Yossadara Franco Luna
A los seres humanos nos gusta ponerles nombre a las cosas. Nombramos lo que conocemos, lo que tememos, lo que cambia y hasta aquello que todavía estamos tratando de comprender. Esa necesidad de nombrar terminó alcanzando a las generaciones: llegaron los Baby Boomers, la Generación X y, después, la llamada Generación Y, que terminó popularizándose como millennials, hasta llegar a la Generación Z. Decimos Generación X y enseguida creemos saber de quién hablamos. Pensamos en quienes crecieron sin internet, aprendieron a trabajar de determinada manera y tuvieron que adaptarse después a la llegada de las nuevas tecnologías. Con los millennials hacemos algo parecido: los asociamos con internet, las redes sociales, una manera distinta de entender el trabajo y las relaciones. Con la Generación Z repetimos el procedimiento.
Nos basta encontrar unas cuantas características que parecen distinguirla de las anteriores para pensar que se ha entendido a quienes pertenecen a ella. Incluso llegamos a considerar que cada generación ha aprendido de la anterior y que han encontrado una manera mejor de vivir que superó a la anterior. Sin embargo, parece que, en lo que realidad, cambia es la forma en que enfrentamos los problemas, pero los problemas en sí mismo permanecen. Se transforman las circunstancias, las herramientas y el lenguaje con el que hablamos de ellos, pero las preguntas y las dificultades que han acompañado a la humanidad siguen prevaleciendo.
Lo que cambia y lo que permanece
Pensemos, por ejemplo, en el trabajo. La manera de relacionarnos ha sido distinta. Tener un empleo estable, para algunas personas de la Generación X, podía representar una forma de construir seguridad. Los millennials llegaron a un mercado laboral más flexible y también más incierto, mientras que para la Generación Z el trabajo puede resultar aceptable o no en aras de cuantificar cuánto de su vida están dispuestos a entregarle a una empresa. Las formas son distintas y las expectativas también, pero lo que atraviesa a esas generaciones es una preocupación suficientemente conocida por la humanidad, desde tiempos inmemoriales: tener los recursos necesarios para vivir, alcanzar cierta estabilidad y saber que el esfuerzo realizado tendrá algún sentido.
¿Podemos decir realmente que hemos avanzado en nuestra manera de entender aquello que creemos que caracteriza a cada generación? Hay transformaciones evidentes, algunas de ellas profundas, pero quizá hemos confundido el cambio en nuestras formas de vivir con la desaparición de los problemas que intentamos resolver. Incluso podemos llegar a creer que una generación ha resuelto aquello que preocupaba a la anterior, cuando lo que ocurre es que el mismo problema reaparece bajo circunstancias diferentes. Por ello, también la forma de abordarlo puede ser otra, pero el problema en sí mismo no ha sido extirpado.
Resulta, entonces, difícil afirmar que una generación sea mejor que otra. Podemos tener más herramientas, mayor acceso a la información, nuevas posibilidades para elegir y formas de relacionarnos que antes no existían. Sin embargo, disponer de más recursos no significa necesariamente haber dejado atrás aquello que nos preocupa. Una generación puede tener más mucha más apertura para decidir con quién relacionarse y, al mismo tiempo, seguir enfrentándose a la soledad. Puede tener más posibilidades para elegir su trabajo y continuar preguntándose si aquello que hace vale la pena. Puede disponer de más medios para comunicarse y, al mismo tiempo, experimentar dificultades para sentirse escuchada.
Esto no significa negar las diferencias entre generaciones. Las hay. No es lo mismo crecer sin internet que hacerlo rodeado de pantallas ni enfrentarse al trabajo, a las relaciones o a la familia bajo las condiciones de hace cuarenta años que hacerlo en las circunstancias actuales, pero esas diferencias, por importantes que sean, no resultan tan fundamentales cuando nos preguntamos por aquello que la humanidad lleva siglos intentando resolver. Seguimos preguntándonos cómo vivir bien, qué hacer con nuestra libertad, cómo construir relaciones duraderas, cómo enfrentar la pérdida, cómo encontrar seguridad, qué significa tener éxito y, quizá la pregunta más difícil de todas, para qué queremos vivir.
Un intento por resolver lo que se ha recibido
Cada generación intenta resolver aquello que recibió de la anterior, pero la solución puede abrir problemas que antes no existían. Esto es lo que hace que se sientan distintas entre sí. Al observar las respuestas que han construido y cuando las comparan con las anteriores, encuentra razones para pensar que ha llegado mucho más lejos.
Si se agudiza mucho más la mirada y dejamos de regodearnos con las respuestas y observamos las preguntas, la distancia se reduce considerablemente. Lo que para una generación fue una conquista puede convertirse en una nueva dificultad para la siguiente. Ganamos posibilidades y, al tiempo, adquirimos nuevas responsabilidades; decimos que ampliamos nuestra libertad, pero aparecen nuevas incertidumbres; desarrollamos herramientas para facilitarnos la vida y después tenemos que aprender a vivir con las consecuencias de esas mismas herramientas. No se trata de negar el progreso, sino de reconocer que ninguna generación ha conseguido cerrar definitivamente las preguntas que recibió.
Antes de preguntarnos qué tiene de particular cada generación, deberíamos preguntarnos qué permanece cuando quitamos todo aquello que las distingue. Detrás de las fechas de nacimiento seguimos encontrándonos con algo que ninguna generación ha podido resolver del todo: la tarea de aprender a vivir más humanamente.
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