Este lunes 28 de septiembre Morena tomó una decisión; Ana Lilia Rivera fue designada coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Tlaxcala. Aunque formalmente todavía no es la candidata a la gubernatura, la designación la coloca al frente de los trabajos de Morena rumbo a 2027 y la perfila como quien encabezará al partido en la disputa por la gubernatura. A su lado estuvieron Raymundo Vázquez Conchas, Carlos Augusto Pérez Hernández, Floria María Hernández Hernández, Héctor Bernardo Paredes Mora y Vicente Emilio Ponce Cano, quienes permanecieron en el acto, levantaron la mano junto a ella y acompañaron la fotografía del momento.
Pero hubo una ausencia que no pasó desapercibida; Alfonso Sánchez García.
Su compañero de movimiento Alfonso sí llegó al lugar y estuvo en la reunión previa donde se conocieron los resultados, pero se retiró antes del acto protocolario. No estuvo en la fotografía, no levantó la mano junto a Ana Lilia y no celebró con ella su designación.
Y en política, la ausencia también comunica.
En una entrevista con Antonio Martínez Velázquez, vocero del Gobierno de Tlaxcala, le pregunté directamente por Ana Lilia Rivera. Le pregunté qué pensaba de su forma de hacer política y si era una adversaria para el gobierno de Lorena Cuéllar. Su respuesta fue: no. Dijo que Ana Lilia no era una adversaria, que estaban construyendo un movimiento en común y que los únicos adversarios eran los de la derecha, la oposición.
Me pareció una respuesta interesante. Porque si los únicos adversarios son los de la derecha, uno supondría que cuando una mujer del mismo movimiento gana una definición interna tan importante, los demás integrantes de ese movimiento tendrían que celebrarlo. ¿O no? Porque eso fue lo que reafirmó Martínez Velázquez «que en la construcción del segundo piso de la transformación en Tlaxcala eran compañeros, que pertenecían al mismo proyecto, que el adversario estaba afuera, que la Cuarta Transformación era un proyecto común». Pero llegó la definición y algo no cuadró. Ana Lilia Rivera ganó y Alfonso Sánchez García no estuvo ahí para levantar la mano de su compañera.
Entonces vuelvo a la pregunta inicial ¿no que el adversario era la derecha? Porque si dentro de Morena ya se comportan como adversarios, entonces quizá deberíamos dejar de fingir que esto fue solamente una competencia entre compañeros que tenían distintas aspiraciones. No. Fue una disputa por el poder. Y eso es precisamente lo que durante meses vimos en Tlaxcala.
De un lado estaba un grupo político que tenía buena parte del aparato gubernamental: funcionarios, operadores, aliados y el respaldo político de la gobernadora Lorena Cuéllar. Desde ahí se fue construyendo una figura que parecía tener todo para imponerse: Alfonso Sánchez García, hijo del exgobernador Alfonso Sánchez Anaya. Del otro estaba Ana Lilia Rivera, con una trayectoria política propia, años de militancia y construcción dentro de Morena y, sobre todo, con un capital político que no se puede medir en cargos públicos: su relación con Andrés Manuel López Obrador y con el movimiento que durante décadas construyó alrededor del obradorismo. Y ese capital terminó pesando más que toda la estructura gubernamental que durante meses impulsó la imagen de Sánchez García.
Ana Lilia no llegó a Morena en el sexenio de Lorena Cuéllar. Ella misma ha contado que coordinó la campaña de López Obrador en Tlaxcala en 2006 y nuevamente en 2011. Participó en la construcción del movimiento que después se convertiría en Morena y acompañó al obradorismo cuando todavía no era gobierno, cuando no había secretarías que repartir ni estructuras gubernamentales que ocupar. Ese vínculo político no se construyó en los últimos meses, sino fueron años de trabajo. Y eso importa mucho.
Quizá el error del grupo gobernante fue creer que tener el Gobierno de Tlaxcala era suficiente para decidir quién encabezaría Morena en Tlaxcala. No lo fue. Y ahí está la primera lección de esta designación: el aparato estatal tiene límites. Puedes tener funcionarios, estructura, operadores, alcaldes, secretarios, fotografías, eventos y discursos, pero hay algo que sigue pesando dentro de Morena: la relación con el movimiento que construyó López Obrador.
No puedo asegurar que Andrés Manuel López Obrador intervino directamente en esta decisión pues no existe un documento que diga que él ordenó que Ana Lilia fuera la elegida pero tampoco tengo dudas.
