Karen Sharon Martínez
Sobre las recientes declaraciones de un partido político que considera que las acciones afirmativas son un exceso, y ante mi indignación personal al leer que hay quienes comulgan con esa idea, les invito a que reflexionemos un poco.
Comencemos reconociendo que la selección de candidaturas NO OCURRE exclusivamente mediante convocatorias, estatutos o procedimientos públicos. INTERVIENEN LAS RELACIONES PERSONALES, LOS ACUERDOS, LAS REDES DE INFLUENCIA Y LAS PRÁCTICAS INFORMALES que determinan quién avanza dentro de los partidos, qué figuras adquieren mayor visibilidad y quiénes cuentan con respaldo estructural.
Entonces, si durante generaciones los hombres han ocupado mayoritariamente los espacios de decisión, han construido redes de influencia, acumulado experiencia política, establecido relaciones de poder y normalizado su presencia en esos espacios, ¿de verdad podemos suponer que unas cuantas elecciones con una participación paritaria, muchas veces apenas escueta, eliminan automáticamente esas condiciones?
Por eso existen las acciones afirmativas: porque buscan equilibrar una balanza que nunca ha estado equilibrada. NO SON CONCESIONES NI PRIVILEGIOS; SON MECANISMOS PARA CORREGIR DESIGUALDADES ESTRUCTURALES QUE SE HAN SOSTENIDO HISTÓRICAMENTE.
Y éstas NO ALTERAN LA DEMOCRACIA para favorecer a las mujeres como piensan esos que hablan de los “excesos”. Buscan que la democracia deje de funcionar sobre condiciones históricas de exclusión.
Cuando las mujeres no participamos en los espacios donde se diseñan las políticas públicas, nuestras necesidades, experiencias y realidades corren el riesgo de quedar fuera de las decisiones, de no ser reconocidas como prioridades o, sencillamente, de no ser atendidas. Entonces, cuando defendemos las acciones afirmativas, no estamos pidiendo que nos devuelvan el tiempo durante el cual fuimos excluidas. Een realidad exigimos que ese tiempo de exclusión deje de determinar nuestro presente y nuestro futuro.
También he escuchado, visto y leído —y reconozco que en algún momento incluso yo misma lo he reproducido— cuestionamientos sobre los perfiles de las mujeres que están dispuestas a atravesar la violencia política y la sobreexigencia que implica participar en estos espacios. No es solo lograr una candidatura: una vez dentro comienza, muchas veces, otra dimensión de la violencia política.
Y aquí entonces nos invito a prensar; cuando cuestionamos la capacidad de las mujeres para gobernar, también debemos atrevernos a cuestionar LOS MECANISMOS MEDIANTE LOS CUALES LOS HOMBRES HAN MONOPOLIZADO HISTÓRICAMENTE EL DERECHO A SER CONSIDERADOS CAPACES.
¿Por qué no vemos el mismo escrutinio sobre los perfiles de los hombres? ¿Por qué no observamos la misma indignación cuestionando dónde están sus hijos mientras hacen campaña, cómo influye su vida personal en su trayectoria política o si realmente tienen las capacidades profesionales y personales para gobernar?
A las mujeres se nos exige demostrar una y otra vez que somos capaces, mientras que a los hombres históricamente se les ha concedido el beneficio de la LEGITIMIDAD.
Una mujer puede tener un doctorado, experiencia profesional, conocimiento de la administración pública y trayectoria comunitaria, PERO SI NO FORMA PARTE DE LAS REDES DONDE SE NEGOCIAN LAS CANDIDATURAS, PUEDE PERMANECER FUERA DE LOS ESPACIOS DE DECISIÓN, para siempre…
Porque los mecanismos de acceso al poder no se reducen al mérito ni a las capacidades individuales. También están atravesados por relaciones de poder, capitales políticos y redes de influencia.
Por eso, cuando escucho a presidentes, voceros o representantes partidistas decir que es un exceso que, de los 60 MUNICIPIOS, se establezca que 15 sean encabezados por mujeres, no puedo evitar preguntarme: ¿de verdad comprenden la dimensión de la desigualdad que estamos intentando corregir?
Para dimensionarlo: ni siquiera si durante tres administraciones consecutivas los 60 municipios fueran gobernados por mujeres necesariamente habríamos eliminado las brechas estructurales que históricamente han existido en el acceso de las mujeres al poder partidista y político.
¿Se dan cuenta de la dimensión del rezago?
En Tlaxcala, más de 40 personas han ocupado la gubernatura y únicamente dos han sido mujeres. ¡Más de 40 hombres y solo dos mujeres! Y aun con esa desproporción histórica, hubo quien de pronto sostuvo que ya tocaba un hombre porque “mujer ya hubo”
¡NO ENTIENDEN NADA!
No se trata de turnarnos el poder como si históricamente hubiéramos tenido las mismas oportunidades. Se trata de reconocer que la desigualdad no se corrige con discursos de buena voluntad ni esperando a que las estructuras, por sí solas, decidan abrirnos espacios.
Entonces, la pregunta que realmente deberíamos estar haciéndonos es:
¿LOS PARTIDOS POLÍTICOS ESTÁN ORGANIZADOS PARA IDENTIFICAR Y PROMOVER CAPACIDADES O PARA REPRODUCIR LAS RELACIONES DE PODER QUE HISTÓRICAMENTE HAN CONTROLADO EL ACCESO A LOS ESPACIOS DE DECISIÓN?
Por eso también es urgente la RENOVACIÓN DE LOS LIDERAZGOS PARTIDISTAS. Necesitamos dirigencias con una formación mínima en derechos humanos, perspectiva de género e igualdad sustantiva; dirigencias capaces de comprender que la paridad es una condición democrática que se debe garantizar.
El problema es que en pleno 2026 hay quienes consideran excesivo que las mujeres ocupemos espacios de los que históricamente hemos sido excluidas, mientras en su demagogia dicen preocuparse por nosotras.
Invito a la reflexión y sobre todo a una ética que, no permita que esos dichos se consoliden.
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