El tren de los días de Rodrigo Islas Brito
Razones tenemos para darle 8 tlaxcales de 10 a El tren de los días. No se trata de una mala novela, narración o historia, ya nos entenderán en el camino. Pero a lo que atañe primero.
La historia se ubica en la ciudad rielera de Apizaco, Tlaxcala por ahí de entre marzo y abril del 2003. Una historia que dejará una pequeña hebra de hilo hasta 19 años después en Oaxaca el 14 de enero de este año. ¡Sí, 2022!
Por esa década de los 2003 el narrador dice que Tlaxcala aún se movía más lenta que el resto del país, y ni cómo negarlo. 3 años antes de la Guerra contra el Narco de Calderón. Que si dejó beneficios o no, eso sabrán decirlo quienes vivieron entonces.
Es así que a través de un poco de contexto histórico y social sobre el origen de Apizaco, poco a poco el texto nos va adentrando en la vida de Daniel Chamaco, posible descendiente de uno de los fundadores de «El tren».
Pero inicia con el final, con un prefacio que no cobrará tanto sentido hasta terminada la novela, pero que sin duda deja plantada esa semilla de curiosidad e intriga de saber qué sucedió.
Del día 11 en retroceso y de vuelta
Daniel Chamaco es entonces el protagonista. Y dicho narrador comenzará a hablar de su historia cuando la policía lo detiene en el Día 11, nombre del capítulo. Para retroceder al Día 1.
Chamaco, un joven con estudio trunco en periodismo y en un proceso de nulas oportunidades laborales, vive con su abuela en uno de los tantos edificios multifamiliares de Apizaco.
Su apariencia emana por todas partes el poco sentido que tiene su vida.
Es así que en uno de sus tantos recorridos por las calles de la ciudad rielera se encuentra de manera sorpresiva a una joven quinceañera. Un encuentro que cambiará la vida de ambos para siempre. Marcela era su nombre.
Varios viajes despistados después, un vecino entrometido de Chamaco, un chantaje pasional y el estupro entre un hombre casado de 40 años y una joven, comienzan a inundar las líneas del El tren de los días de misterio, zozobra y curiosidad.
No, no daremos spoilers a menos de que lo soliciten los lectores.
Una extorsión después hacia un pseudo empresario de Apizaco y parte de la familia política de los Rivera (sí los de los Súper, pero calmados que es ficción [espero]), pondrá las cartas en la mesa para el primer crimen de esta historia.
Y ¡booom!, un feminicidio sin precedentes.
El criminal se ve acorralado pero descubre una salida, casi como una rata intentando escapar de la alcantarilla, aún peor.
La justicia injusta de Apizaco, Tlaxcala, México
Al no ser suficiente con un feminicidio, el criminal decide cobrar cuentas por sus propias manos. Total, si no lo descubrieron la primera vez, ¿qué podría suceder las siguientes dos?
«Quisiera matarlo, pero ya no tengo cuerpo para hacerlo».
Y ahí comienza la segunda parte de la historia que llevará al desenlace. El narrador que todo lo ve y todo lo sabe, no lo sabe más. Ahora es la víctima, desde su sentir, su pesar y su fantasma.
Ese fantasma que se da cuenta de la justicia injusta, sucia y manchada con la sangre de las víctimas que oculta en sus sombras a los culpables. Saben de qué justicia hablamos. Dejando a flor de piel, heridas que nunca sanan en los corazones de las familias.
Es entonces que 19 años después, entre lo que parece ser el Limbo, ella intenta cobrar justicia orillando a nuestro protagonista a buscar el momento idóneo. Y así es, de parte de una calibre 22.
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Narración
Lugares como La Maquinita, las vías del tren, el tren mismo o como le nombran «La Bestia», los migrantes, los Rivera. Una laguna, un motel, el edificio de Chamaco y su vecino Esteban son partícipes del camino de los personajes que los lleva a su destino, trazado por ellos mismos.
Como ya se mencionó, la historia comienza desde el final y realiza un viaje circular de los acontecimientos para terminar donde empezó.
Así mismo, se mencionan elementos de la cultura apizaquense y tlaxcalteca. Y otros contextos sociales no tan agradables. Como el narcotráfico y la trata de personas en Tenancingo y otras partes del Estado.
Una historia que de manos de un narrador omnisciente, regala por momentos un humor irónico, que podría también percibirse como «negro». El erotismo y la sexualidad también son retratados en el escrito. Así como uno de los delitos más graves, el estupro.
Y por momentos, ya sea que el protagonista está harto de vivir por ahí o cualquier otro vicio de su autor, se percibe a una Tlaxcala poco agradable, como lo diría el texto un «cul0 planetario».
¿Por qué 8 tlaxcales?
Si bien es una excelente historia, nos parece que debió hacer mayor justicia a la víctima. No tanto justicia divina, narrativa o argumental, sino de la forma en que se describe el desenlace de los acontecimientos.
Su muerte, no genera mayor ruido. Es cierto, como en la mayoría de los casos. Y sabemos que la ficción retrata lo crudo y angustiante de la sociedad y sus más sucios secretos y vicios.
Sí, es ficción. Pero dentro de la ficción también debe existir cierto tacto al tantear en un terreno tan delicado como la muerte violenta de mujeres, que azota a Tlaxcala y todo México. Sobre todo, si la historia es contada por la pluma de un varón.
No se desacredita la increíble forma de trasladar la historia por los matices narrativos ya contados, ni mucho menos el argumento utilizado. Pero de vez en vez, la literatura también debe hacer justicia a las víctimas de una sociedad que no puede hacerlo.
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