Yossadara Franco Luna
Una de las condiciones propias de la convivencia humana es el desacuerdo. Aunque parezca paradójico, también puede ser una ocasión para el encuentro y el intercambio de ideas. Bajo ciertas condiciones, es posible convivir incluso en la divergencia.
Sin embargo, en buena parte de nuestras conversaciones parece más importante, antes de escuchar, saber de qué lado está alguien para etiquetar a las personas de acuerdo con aquello que creemos saber sobre ellas. Creemos conocer a la persona antes de conocerla.
La persona convertida en etiqueta
¿Por qué necesitamos saber primero qué es alguien antes de escucharlo? Etiquetar a las personas funciona como una economía del juicio: nos evita el esfuerzo de encontrarnos con la complejidad lo que implica un ser humano. No tenemos que escuchar lo que dice porque suponemos, de antemano, su posición e inmediatamente lo colocamos en alguna categoría —conservador, progresista, feminista, de derecha o de izquierda, entre otras— y creemos, con ello, saber quién es.
Basta con que alguien exprese una opinión para que, antes de preguntarnos bajo qué argumentos la sostiene, intentemos determinar a qué grupo pertenece. La clasificación se realiza desde nuestras propias convicciones. Si nos identificamos con una determinada postura política, moral o social, tendemos a leer al otro desde esa misma perspectiva y a ubicarlo en función de su cercanía o distancia respecto de ella. Así, quien piensa como nosotros puede convertirse rápidamente en uno de los nuestros, mientras que quien discrepa es situado del otro lado. Antes de conocer lo que realmente piensa, comenzamos a comprenderlo desde la posición que nosotros mismos ocupamos. El encuentro con el otro se sustituye por la seguridad de nuestras propias categorías.
La etiqueta nos da la ilusión de que sabemos quién es. Creemos conocer de antemano su pensamiento, sus intenciones e incluso aquello que podemos esperar de él cuando, en realidad, únicamente conocemos una de sus tantas opiniones. No escuchamos para comprender, sino para confirmar aquello que ya creemos saber. En ese momento, el otro ha dejado de ser alguien a quien conocer para convertirse en una categoría.
¿Hay alguna posibilidad de que el otro aparezca distinto de como creemos que es?
Cuando el otro puede aparecer
Esta pregunta permite acercarse al pensamiento de Martin Buber desde una de sus intuiciones fundamentales: no siempre nos relacionamos con el otro de la misma manera. El problema de etiquetar a las personas no consiste únicamente en reducirlas a la imagen que hemos construido sobre ellas. Al fijar al otro dentro de nuestras propias categorías, también quedamos encerrados en nuestra manera de mirarlo. Todo aquello que diga o haga comienza a ser interpretado desde lo que previamente hemos decidido que es y, con ello, se estrecha nuestra posibilidad de salir de nosotros mismos.
Al quedar atrapados en esa manera de comprender al otro, nuestra posición deja de ser algo que pensamos y revisamos para convertirse únicamente en algo que defendemos. Incluso cuando su palabra nos contradice, podemos dejar de reconocer en ella una razón para revisar nuestra propia interpretación. Dejamos sin examinar los límites de nuestra propia mirada. Así, mientras creemos mantenernos seguros en nuestras convicciones, terminamos empobreciendo nuestra propia comprensión del mundo.
El pensamiento de Martin Buber deja abierta otra posibilidad en el modo en que nos relacionamos. El encuentro comienza cuando aquello que creemos saber no agota por completo a quien tenemos enfrente. El otro puede mostrarse entonces de una manera que no habíamos previsto y revelar que la imagen con la que intentábamos comprenderlo era más estrecha. La etiqueta revela entonces su insuficiencia frente a la complejidad de la persona y, al mismo tiempo, deja al descubierto los límites de nuestra propia mirada. El otro deja de ser únicamente alguien sobre quien podemos hablar para convertirse en alguien que también puede decirnos algo.
Sus palabras no llegan sólo para confirmar o contrariar una posición, sino que pueden obligarnos a reconsiderar aquello que creíamos saber. En ese encuentro, su presencia puede abrir una pregunta donde antes sólo había una certeza.
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