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Cultura

Entre “primeros” testimonios e importantes omisiones. Ideas de evidencia documental de la Virgen de Guadalupe

Virgen de Guadalupe
Foto: Quadratín Tlaxcala

Si bien, siempre he pensado que toda creencia debe ser respetada, el criticar o analizar un hecho a la luz de la historia, no me hace ser irreverente ante los cientos de creyentes de alguna fe. La historia, por su espíritu mismo, somete al escrutinio un suceso para explicarlo con la mayor objetividad que el historiador pueda ofrecer, con base a la evidencia documental existente.

Por esta razón, esbozaré, someramente la construcción de los dos textos, que para varios guadalupanistas son las pruebas más contundentes –desde el punto de vista de la documentación testimonial- del portentoso milagro del Tepeyac. Y estos testimonios contrastan con la omisión del suceso de dos figuras cruciales de la evangelización en México: Fray Juan de Zumárraga y fray Toribio de Benavente Motolinía, quienes por su importante posición dentro de la estructura evangelizadora novohispana, uno supondría que fueron referentes de la aparición ¿Qué los orilló a callar el suceso? En las siguientes líneas expondré algunas ideas del porqué de su “abrumador silencio”.

En el caso de la Virgen de Guadalupe, los textos que generalmente se les nombra como pruebas “contundentes” de la aparición son algo tardías, y en este tenor se encuentran dos textos en náhuatl:

1.- La denominada Relación primitiva de las apariciones, para Ernesto de la Torre y Ramiro Navarro fue un documento elaborado entre 1541-1545, mas no justificaron su conjetura. El padre Mariano Cuevas la publicó en el Álbum histórico guadalupano del IV centenario en 1930, afirmando fue un texto redactado en la última década del siglo XVI por el jesuita Juan de Tovar, siendo esta una copia de un original perdido que escribió un testigo ocular de los hechos, el padre Juan González (un hombre religioso bien reputado en el siglo XVI). Ángel María Garibay sin exponer la base de sus deducciones dio el epíteto de Relación primitiva, datándolo en el año de 1548, y lo supuso anterior al Nican Mopohua por el estilo de redacción. Para Garibay el original está perdido, el documento que ha llegado hasta nosotros presumiblemente fue escrito en el siglo XVII, siendo una copia. Este investigador prosiguió con la idea de que el padre Juan González fue el traductor de Juan Diego ante fray Juan de Zumárraga. Un estudio de Edmundo O’Gorman rebate la hipótesis de que ésta fuese redactada por el padre Juan González y que la copia la hiciese Juan de Tovar, para éste historiador fue altamente probable que el documento fuese hecho por el jesuita Baltazar González a inicios del siglo XVII. Ahora bien, en la versión a la que tengo acceso, una traducción española editada por Ernesto de la Torre y Ramiro Navarro, el documento menciona que el macehual que tuvo la dicha de la aparición, notificó al “arzobispo” de tan notable hecho, de comprobar que la versión en náhuatl tuviese esa misma palabra, probaría que el documento fue redactado después de 1548, ya en ese año el papa Paulo III le concedió ese título a Zumárraga, por lo que me permite preguntar lo siguiente ¿Pudo ser redactado después de 1551, año en el cual Alonso de Montufar fue nombrado segundo arzobispo de México? Si el lector prosigue, notará que el Nican Mopohua y este prelado tienen una factible ligadura, y no hace imposible que la Relación primitiva haya sido un texto vinculado a las intenciones del documento antes mencionado.

El documento original está resguardado en la Biblioteca Nacional de México, perteneció a un grupo documental llamado por José Fernando Ramírez Santoral en mexicano, que estuvo en poder de los jesuitas durante la colonia.

