Tlaxcala, Tlax.- A primera vista, para el transeúnte que recorre los portales en busca de un café o una charla casual, La Picota en los portales de Tlaxcala podría parecer una pieza de arquitectura rústica, un bloque de piedra.
Sin embargo, esta columna de diseño robusto y austero es un remanente del periodo colonial que guarda en sus poros los gritos y el miedo de una época donde la justicia se impartía bajo el sol y ante la mirada de todos.

Ubicada en el primer cuadro de la ciudad, en la emblemática Plaza de la Constitución, la picota no fue construida como un adorno. Su función en las ciudades hispanoamericanas servía para ejecutar castigos públicos.
La Picota en los portales: un lugar para el exterminio de las brujas
Los registros históricos mencionan que, a mediados del siglo XVII, herejes y hechiceros fueron conducidos hasta este punto para ser expuestos a la vergüenza colectiva o para enfrentar sentencias definitivas. Pero donde termina el registro oficial, comienza la memoria popular, que ha tejido leyendas estremecedoras sobre este sitio.

En la tradición tlaxcalteca, la picota es recordada como el lugar donde las tlahuelpuchis —las temidas mujeres nahuales que se alimentan de sangre— fueron perseguidas y exterminadas. Se cuenta que, tras una serie de cosechas pobres y la aparición de enfermedades que la medicina de aquel entonces no lograba explicar, el miedo se apoderó de las calles empedradas. La Inquisición y las autoridades locales, presionadas por el pánico social, señalaron a varias vecinas del centro de la ciudad.

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Se decía que, al caer la noche estas mujeres se reunían en círculos secretos para encender hogueras y pactar con fuerzas que no pertenecen al mundo de los vivos.
Un testigo silencioso de piedra
El castigo para las acusadas comenzaba precisamente aquí, en los portales. Eran atadas a la robusta columna de piedra para escuchar su veredicto bajo el peso del desprecio público. En los casos más severos, tras el escarnio en la picota, eran conducidas más allá de los cerros cercanos para ser ejecutadas, lejos de la vista de la población, pero bajo el estigma de la hechicería.
Aunque el área circundante está llena de vida y actividad turística, esta columna de piedra sigue siendo un recordatorio de los siglos en que el centro de Tlaxcala estuvo impregnado por las leyendas.


