Tlaxcala, Tlax.– El carnaval de Tlaxcala es una tradición cultural con cerca de 400 años de historia. Se celebra en diversas comunidades rurales y urbanas del estado y se ha convertido en un símbolo de identidad en distintas regiones. Para quienes lo bailan, es una herencia que une a la comunidad con su historia, su arte, su alegría, su danza y sus creencias.
Esta festividad muestra la diversidad de expresiones culturales e históricas que se mantienen gracias a las familias que la sostienen como capitanes, artesanos o músicos. Entre sus múltiples significados destaca la liberación del cuerpo antes de la Cuaresma y su relación con la preparación para la siembra y la cosecha.
Los vestuarios también tienen un valor simbólico y reflejan un profundo sincretismo ritual, así como una clara capacidad de transformación y adaptación a los tiempos actuales. Lejos de ser solo una expresión estética, el carnaval es una tradición viva que se redefine con el paso del tiempo. Escenario Tlx conversó con integrantes de camadas del centro y sur del estado e identificó que el legado de esta tradición nace de quienes la bailan y la conservan en la memoria colectiva de los pueblos tlaxcaltecas.
Una festividad en constante transformación
Para Carmina Nahuatlato, en su tesis El performance de Los Colorados del Carnaval de Tlaxcala como forma (in)móvil de una tradición, afirma que hablar carnaval no significa referirse a una estética rígida ni a una reliquia del pasado, sino a una tradición viva con capacidad de redefinirse y adaptarse constantemente con el paso del tiempo.
Entre las principales transformaciones sociales y comunitarias, Carmina Nahuatlato señala la inclusión de las mujeres en la festividad. Durante mucho tiempo, el carnaval fue una actividad exclusivamente masculina; los hombres se disfrazaban de mujeres para cumplir con los roles coreográficos ante la falta de participación femenina. Hoy esa dinámica ha cambiado de forma importante.

En este sentido, Brian coincide en que esta transformación también se refleja en la organización comunitaria, al destacar que ahora hay mujeres que «organizan sus propios carnavales», así como la creación de camadas y comités integrados únicamente por ellas. Estos cambios muestran una nueva configuración de los espacios de participación dentro de la tradición.
El significado cultural del carnaval, añade Brian, está en constante reinterpretación por parte de las comunidades. «Gran parte de las nuevas generaciones de jóvenes están conscientes de las implicaciones del carnaval, de los bailes y de los pasos, es como si conocieran los pasos al nacer», afirma. Aunque las formas cambien, en el fondo permanece «un tronco sólido» que sostiene la tradición y que vive en la memoria colectiva de quienes la bailan. Su sentido se expresa en los pasos, en los sones y en la experiencia compartida.
Un danzante de la camada Sobre la Arena lo expresa que «realmente nosotros somos quienes conservamos esa tradición de lo que es el danzante, el catrín, y estamos satisfechos con todo el esfuerzo», mismo que se refleja en el prestigio comunitario que implica formar parte de una camada.
Este prestigio social es el mismo que, como afirma el antropólogo Oscar Montiel, «hermana al pueblo y al barrio, y es quien recibe a los visitantes». En este contexto, son las propias comunidades y camadas las que reinterpretan la festividad a través de la complejidad de los trajes, los pasos y los ritmos. Aunque estos procesos pueden generar tensiones o aparentes rupturas con la tradición original, también forman parte de su reinterpretación.

Esta festividad es muy diversa, y construir un concepto que abarque todas las miradas y significados es complejo, ya que cada comunidad tiene su propia historia. Son los pobladores quienes reconstruyen los ritmos y pasos que se adaptan al disfrute de quienes danzan al ritmo de las taragotas o al son de la culebra.
María, integrante de la camada Tepetlapa Auténtica de San Juan Totolac, atribuye esta diversidad a las distintas historias de cada grupo. Señala que cada comunidad tiene una historia propia que se transmite principalmente de forma oral, de generación en generación.
En la misma línea, el antropólogo Oscar Montiel sostiene que el carnaval es una festividad «del pueblo y para el pueblo», porque responde a procesos históricos que han dado lugar a una amplia diversidad de manifestaciones culturales.
Esa diversidad se refleja en la cosmovisión y en las creencias que, con el paso de los años, han moldeado a las comunidades. Así se construye un fuerte sentido de pertenencia e identidad que vincula a las personas con esta celebración.
Arturo, integrante de la camada Metztitlán de San Rafael Tepatlaxco, comparte que su agrupación tiene «más de 100 años de historia» y es considerada una de las más representativas en su municipio por «conservar la tradición, los pasos, cortes, cuadrillas y música original».
Durante la entrevista explicó que muchos símbolos del vestuario se relacionan con un elemento clave para la comunidad, que es el maguey. El color verde de las faldas y las grecas hace referencia al hilo de ixtle, fibra que se obtiene de esta planta y que abunda en la región. Para él, la vestimenta representa «toda nuestra tradición».
Por su parte, María afirma que cada camada está llena de simbolismos que unen la danza con la cosmovisión de cada comunidad. San Juan Totolac, por ejemplo, se conserva la Danza de las Cintas como «una petición de buenas cosechas».

De forma similar, Brian, integrante de una camada de San Pedro Xacaltzingo, explica que el carnaval responde «a una lógica de agricultura, de preparación para una temporada de siembra y cosecha de los alimentos». Señala que estas prácticas refuerzan la relación entre la celebración y el ciclo agrícola que sostiene a la comunidad.
A esto se suman dos dimensiones que se complementan; la comunitaria y la personal. La primera se expresa en la convivencia, el baile y el disfrute colectivo. La segunda aparece en la experiencia íntima de quien baila —sea doncella, vasario, huehue o integrante de alguna camada—, quien puede sacar «esa parte escondida de cada vida, de sí mismo […] a través de disfraces, vestuarios o máscaras», como expresó Brian.
Este punto también lo comparte Marvin, integrante de la camada Gavilanes de Santa Cruz Techachalco en Panotla, quien describe el carnaval “como un amante, como algo que es prohibido, pero que a la vez es hermoso. Que sucede una vez al año”. Para él, existe una clara dualidad entre quien baila y quien permanece detrás de la máscara.
María resume este sentir al afirmar que el carnaval es «de todos y para todos. Entonces, hay que disfrutarlo, porque carnaval es eso, una algarabía de los tlaxcaltecas«. Es una celebración que nace del goce y del disfrute de la música, es una tradición profundamente ligada al contexto cultural e histórico que dio origen a los sones y a la propia festividad.
Finalmente, el conocimiento se transmite de generación en generación, desde quienes bordan y confeccionan los trajes hasta quienes bailan y ejecutan los sones. Así, el carnaval tlaxcalteca sigue transformándose sin perder el «tronco sólido» que lo mantiene vivo en la memoria y en la identidad de sus comunidades.
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