¿Qué nos hace más propensos a soltar toda noción de ciudadanía por complacer al poder? ¿Qué es lo suficientemente poderoso para dejar de lado la mente crítica y elegir al silencio como cómplice? La respuesta inmediata a esto en Tlaxcala suele ser: La necesidad por la falta de empleo.
Y a expensas de que los privilegios que tengo me nublen el juicio, les diré que me parece que esto va más allá del dinero. Va más bien sobre un adormecimiento motivado por la sensación de poder. Porque si somos honestos, quienes trabajan en gobierno o deciden callar esperando trabajar allí en algún momento de la administración en turno, no están cerca de solventar sus necesidades económicas, como tampoco lo están quienes en la informalidad no logran superar la línea de vulnerabilidad o pobreza laboral.
Insistiré en los privilegios porque en esto hay niveles. Uno es más o menos privilegiado dependiendo de a quien tenga enfrente. Por supuesto que gozo del privilegio de ser hombre, pero no el de ser heterosexual; también tengo el privilegio de tener tez de piel clara, pero no el de la estética hegemónica que por «guapo» o «galán» te asegura candidaturas o puestos directivos.
Pero hay otro privilegio que tengo del que me siento afortunado, orgulloso y del que poco me atrevo a decirlo en voz alta. Tengo el privilegio de la intelectualidad.
Y el privilegio de la intelectualidad es una decisión. Una decisión que, inevitablemente, nos empuja hacia la exigencia.
Una vez una persona me dijo: «Quisiera ser tan máster como tú». No entendía a qué se refería exactamente. Al preguntarle, me aclaró: «Porque no te quedas callado y dices lo que piensas». ¡Opa! ¿Cuántas personas estarán por allí queriendo ser másters en esto pero teniendo algo que les permite hacerlo? Para ellas y ellos escribo estas líneas.
Si has llegado hasta acá y sientes que le puede servir a alguien leer lo siguiente, siéntete con la libertad (y el privilegio) de compartirle el link.
Es que decidir ejercer el privilegio de la intelectualidad significa negarnos a apagar la máquina de hacer preguntas. Significa entender que el pensamiento crítico no es un acto de rebeldía vacía, sino la herramienta más básica de supervivencia cívica y democrática. Y es aquí donde debemos desmontar una trampa en la que caemos con demasiada frecuencia: no está mal querer trabajar en el gobierno. De hecho, el servicio público debería ser uno de los espacios más dignos y honorables para el desarrollo profesional. El problema no es la aspiración, el problema es el peaje que el sistema político en Tlaxcala nos obliga a pagar para llegar ahí.
Les han hecho creer que para acceder a un escritorio en una dependencia gubernamental, o para conservar un contrato, debemos entregar nuestra capacidad de decisión. Y con ello, dejamos ir la decisión de cuestionar. Han normalizado que trabajar en el gobierno implica movilizar favores políticos en fines de semana, no tener horarios laborales claros, cumplir caprichos oficiales para incluso gastar el sueldo en regalos de cumpleaños para la gobernadora, aplaudir decisiones con las que no estamos de acuerdo, tomarse La Foto en la que tanto la cumpleañera como la persona abrazada siente cariño sincero por tratarse de un mero trámite que suma puntos para calificar «lealtad» o guardar silencio ante la opacidad y la ineficacia.
Luego entonces, el funcionariado público ha confundido lealtad institucional con sumisión personal. ¡Qué fuerte! La administración pública, quienes la sostienen con el verdadero sudor en la frente, mal pagados y mal tratados, quizá no se han calificado como tal. Pero eso, eso es sumisión, y no de la placentera. Porque hasta eso, también se decide en dónde, cuándo y con quién. Otro privilegio que también me da poder, decir «arre, hoy contigo quiero ser sumiso. Un par de horas nomás, vamos a soltar el control».
Pero bueno, para no andar exponiéndome de más, vuelto a inquirirles… ¿Qué pasaría si decidiéramos que trabajar allí no tiene por qué costar nuestra dignidad? ¿Qué pasaría si la intelectualidad que decidimos ejercer la usáramos para exigir condiciones laborales dignas dentro de las mismas estructuras de poder? ¿Qué pasaría si esto lo hicieran en colectivo?
Cuando renunciamos a nuestra mente crítica por complacer al poder, no estamos asegurando nuestro futuro económico; estamos perpetuando el mismo sistema que nos mantiene precarizados y que congela derechos laborales sexenio tras sexenio. La necesidad de empleo es real y urgente, pero usarla como excusa para silenciarnos solo garantiza que el gobierno siga siendo un botín para los mismos círculos cerrados, en lugar de un motor de desarrollo.
Entonces, que Tlaxcala no mejore en sus condiciones laborales no es solo resultado del privilegio de la intelectualidad que tienen quienes nos gobiernan (porque vaya que allí radica otra conversación que deberíamos tener sobre ser privilegiados) y que el ejercicio de cuestionar lo hacen para negarse a hacer distinto las cosas: negarse a otorgar vacaciones por Ley, negarse a procesos de contratación dignos o a perfilar de manera eficaz quienes ocupan las vacantes. Porque la moneda de este problema tiene dos caras: que las y los trabajadores de gobierno renuncien a ese mismo privilegio de la intelectualidad es aceptar su yugo.
¿O es que acaso así es como gustan de vivir? Acá entonces lo que estaría pendiente por validar es la existencia de otro privilegio, el de la creatividad, uno muy necesario para inventar formas de hacer dinero. Y se los digo desde una posición compleja que como medio independiente nos ha llevado, a mí y al equipo de trabajo de este proyecto, a buscar alternativas a la lógica tradicional de los ingresos para los medios pues decidimos no vivir de convenios. Y por acá las condiciones si son mejores o peores, nos permiten levantar la voz.
Ejercer la intelectualidad es un privilegio que es cuestión de decisión. Despertar de este adormecimiento es una cuestión de decisión para exigir que el trabajo en el sector público esté respaldado por perfiles idóneos, transparencia y derechos laborales, no por obediencia ciega. Porque el silencio nunca ha construido ciudadanía y en la ciudadanía está la respuesta para que a Tlaxcala le vaya mejor.
También te puede interesar: La cotidianidad de las mujeres; Mujeres que representen el mundo


