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Envejecer en Tepetitla, ver morir tu tierra y tu gente

Tepetitla
Foto: Magalópolis

Isabel Cano y Norberto Rojas son originarios del municipio de Tepetitla de Lardizábal. Son personas de la tercera edad que han visto morir a familiares, amigos y la tierra que los vio crecer.

Este municipio era un lugar autosustentable hace más de medio siglo, pero con la llegada de las industrias que contaminan el Atoyac día a día, comenzaron a notar que la gente moría al par de la naturaleza.

En el año 2000 comenzaron a ver los problemas causados por un supuesto “progreso” que arribó al municipio en la década de los 60. El cual, prometía haría una zona más urbanizada, que “ya usarían zapatos” y sobre todo tendrían “mejores oportunidades”.

Tanto la señora Isabel como el señor Norberto añoran su Tepetitla de antes. Recuerdan que había mucha agua, la cual podían consumir directamente del río. Recuerdan los árboles: álamos, capulines, de manzana, tejocotes. También recuerdan comer la comida que sus padres cosechaban y los animales que habitaban el lugar; el cincuate, calandrias, tordos que llegaban en parvadas.

“Bajábamos al campo a la orilla del río. Ahí se reunía la gente a convivir.  Ese río todavía daba carpa y ahí pescaban. Nos bañábamos, juntábamos ranitas, hongos, muchas cosas que nosotros comíamos. Conocí los nidos de los pavos con mucho huevo, eso lo comíamos y ahora ya no hay nada de eso”, cuenta Doña Isabel.

 

Los problemas de salud que sufren en Tepetitla

De acuerdo con la Secretaria de Salud del Estado, la leucemia es el tipo de cáncer más común en Tepetitla, sobre todo en menores de 15 años.  Con una incidencia de entre el 10 y 16% de toda la población infantil del Estado.

Tepetitla también ocupa el lugar 10 con mayor incidencia de cáncer desde el 2015 hasta el 2018. Esto con una incidencia de por lo menos un caso cada año, aunque, Don Norberto cuenta que se han dado 5 casos simultáneos en su pueblo.

La hija de la señora Isabel murió de leucemia a los 36 años, poco después de graduarse de la universidad en 2011. El tipo de leucemia que tenía es la más agresiva que se conoce. Para ella fue un proceso muy triste ver agonizar y morir a su hija. Hizo todo lo que pudo, vendió la mayoría de sus propiedades para cubrir los gastos hospitalarios y el medicamento.

Isabel recuerda que mucho tiempo se sintió culpable por lo mitos que aún creían en su comunidad. “Decían que toda esa gente se moría por pecadora, por no cuidaste, por no comer bien. Pero lo que pasaba es que no estábamos adentrados a esto de la afectación del medioambiente. Eso era lo que nos estaba matando, es nuestra afectación principal. Todos los residuos desembocan en el rio, y pues la ignorancia de no conocer pues todavía uno se acercaba al río y ahora ya no nos acercamos para nada”.

 

La contaminación de las fábricas acabó con el alma del municipio

En Tepetitla, se tiene registro de tres empresas: una de alimentos y dos de la rama textil. De esas dos últimas, una es de capital estadounidense dedicada a la fabricación de telas para tapicería automotriz y la otra; de capital español y brasileño, dedicada a la fabricación  de mezclilla, esto de acuerdo con la Secretaría de Desarrollo Económico (SEDECO).

Según datos Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) en el municipio de Tepetitla de Lardizábal existen talleres de mezclilla que operan de manera informal, principalmente en la localidad de San Mateo Ayecac y Tepetitla.

La Comisión Nacional y Estatal de los Derechos Humanos (CNDH, CEDH) desde el 2010 a la fecha ha emitido 5 recomendaciones para el saneamiento de la cuenca Atoyac derivado de la contaminación de estas empresas.

En 2016 se dio contestación por el ayuntamiento de Lardizábal y se emitió una campaña de limpieza, pero no pasado nada más. También se construyeron dos plantas tratadoras de agua, y ninguna ha funcionado desde su realización.

 

Así es vivir en un lugar completamente contaminado

La señora Isabel no supo describir el olor que emana del Atoyac. Dijo que huele putrefacto, pero que en realidad es indescriptible porque a veces huele a chicle. De lo que está segura es que pica la nariz, arden los ojos y la cabeza le duele continuamente.