Cuando una mujer ha acompañado políticamente a López Obrador durante más de veinte años, cuando participó en sus campañas, cuando fue parte de la construcción de Morena y cuando llega a disputar una candidatura contra un grupo que gobierna un estado, sería absurdo pensar que el peso político del obradorismo no estuvo presente. Quizá no hizo falta una llamada ni una instrucción directa, en el ámbito político, basta con saber quién tiene la confianza de quién. Y, obviamente, esa confianza no se iba a depositar en un funcionario cuya trayectoria política apenas comenzó en 2021, que pasó por la Secretaría de Infraestructura sin concluir el encargo, después llegó a la presidencia de la capital y tampoco terminó el periodo, para finalmente buscar la gubernatura de Tlaxcala.
Y ahí es donde la historia se pone todavía más interesante, porque durante meses vimos cómo se construía la narrativa alrededor de Alfonso Sánchez García. Y aquí sí hay que hablar de apellidos. Sánchez García no llegó a esta disputa desde la nada. Es hijo del exgobernador Alfonso Sánchez Anaya y fue titular de Infraestructura antes de llegar a la presidencia municipal de Tlaxcala. Su proyecto tenía estructura, funcionarios, aliados, operadores y presencia dentro del Gobierno de Tlaxcala. Tenía, además, algo que en política vale muchísimo: el respaldo visible del grupo gobernante.
Pero ni todo eso, le alcanzó.
Y aquí me parece importantísimo hablar del papel de la presidenta Claudia Sheinbaum. Porque rumbo a 2027 hay algo que está cambiando dentro de Morena: las definiciones ya no pasan únicamente por el liderazgo personal de Andrés Manuel López Obrador. Ahora hay una presidenta, una dirigencia nacional y un partido que tiene que procesar sus propias disputas. Claudia Sheinbaum, además, ha defendido que esas diferencias se resuelvan mediante encuestas, el mecanismo que Morena utiliza para definir sus candidaturas.
¿Será que Claudia está haciendo algo que López Obrador no hizo del todo? ¿Será que está intentando devolver peso a quienes construyeron Morena desde sus primeros años frente a los grupos que crecieron al amparo de los gobiernos morenistas?
Me parece interesante respondernos estas preguntas porque esta disputa no es exclusiva de Tlaxcala. En Morena se ha hecho cada vez más visible la tensión entre quienes se presentan como fundadores o “morenistas de origen” y quienes llegaron después, algunos provenientes de otros partidos. Las definiciones rumbo a 2027 están poniendo sobre la mesa esas diferencias.
Y quizá ahí está una de las claves para entender lo que pasó en Tlaxcala.
Durante el gobierno de López Obrador, Morena creció incorporando a políticos de otros partidos y construyendo alianzas con grupos que ya tenían sus propias estructuras. Lorena Cuéllar forma parte de esa historia: llegó a la gubernatura en 2021 como candidata de una coalición encabezada por Morena, junto con PT, PVEM, Nueva Alianza y PES, pero su trayectoria política venía de mucho antes.
No digo que Claudia haya decidido personalmente que Ana Lilia fuera la elegida. Digo algo distinto, quizá estamos viendo una etapa en la que quienes construyeron Morena antes de que fuera gobierno empiezan a recuperar espacios frente a las estructuras que crecieron alrededor de los gobiernos morenistas.
Y si es así, Tlaxcala no sería un caso aislado.
Por eso vale la pena mirar qué está pasando en otros estados donde Morena también enfrentó disputas internas rumbo a 2027. No todos los casos son iguales, pero sí hay una constante: la negociación entre grupos locales, dirigencias nacionales, trayectorias políticas y alianzas.
Tal vez ese termine siendo uno de los legados políticos de Claudia Sheinbaum dentro de Morena, no solamente continuar el proyecto de López Obrador, sino definir qué tipo de partido quiere dejar después de su sexenio.
Porque López Obrador construyó el movimiento que llevó a Morena al poder. Pero durante su sexenio también Morena se convirtió en una enorme estructura a la que llegaron gobernadores, exgobernadores, priistas, perredistas, panistas, empresarios y operadores políticos de toda la vida.
Claudia ahora tiene que gobernar esa maquinaria. Y quizá, en lugar de seguir ampliándola sin límite, está empezando a decidir quiénes tendrán las llaves de la siguiente etapa. En Tlaxcala, por lo menos, esas llaves no quedaron en manos del grupo que actualmente gobierna el estado y eso simbólicamente ya representa y pesa mucho, porque la gubernatura del estado ya no quedaría en las cinco familias que han gobernado a Tlaxcala durante más de 30 años.
Situación que muchos colegas han sostenido sería el fin de los cacicazgos. Personalmente, no lo creo. Si bien, esta decisión simbólicamente nos dice que hay límites en la estructura de Morena, no nos dice que se va a acabar con el mal que ha permeado en Tlaxcala: El cacicazgo. Lo que acabamos de ver es que un grupo político perdió frente a otro. Y no es lo mismo.
