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La exigencia de las comunidades de la Cuenca del Atoyac surge de años de vivir entre ríos contaminados y enfermedades. Madres, jóvenes y familias claman justicia ambiental y agua limpia para poder sobrevivir ante relator de la ONU.
Tlaxcala, Tlax. El pasado 18 de marzo, la llegada del Dr. Marcos A. Orellana, Relator Especial sobre Sustancias Tóxicas y Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), no solo marcó una visita oficial a la Cuenca del Alto Atoyac, para muchas comunidades, representó también la posibilidad de que, tras años de lucha, una instancia internacional pueda llevar sus denuncias ante los gobiernos de Tlaxcala y Puebla, con la esperanza de que finalmente volteen a verlas y comprendan la gravedad de una crisis que ha sido señalada durante décadas sin respuestas efectivas.
Su presencia responde a la invitación del gobierno federal mexicano para que la ONU supervise territorios considerados como áreas de emergencia sanitaria y ambiental. Sin embargo, para las comunidades de la Cuenca del Alto Atoyac, también significó abrir un espacio donde pudieran hablar directamente, sin intermediarios, sobre lo que viven todos los días.

Durante su visita, Orellana escuchó las voces de madres que han tenido que enterrar a sus hijos a causa de la contaminación, de familias que relatan enfermedades que surgieron sin explicación y de jóvenes que crecieron viendo cómo el río cambiaba de color y de vida. Sus testimonios dejaron en evidencia que, frente a la crisis ambiental de la Cuenca del Alto Atoyac, los más afectados son los niños y niñas, expuestos desde edades tempranas a sustancias tóxicas; las juventudes, que enfrentan enfermedades crónicas; y las mujeres, que sostienen los cuidados en contextos de precariedad y abandono institucional.
“Aquí no solo enfermamos, aquí nos estamos muriendo”
En ese contexto, el propio Marcos A. Orellana se comprometió a escuchar y llevar estas demandas al Estado mexicano a través de su informe. Y aunque las exigencias fueron diversas, hubo una se repitió constantemente: el acceso a agua limpia y el saneamiento integral de la Cuenca del Alto Atoyac. No como promesa, sino como una medida urgente para detener la enfermedad y la muerte que los acecha día con día.
En Santa Ana Xalmimilulco, Puebla, el relator observó directamente cómo aguas residuales industriales son vertidas al entorno. El olor penetrante, el color oscuro del agua y su cercanía con viviendas dejaron claro que la contaminación no es un problema distante sino que forma parte del entorno inmediato en el que las personas viven, crecen y enferman.

Para constatarlo, frente al relator, el Dr. Omar Arellano Aguilar realizó mediciones en tiempo real del agua, confirmando la presencia de sustancias altamente peligrosas como cloruro de vinilo y clorobencenos. Estas pruebas se realizaron en distintos puntos del río, a solo unos metros de casas, campos de cultivo y de caminos que la gente recorre todos los días, evidenciando que la población está expuesta cotidianamente a niveles de toxicidad peligrosos.
Al mismo tiempo, el relator de la ONU visitó una planta tratadora de aguas residuales en San Martín Texmelucan. Lo que durante años los gobiernos de Tlaxcala y Puebla presentaron como parte de la solución quedó al descubierto por las propias comunidades como un claro ejemplo de política fallida. Al igual que otras plantas incluidas en el plan de saneamiento de la Cuenca del Alto Atoyac, la de San Martín Texmelucan evidenció que muchas operan por debajo de su capacidad, algunas no funcionan en absoluto y ninguna logra tratar los contaminantes industriales. Mientras tanto, las descargas continúan vertiéndose en los ríos a través de los drenajes municipales, sin control efectivo, exponiendo a la población a diario a sustancias tóxicas.

Durante la convivencia en el municipio de Tepetitla, académicos presentaron datos que muestran la magnitud de la crisis en la que se encuentra actualmente la Cuenca del Alto Atoyac. Señalaron que los niveles de toxicidad en el agua y el suelo superan hasta ocho veces los límites permitidos, que las enfermedades cardiovasculares han aumentado entre jóvenes —incluyendo infancias— y que la incidencia de leucemia infantil es especialmente alta en las zonas cercanas al río.

Y aunque los datos y las investigaciones académicas fueron un eje central durante su visita, esos números estaban atravesados por algo mucho más profundo, pues cada cifra tenía un rostro, una historia y una ausencia tangible, consecuencia de la contaminación que las empresas extranjeras han dejado a su paso en la Cuenca.

Uno de los momentos más importantes, fue cuando niñas, niños y jóvenes tomaron la palabra y expresaron su miedo de crecer en un lugar donde enfermar es común y donde el futuro parece incierto.
“Queremos vivir, no solo sobrevivir”
La visita del representante de la Organización de las Naciones Unidas cierra con el compromiso de llevar estas voces al ámbito internacional. Para las comunidades, lo urgente no es solo ser escuchadas, sino que esa escucha se traduzca en acciones.
Finalmente, las comunidades de la Cuenca del Alto Atoyac también recordaron que su río no siempre fue así. En ese mismo espacio que hoy muestra carencias y riesgos, en otro tiempo fue fuente de vida, de alimento y de trabajo. Aunque hoy se ha convertido en una amenaza constante, la unión y la fuerza comunitaria siguen presentes, dispuestas a resistir y a luchar por la justicia ambiental que les ha sido negada.
En esta actividad participaron representantes del Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A.C. (CFJG), la Coordinadora por un Atoyac con Vida (CAV), la Dimensión del Cuidado Integral de la Creación de la Pastoral Social de la Diócesis de Tlaxcala (DCIC), el Grupo Académico Interuniversitario de Investigación e Incidencia del Alto Atoyac (GAIIIAA) y diversas comunidades y colectivos locales.
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