El Tepetitla de antes parece muy lejano, ahora ella siembra sus alimentos en masetas para no ocupar la tierra donde de niña corría descalza. El agua la hierve o le echa sal para poder consumirla. A veces prefiere tomar refresco porque es menos peligroso.

Afuera ve una pandemia, pero asegura que las calles de su pueblo desde hace mucho parecen estar solas por un confinamiento de años. La gente casi no sale por temor a lo que huelen, a lo que respiran y a lo que ven.

Huelen a huevo podrido, respiran algo que provoca picazón y ven el río de colores; a veces rojo, a veces verde o café. Esos, son todos los residuos tóxicos que desembocan de estas fábricas.

Norberto cuenta que han buscado alternativas de cuidado, como las que cuenta Isabel. Pero también han promovido la prevención en los menores antes de ingresar al kínder, primaria o secundaria. Ya que deben realizarse estudios de biometría hemática completa, porque muchos de ellos tienen plaquetas bajas y nadie lo sabe.

De haber sabido…                                                            

Tanto Isabel Cano como Norberto Rojas creyeron que aquel proyecto de industrias en su municipio traería muchos cambios para bien de la población. Sin embargo ahora reflexión sobre lo valioso de la vida que tenían antes y cómo es que las empresas se aprovechan de la desinformación de las personas.

Tepetitla nunca sufrió de hambre porque siempre comían lo que cosechaban. Además comercializaba sus productos. “Las empresas llegaron a cambiar la ideología de la gente, a meter ideas de que los campesinos eran burros. Entonces las nuevas generaciones comenzaron a tener la idea de que debían estudiar o trabajar en estas empresas para tener una mejor vida, la mayoría ya quería estudiar, antes no conocíamos el estudio, pero antes también éramos felices y había salud”, aseguró Isabel.

Por su lado Norberto Rojas cuenta que hasta la fecha aún hay vecinos que no creen en los problemas ambientales. Él vivió en carne propia la odisea de tener un enfermo en casa. A los 3 años su hijo fue diagnosticado con púrpura trombocitopénica idiopática, considerada una preleucemia.

Esta enfermedad lo llevó a tocar muchas puertas, buscar ayuda, juntarse con sus vecinos que tenían familiares enfermos o que habían fallecido. Su hijo se salvó, actualmente tiene 23 años. Norberto está seguro que corrió con suerte, pero que sobre todo valió la pena vender sus cosas, invertir todo su dinero para salvarle la vida.

Sin embargo, a pesar de que su hijo sobrevivió, Norberto sabía que había algo más allá. Para la primera década del 2000 ya habían sucedido muchas muertes, y simplemente no se podía tratar de coincidencias. Por lo que junto con algunos vecinos, incluyendo a la señora Isabel tocaron las puertas del Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A.C., donde conformaron la organización “Por un Atoyac con Vida”.

“Nos preocupa mucho el tema de contaminación sobre todo por los pequeños. Queremos que las empresas no sigan contaminando, que lleguemos a buenos acuerdos con empresarios y gobierno. Nunca nos hemos cerrado a los diálogos pero desafortunadamente solo tenemos negativas a pesar del dictamen de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, pero puro caso omiso, y todavía culpan a los propios vecinos y habitantes aledaños al Atoyac”, señaló Norberto.

Lo que piden

Ellos no pierden la esperanza. Una de las principales peticiones de los habitantes de Tepetitla es que las empresas, al tener suficiente capital puedan tratar sus aguas y reutilizarlas, para que así dejen de contaminar al Atoyac.

Sin embargo, a pesar de la lucha, de las recomendaciones de la CNDH, de que la UNAM ha estudiado la zona y ha hecho pruebas toxicológicas, persiste la omisión de las autoridades a través de los años. Las industrias siguen mientras Tepetitla ya sólo tiene dos árboles totalmente verdes y frondosos, según cuenta la señora Isabel.

Norberto mira los árboles afuera de su casa y dice; “Están muertos, ellos también lloran, ellos ya murieron y siguen de pie”. Inmediatamente continúa; “El aliado de todo esto es el silencio, mientras guardemos nosotros silencio, a las empresas les conviene. Pero tenemos que ser preventivos y correctivos”.

En Tepetitla la gente muere por cáncer de huesos, de estómago, de colon, cervicouterino, de mama. Por tumores. Por leucemia. A ellos, hace muchos años, antes del Covid-19, ya les había llegado una pandemia, de la cual, no se habla en Tlaxcala.


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Escribir y comer son su pasión.

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