Tlaxcala, Tlax.- El regreso de los artesanos a la Plaza Xicohténcatl, se ha presentado como un esfuerzo de armonización y ordenamiento bajo los lineamientos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Sin embargo, desde la perspectiva del urbanista Víctor Delgadillo, este tipo de procesos suelen esconder una lógica de gentrificación, una inversión pública que busca «limpiar» un territorio para adaptarlo al consumo de sectores con mayores ingresos, desplazando a quiences históricamente lo habitan y trabajan.
A partir de la declaratoria del Ex Convento de San Francisco como Patrimonio Cultural por la UNESCO, el 27 de julio del 2021, se han promovido cambios urbanos ligados al turismo y la inversión. En ese proceso, artesanos que históricamente ocupaban la Plaza Xicohténcatl fueron retirados y, el 19 de diciembre, 4 años después, fueron reubicados bajo condiciones orientadas a armonizar su presencia con la imagen patrimonial del espacio.
En entrevista para Escenario Tlaxcala, el Doctor Víctor Delgadillo Polanco, especialista en urbanismo, señala que la declaratoria del Ex Convento de San Francisco como Patrimonio Mundial por la UNESCO sigue una lógica neoliberal donde el patrimonio es visto como un motor de lucro y no como una herencia colectiva. Al señalar que los organismos internacionales expropian territorios a su población local para convertirlos en una especie de «Disneylandia» o parque temático destinado exclusivamente al turismo, los cuales ignoran que los centros históricos son espacios vivos cuya esencia radica en las prácticas sociales de quienes los habitan.

En ese sentido, la reintegración de los artesanos a la Plaza Xicohténcatl implicó 96 nuevas casetas mediante una inversión tripartita aproximada de 3.5 millones de pesos, es decir, 12 mil pesos por artesano, a lo que Delgadillo señaló dichas prácticas como «políticas de inclusión perversas». Al referir que estas imposiciones económicas y de diseño son barreras que muchos artesanos tradicionales no pueden solventar, lo que eventualmente los obliga a abandonar sus puestos, dejando el espacio libre para la formalización de comercios que sí pueden pagar las nuevas rentas.
Además, señala que esta situación evidencia un doble discurso oficial, mientras el comercio popular es expulsado bajo el argumento de que “obstruye” la vía pública, se permite que negocios privados, como bares y pizzerías ocupen ese mismo espacio con mesas y sillas.
Esto según Delgadillo, en algunos lugares como Coyoacán y Puebla ha propiciado la desaparición de vecindades y tiendas de abarrotes, así como la reconversión de estos inmuebles en tiendas de souvenirs, hoteles o boutiques, lo que deriva en una alteración del comportamiento y la dinámica del entorno. Y aunque no es una realidad actual en Tlaxcala, puede llegar a pasar.
«El efecto perverso es que no se consideran a las prácticas culturales como parte del patrimonio, únicamente a la arquitectura colonial, la arquitectura decimonónica y eso es únicamente lo que se intenta rescatar para poner al servicio del consumo cultural, del consumo turístico».

A esto, se suma que los costos para que los artesanos tlaxcaltecas mantengan su derecho a trabajar en el espacio público se ha triplicado, al pasar de 35 pesos semanales durante la administración de Jorge Alfredo Corichi Fragoso ( 2021-2024) a 112.50 pesos en diciembre de 2025, bajo la administración del edil, Alfonso Sánchez García. Además de los gastos por el almacenamiento y traslado de las casetas que les fueron asignadas, lo que incrementa el costo operativo total a 1,450 pesos mensuales aproximadamente.
Delgadillo advierte que en el caso de la Ciudad de México y Puebla, este tipo de reordenamiento urbano provocó que comenzaran a desarrollarse nuevos proyectos de vivienda dirigidos a las clases medias y a otros estratos socioeconómicos, distintos a los habitantes de los centros históricos.

Una declaratoria que no respeta el patrimonio tlaxcalteca
Mientras la administración de Alfonso Sánchez García defiende que la asignación de lugares priorizó la antigüedad, los artesanos denuncian irregularidades y favoritismos que han relegado a los productores históricos en favor de personas dedicadas a la reventa. La cual responde a un espacio armonizado y controlado para los visitantes, donde el artesano deja de tener derechos sobre la plaza y pasa a ser un elemento subordinado a la imagen patrimonial. Este, es el caso de las casetas ubicadas en la Plaza Xicohténcatl, cuyo diseño responde visualmente al paisaje declarado patrimonio cultural, dejando atrás la identidad que podía observarse hace cinco años, antes de este cambio.
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Ejemplificó que la Carta de Viena de la UNESCO, propuesta en 2005, reconoce el derecho de las generaciones actuales a dejar su huella en los centros históricos, es decir, a realizar arquitectura contemporánea en estos espacios. Esto se fundamenta en la idea de que el paisaje histórico urbano, los centros y barrios históricos, siempre ha estado en constante transformación. Sin embargo, cuestionó que dichas disposiciones terminen beneficiando principalmente a empresas transnacionales, al permitir la construcción de posibles rascacielos y grandes edificaciones.
“La pregunta es si eso responde realmente a una necesidad de las generaciones actuales o más bien a los intereses del mercado financiero e inmobiliario. Esa recomendación de la UNESCO nunca habla de la gentrificación ni de los desplazamientos que estos procesos generan. Tampoco reconoce que los centros históricos son espacios vivos y habitados, producidos por las sociedades para vivir bien, para vivir mejor. No fueron construidos para destinarse al turismo ni a los negocios lucrativos de unas cuantas personas”.
Finalmente, mencionó que las políticas públicas deberían orientarse a ordenar el uso del espacio público, sin prohibir las formas históricas y tradicionales de sustento que han caracterizado a la población en México, particularmente aquellas asociadas al mercado de cielo abierto.