Tlaxcala lleva décadas demostrando que los apellidos sobreviven a los partidos. Sánchez Piedras, Sánchez Anaya, Cisneros, González Zarúr, Ortíz, Paredes y otros grupos familiares han ocupado distintos espacios de poder a lo largo de las décadas. Cambian los colores, cambian las siglas, cambian los discursos, pero las familias políticas siguen apareciendo en las fotografías del poder.
Y ahora hay que decir algo que quizá incomode a quienes quieren convertir el triunfo de Ana Lilia en una especie de epopeya de la izquierda contra los cacicazgos: ¿a poco creen que Ana Lilia llegó hasta aquí porque nada más le tira a la izquierda? ¿Sin estructura? ¿Sin operadores? ¿Sin redes? ¿Sin gente? ¿Sin años de construir políticamente? No. Dentro de su elección hubieron negociaciones que seguro pesarán en algún momento, y también habrá un derroche económico brutal, porque así funciona la política.
Ana Lilia también tiene estructura. También tiene operadores, redes y un grupo político. También aprovechó estructuras para crecer políticamente, recurrió a la recolección de firmas casa por casa y destinó recursos para posicionarse. También realizó actos de promoción anticipada de campaña, como los que tantas veces se cuestionan —y se señalan— cuando los protagonizan otros. Solo que no lo hizo de manera tan descarada ni llegó al extremo de utilizar la máxima casa de gobierno como escaparate político, como sí ocurrió con Alfonso Sánchez García.
Ana Lilia tampoco está fuera de las formas tradicionales de hacer política que Morena dice combatir. La diferencia es que una lo hizo desde una estructura política propia y el otro llegó a poner la estructura gubernamental al servicio de su proyecto. Ese fue el error de Sánchez García.
Y aquí es donde Morena tiene un problema: llegó prometiendo que las cosas serían diferentes, que no habría grupos de poder, que no habría privilegios, que no habría viejas prácticas, que el pueblo mandaría. Pero la política sigue funcionando con algo que ya explicaba Max Weber: el poder necesita organización para sostenerse. Pierre Bourdieu lo explicó desde otro lugar: el capital político no aparece de la nada; se construye con relaciones, reconocimiento, posiciones y redes.
Ana Lilia tiene capital político. Alfonso Sánchez también. La diferencia es que este lunes quedó demostrado que el capital político de Ana Lilia pesó más que la estructura estatal que respaldaba a Sánchez García. Y eso nos debe dejar lecciones. Porque si algo quedó claro es que el Gobierno de Tlaxcala no controla Morena. Puede tener una enorme influencia, puede tener estructura, operadores y aliados, pero Morena tiene otros centros de poder. Y uno de ellos sigue siendo el legado de Andrés Manuel López Obrador y el orden que podría dejar Claudia Sheinbaum.
Por eso tampoco me sorprende que Ana Lilia haya llamado a la unidad. “Aquí nadie sobra y a nadie se excluye”. Es lo que corresponde decir después de ganar. Pero ahora viene la parte verdaderamente difícil: conseguir esa unidad. Sobre todo cuando uno de los principales contendientes ni siquiera se quedó a escuchar el resultado. Y quien anunció que dará un posicionamiento para lo que sigue en su carrera política.
Y aquí regreso a las palabras de Antonio Martínez Velázquez: «Ana Lilia no es una adversaria, los adversarios son los de la derecha».
Pero durante el Diálogo Circular de esta mañana se limitó a señalar que su respaldo es para la presidenta Claudia Sheinbaum y para el proyecto de nación de Morena. De hecho, Martínez Velázquez ni siquiera se atrevió a pronunciar el nombre de la nueva coordinadora estatal del partido en el que milita, demostrando, una vez más el rechazo a la decisión de morena.
Entonces vuelvo a la pregunta: si Ana Lilia no era la adversaria, ¿qué fue lo que realmente se disputó? Porque quizá no estaban peleando contra la derecha. El verdadero problema estaba dentro: dentro del movimiento, dentro de Morena, dentro de las estructuras y hasta dentro de las familias políticas que llevan años disputándose el control de Tlaxcala.
Sin embargo, si Ana Lilia realmente quiere romper con las viejas formas de hacer política tendrá que empezar por algo muy sencillo: no repetirlas. No utilizar los espacios públicos como extensión de una campaña. No convertir al gobierno en maquinaria electoral. No sustituir a un grupo por otro. No cambiar simplemente los apellidos de quienes ocupan los espacios.
Porque si eso ocurre, entonces no habremos terminado con los cacicazgos. Solamente habremos cambiado de cacique.
Y esa sería quizá la mayor contradicción de la Cuarta Transformación en Tlaxcala: que después de tantos discursos contra las viejas élites, terminemos descubriendo que el problema nunca fue solamente quién gobernaba. El problema era cómo se construye y cómo se conserva el poder.
Y en eso, hasta ahora, Tlaxcala sigue siendo Tlaxcala.