Tlaxcala, Tlax.- La discusión sobre la trata de personas con fines de explotación sexual también plantea la necesidad de examinar el papel de los hombres que pagan por sexo y la demanda que contribuye a sostener este fenómeno. En entrevista con Escenario Tlaxcala, integrantes del Centro Fray Julián Garcés (CFJG) señalaron que analizar las masculinidades y la responsabilidad de los consumidores permite ampliar la mirada sobre las dinámicas de explotación sexual y la violencia contra las mujeres.
Esta discusión cobra relevancia tras la segunda entrega de la periodista Louise Callaghan, del medio británico The Sunday Times, publicada el pasado 17 de octubre, en la que documentó la trata de personas con fines de explotación sexual en Tlaxcala mediante testimonios de víctimas y antecedentes judiciales en Tenancingo, además de cuestionar a autoridades estatales y federales sobre la persistencia de este delito.
En los días previos a la publicación, Callaghan acudió al Diálogo Circular, encabezado por el coordinador de Comunicación del Gobierno estatal, Antonio Martínez Velázquez, y a la conferencia matutina de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo. En ambos encuentros cuestionó a Martínez Velázquez y a la titular de la Secretaría de las Mujeres, Nydia Cano, sobre los casos de trata que persisten en Tlaxcala. Ante Sheinbaum Pardo, abordó la situación de las personas sobrevivientes y la atención que recibe esta problemática. De acuerdo con lo retomado en la nota, desde la oficina del Gobierno federal se afirmó que el «número oficial de casos de trata» era «cero».
Masculinidades que normalizan la violencia contra las mujeres
Marisol Flores García, directora del Centro Fray Julián Garcés (CFJG), señaló que existe una construcción patriarcal que coloca a las mujeres en desventaja, mientras que la masculinidad hegemónica normaliza las prácticas que permiten violentarlas, prostituirlas y consumirlas.
Aseguró que esta problemática no es exclusiva de Tlaxcala, sino que responde a estructuras presentes en distintas partes del mundo, en las que se normaliza la violencia contra las mujeres. En ese sentido, cuestionó que, cuando una mujer sufre violencia, la atención no siempre se dirige hacia quien la ejerce, sino que puede derivar en su revictimización. Asimismo, señaló que los hombres que solicitan prostitución no suelen ser objeto del mismo cuestionamiento social, incluso por parte de otros hombres.
Hombres que pagan por sexo, una responsabilidad poco discutida
Por su parte, Emilio Berruecos, integrante del Centro Fray Julián Garcés (CFJG), señaló que «desde la cultura patriarcal concebimos a las mujeres como objeto de placer». Esta concepción, explicó, contribuye a tratarlas como mercancías y no como iguales, al tiempo que normaliza mecanismos de control, violencia y dominio sobre sus cuerpos y decisiones.
A esta visión se suma la invisibilización de los consumidores. De acuerdo con los integrantes del CFJG, la discusión pública suele centrarse en la atención a las víctimas y la persecución de los tratantes, mientras que «poco se habla e incluso se minimiza la participación de los hombres que consumen los cuerpos de las mujeres». Esto, señalaron, limita el cuestionamiento social sobre el ejercicio de la masculinidad y la responsabilidad de quienes pagan por sexo.
Berruecos destacó que la responsabilidad suele recaer en las propias víctimas, a quienes se les atribuye la obligación de cuidarse, mientras que el comportamiento de los hombres no recibe el mismo cuestionamiento. En este contexto, describió al consumidor como un «rostro oculto», cuya presencia atraviesa distintos espacios, desde localidades y municipios hasta diversos «estratos sociales».
En esta misma línea, Flores García sostuvo que la trata se mantiene, entre otros factores, por los «hombres que solicitan prostitución», a quienes identificó como «consumidores o prostituyentes». Berruecos agregó que, dentro de la cultura patriarcal, el consumo sexual no suele concebirse como una relación de violencia o explotación, sino como «un derecho que nos damos en el patriarcado», una demanda que, desde su perspectiva, sostiene y dinamiza las redes de trata.
Ambos señalaron que esta práctica puede llegar a tolerarse e incluso asociarse con el estatus, el ego o el reconocimiento entre pares. Como ejemplo, aludieron a expresiones utilizadas para presionar o ridiculizar a otros hombres, como; «¿O te pega tu mujer? […] ¿Tienes que pedir permiso? ¿Mandilón?».
Para los integrantes del CFJG, estas dinámicas constituyen una expresión de la masculinidad hegemónica y pueden convertir el acceso pagado al cuerpo de las mujeres en una forma de ostentar poder adquisitivo, dominio y prestigio entre hombres.
En ese sentido, Berruecos planteó que se requiere una «pinza doble» para enfrentar estas prácticas: la sanción jurídica y la sanción social. Es decir, que la respuesta no dependa únicamente de las disposiciones legales, sino también de un cuestionamiento colectivo hacia los hombres que participan en dinámicas de explotación y violencia contra las mujeres.
Reeducar las masculinidades para prevenir la violencia
Los integrantes del Centro Fray Julián Garcés (CFJG) consideraron que, si bien las acciones gubernamentales se han orientado a la atención de las víctimas y la persecución de los victimarios, también es necesario prestar atención a quienes consumen servicios sexuales en contextos de trata. Señalaron que, sin modificar las prácticas y las construcciones culturales sobre la masculinidad, así como abordar la responsabilidad de los consumidores mediante medidas legales y procesos de reeducación, el problema persistirá.
Ante ello, el CFJG propuso impulsar un programa educativo de prevención en entornos escolares, enfocado en la construcción de masculinidades no violentas. Emilio Berruecos señaló que, en abril, entregaron a la Unidad de Género y Cultura de Paz de la Secretaría de Educación Pública (SEP) una propuesta para desarrollar este tipo de intervención como un proceso reeducativo. Enfatizó que el Gobierno estatal cuenta con herramientas para promover cambios culturales que no se limiten a la trata, sino que también contribuyan a prevenir la violencia contra las mujeres.
Los entrevistados señalaron que esta transformación no depende únicamente de las políticas públicas, sino también de cambios sociales y culturales. Por ello, plantearon la posibilidad de construir una agenda conjunta entre la sociedad civil, la academia y los medios de comunicación para cuestionar el consumo sexual y las prácticas que normalizan la violencia. Berruecos sostuvo que la responsabilidad hacia los hombres ha quedado relegada y que uno de los retos es generar mecanismos sociales para cuestionar las distintas formas de violencia que ejercen contra las mujeres.
Por su parte, Flores García consideró que los procesos de reeducación pueden contribuir a transformar los entornos masculinos y propiciar otras formas de ejercer la masculinidad. Para los integrantes del CFJG, el desafío consiste en promover masculinidades distintas, no violentas, y articular este objetivo con una agenda pública que involucre a actores políticos, medios de comunicación, academia y sociedad civil.
Al concluir la entrevista, Berruecos planteó una pregunta dirigida a los hombres que consumen los cuerpos de mujeres en situación de trata «Como hombres, desde nuestra masculinidad, ¿seríamos capaces de vivir lo que las mujeres viven?». Y añadió que, si la respuesta es negativa, es necesario reconocer que existe una situación de violencia y una cuestión de injusticia, aunque, «como hombres», nos resulte difícil verbalizarlo.
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