La trata con fines de explotación sexual es un delito, una violencia y una problemática grave que atenta principalmente contra la dignidad de las mujeres y niñas. Para el capitalismo y el patriarcado las mujeres son una mercancía, se convierten en un negocio muy rentable del cual se pueden extraer ganancias millonarias y para el patriarcado son objetos de placer, ambos sistemas hacen uso de las mujeres para sus propios intereses.
Uno de los actores que sostienen en gran medida la explotación de niñas y mujeres es el demandante, mal llamado cliente, pero ¿quiénes son ellos? ¿qué sabemos de ellos?
No son monstruos de ficción; son personas comunes y corrientes. Son vecinos, amigos, estudiantes, padres, hermanos, esposos, novios, maestros, abogados, doctores, policías, albañiles, políticos, funcionarios… que, bajo la normalización social asisten a los lugares de explotación, son quienes al pagar se sienten con el derecho a imponer sus deseos y de abusar sexualmente de las mujeres en condición de explotación.
El Dr. Emilio Maus Ratz en su artículo «El papel de la demanda en la trata de personas» publicado en el libro «Trata de personas un acercamiento a la realidad nacional» por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (2018), menciona que:
«Un estudio realizado en nueve países, de las mujeres que ejercen la prostitución señalaron que el 64% ha sido amenazada con un arma, 73% ha sido atacada físicamente y 57% ha sido víctima de una violación; de éstas mujeres, el 59% ha sido víctima de violación en más de cinco ocasiones. En cuanto al tipo de lesiones sufridas por la violencia se incluyen: puñaladas, golpes, contusiones cerebrales, huesos rotos (mandíbulas rotas, costillas, huesos del cuello, dedos), 50% de las mujeres sufrieron lesiones traumáticas en la cabeza, las cuales ocasionaron en algunos casos problemas de la memoria, de concentración, visión, equilibrio, dolores de cabeza y mareos».
Además de las graves violencias a las que son sometidas las mujeres, los demandantes o clientes justifican la violencia que ejercen contra las mujeres, a través de grupos que existen en redes sociales: «Cuando hay violencia, suele ser culpa de la prostituta. Si voy a comprar algo y estoy satisfecho con lo que estoy comprando, ¿por qué tendría que ser violento? Me pongo violento si me engañan, si me dan un servicio deficiente»…
Estas violencias, abusos y violaciones son actos de tortura permitidos por un sistema económico y patriarcal que permite que un hombre se sienta con derechos sobre la integridad física y mental de las mujeres.
El protocolo de Palermo menciona en su artículo noveno que, los estados, para prevenir y combatir la trata deben adoptar medidas legislativas o de otra índole, tales como medidas educativas, sociales y culturales, o reforzar las ya existentes…
En Tlaxcala sigue existiendo la explotación sexual de niñas y mujeres, está en aumento y la respuesta gubernamental radica en discursos que la invisibilizan, la esconden y la disminuyen, ante ello se vuelve imprescindible y necesario dejar de ocultarla y trabajar con los hombres, quienes en gran medida sostienen la trata. Un espacio que ha demostrado la viabilidad de procesos que generen cambios importantes en personas adultas y adolescentes son las escuelas, desde allí se puede reflexionar con profesoras, profesores, alumnas y alumnos sobre las masculinidad explotadora y violenta, los daños que provocan a las mujeres y hacer propuestas de que es posible establecer relaciones de buen trato entre mujeres y hombres, dejar de normalizar que está bien ser consumidor, ser violentador.
La verdadera prevención comienza cuando entendemos que las personas tenemos dignidad y que las mujeres no están allí porque quieren o porque les gusta, en la trata no existe el consentimiento, solo existe el abuso financiado por la demanda.
José Antonio Galicia González
Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A.C.


