institucional. Ahí también marché y volví a sentir rabia.
En 2022 algo cambió, algo terminó de romperse y llegó la fuerza. El hartazgo ya estaba ahí, porque veníamos conmovidas por el movimiento global «Me Too» que dejó claro que la violencia contra las mujeres estaba en todas partes —en la música, en el cine, en las universidades—.
También por las violencias que la pandemia dejó al descubierto dentro de nuestros propios hogares, porque entendimos que muchas mujeres les tocó convivir todo el tiempo con sus agresores. Y también teníamos fresco el caso de Daniela Muñoz, la maestra apizaquense que desapareció en 2020 por Álvaro y que hasta la fecha, no ha dicho nada sobre su paradero.
Toda esa rabia la traíamos en el estómago, y el 8M de 2022 Tlaxcala vio una de las marchas más grandes de su historia. A pesar del mensaje amigable de la gobernadora Lorena Cuéllar donde decía que respetaría la marcha -porque de por sí ya las nombraba violentas-, llegó el caos. La represión apareció, policías vestidos de civiles golpeando mujeres, gas lacrimógeno en todos lados, granaderos cerrando las salidas del centro de Tlaxcala, detención de mujeres y un silencio institucional… todo con el objetivo de «disipar la manifestación», porque Tlaxcala seria sede del «Torneo Mundial de Voleibol de Playa».
Así llegó el 2023, con mucho menos mujeres en la marcha. Pero con la misma protección y represión por parte de las autoridades locales. Con ello, vinieron tensiones, divisiones, desgaste hacia el movimiento feminista en Tlaxcala. A la par sucedieron otros acontecimientos, y aunque parezca fuerte lo que voy a escribir, no voy a negar lo que todas en algún momento hemos pensado: Vimos mujeres que se aprovecharon de esa disipación para posicionarse políticamente, usando el movimiento como un escudo y excluyendo a otras. También vimos a mujeres que con la legitimidad que se han dado ellas mismas, se pronunciaron en contra de la iconoclasia y que también criminalizaron a otras mujeres.
Esas acciones, sumadas a las estrategias del Estado, hicieron que en 2024 hubiera una fragmentación: Que la marcha se dividiera en dos. Desde entonces, se ha marcado dos agendas, las que salen de la Virgen y las que salen de Plaza Vértice. En 2025 fue así, y muchas de mis amigas decidieron ya no marchar.
¿Por qué marchar este año?
Hoy a unos días del 8M 2026, vuelvo a la pregunta del inicio: ¿Por qué marchar? En primera, aclaro que este año como desde 2022, yo acudo a la marcha porque también se ha vuelto mi trabajo, mi forma de acompañar y de cambiar la narrativa que otros medios hacen, esa es mi posición política hoy. Al mismo tiempo, decido cubrir la marcha porque los pendientes en la agenda de género siguen siendo enormes.
El Congreso del Estado de Tlaxcala se ha hecho sordo frente a la propuesta para modificar el Código Penal y atender la demanda de la Suprema Corte de Justicia de la Nación respecto a la interrupción legal del embarazo. Mi trabajo también me ha llevado a conocer que en distintas comunidades del estado la trata de mujeres y niñas sigue vigente y normalizada, a pesar de un discurso que niega este problema. A ello se suman los feminicidios que continúan ocurriendo, las violencias que miles de mujeres viven dentro de sus propios hogares y, en algunos momentos, la represión del mismo Estado frente a quienes deciden salir a protestar.
Por eso yo voy a marchar, y creo firmemente que la marcha es un espacio político pero no es el único, y que debemos poner en la agenda todo el tiempo las violencias que vivimos como mujeres.
Y aquí si quiero decir que para marchar no necesitamos el permiso de absolutamente nadie. Marchamos porque queremos vivir sin miedo. Porque también necesitamos poner la agenda de genero en todos lados, todo el tiempo.
La pensadora feminista decolonial Yuderkys Espinosa Miñoso ha dicho que el feminismo también es una práctica de desobediencia, una forma de cuestionar las estructuras que normalizan la violencia contra las mujeres. Y ese acto de desobedencia en la marcha es lo que quizá incomoda tanto, pero incomodar al poder, a las narrativas tradicionales… está bien.
Como lo mencionada, marchar es poderoso, sí, pero no es la única forma de resistir.
Hay mujeres que investigan, que acompañan a víctimas, que enseñan igualdad en las aulas, que resisten desde espacios institucionales, que maternan rompiendo estereotipos; mujeres que escriben, diseñan, documentan o denuncian. También están aquellas que habitan otras realidades: mujeres que no pueden marchar porque viven con discapacidad, porque cuidan a alguien o porque sus contextos simplemente no se los permiten.
Y hay otras mujeres que también están enojadas con el mismo movimiento, y su enojo es legítimo y válido. Aunque para eso quiero decir que también las necesitamos en las calles. Porque ese enojo también es una rabia por la cuál levantar la voz.
En este ejercicio de memoria tampoco quiero pasar por alto que, desde 2016 —cuando asistí a mi primera marcha—, he tenido la fortuna de encontrarme con mujeres que me han cuidado, que me han corregido, que han compartido conmigo sus historias de vida. Mujeres que se han convertido en espacios seguros y con quienes, poco a poco, también hemos tejido comunidad. Por eso respeto profundamente cada una de sus posturas sobre marchar o no marchar.
Si tú que estás leyendo esta columna, decides marchar este 8 de marzo, ahí nos vemos. Y si este año decides resistir desde otro lugar, tu voz también forma parte de esta lucha.
Y al gobierno solo le quiero recordar las palabras de Yesenia Zamudio, madre de María de Jesús Jaime Zamudio («Marichuy»), una estudiante del Instituto Politécnico Nacional (IPN) de México, víctima de feminicidio en 2016.
«La que quiera romper que rompa , la que quiera quemar que queme, y la que no, que no nos estorbe»
Porque mucho daño ya le ha hecho al movimiento en Tlaxcala. Y no, aún así… no han ganado. La memoria colectiva, la digna memoria, siempre nos hará conquistar las calles, con y sin su permiso.