2.- El popular Nican Mopohua, atribuido a Antonio Valeriano –uno de los más insignes alumnos del Colegio de Santa Cruz Tlatelolco- probablemente fue escrito en 1556, en opinión de Edmundo O’Gorman: para “sacralizar como imagen de origen sobrenatural la de la Virgen “aparecida” en el Tepeyac en 1555” y un tanto secundada por Miguel León Portilla. ¿Por qué? Una de las hipótesis mejor estructuradas la expresó el primer historiador antes mencionado, la cual explicó el intento del arzobispo de México el dominico Alonso de Montúfar por instaurar el culto a la virgen en 1555. De esto, surgió un debate que desató ásperas disputas entre el franciscano Francisco de Bustamente y el arzobispo. Si la propuesta de O’Gorman fuese cierta, el Nican Mopohua tuvo como fin justificar el intrépido acto del prelado, lo que podría brindar alguna luz sobre el notable silencio de Juan de Zumárraga sobre la aparición. Como mencioné líneas atrás, Valeriano fue un discípulo del Colegio de Santa Cruz Tlatelolco, entre 1546 y 1566 el instituto educativo estuvo bajo la dirección de los indígenas, libre de los franciscanos, lo que permite suponer a priori, que el erudito indígena pudo colaborar con Montufar sin mayor problema. Y por último, pudo ser escrito por un Valeriano más joven, que no había trabajado con fray Bernardino de Sahagún (opositor al culto del Tepeyac). No puedo conjeturar si después de haber tratado al franciscano, este erudito indígena se haya “arrepentido” de haber escrito el Nican Mopohua, lo significativo es que el texto ha llegado hasta nuestros días.

¿Dónde está depositado actualmente el Nican Mopohua? El documento de Valeriano pasó a manos de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y luego a Carlos de Sigüenza y Góngora. En 1649 apareció publicado por Luis Lasso de la Vega en su conocido Huei Tlamahuiçoltica. Posteriormente el documento lo poseyó Lorenzo Boturini en el siglo XVIII. En algún momento José Fernando Ramírez lo tuvo en su poder, hasta que sus documentos fueron adquiridos por la Biblioteca Pública de Nueva York, donde reposa actualmente. Otra copia está en México el Centro de Estudios de Historia de Mexico Carso.

En suma, los dos testimonios, que se suponen son los más antiguos, no son contemporáneos al portentoso hecho de la aparición. En el caso de documento supuestamente más primigenio –la Relación primitiva– es un texto muy sintético; no obstante, grosso modo, parece ser que fue escrito después de 1551 y no sería descabellado pensar que el mismo Montufar haya ordenado su redacción a algún indígena que sabía escribir y que luego el texto cayese en poder de los jesuitas posteriormente, y por ende, pudo ser antecedente del cual se inspiró el autor del Nican Mopohua. O, como apuntó Edmundo O’Gorman, su hechura ¿o copia? puede arrojarse hasta el siglo XVII de la mano de jesuita Baltazar González. En tanto que el Nican Mopohua bien pudo ser redactado por Antonio Valeriano, en una época que el Colegio de Santa Cruz Tlatelolco estuvo libre de la supervisión franciscana directa y colaborar estrechamente con Montufar. Por tanto, es muy significativo que estos testimonios tengan relaciones con los grupos que no siempre consintieron los métodos evangelizadores de los franciscanos: el clero secular representado en el arzobispo Montufar, quien a su vez era dominico, y con los jesuitas. Ya O’Gorman en Destierro de sombras, expuso que esos años, existió una notable ruptura entre el clero regular y el secular. Tal parece ser que detrás del origen del culto guadalupano, existieron obnubilados propósitos.

En este tenor, dos silencios notables aparecen en la obra escrita de dos franciscanos, cuyas acciones son referentes cruciales en la historia de la evangelización de los indios, me refiero a fray Juan de Zumárraga y a fray Toribio de Benavente Motolinía. Y es que uno pensaría el obispo debería ser el principal testimonio de la aparición, porque el Nican Mopohua y la Relación primitiva hacen referencia al religioso, mas no es así. En el caso de Motolinía, sus textos escritos son ricos en descripciones –un tanto entusiastas- de la labor evangelizadora, pero la aparición guadalupana nunca hizo acto de presencia.

1.- El de Fray Juan de Zumárraga, el primer obispo de México, no tiene mención alguna de la aparición de la Virgen. A lo que uno preguntaría ¿Por qué la omisión? De ser factible el milagro ¿Qué razones tuvo para no redactar un texto que notificara este hecho? En todo caso ¿Se habrá perdido un posible documento testimonial redactado por este prelado? Lo más lógico, al ser testigo de la exposición del ayate de Juan Diego, puro realizar algún reporte a la Santa Sede, sin embargo no hay prueba alguna. Alguien podría pensar que fuese un hombre prudente, y evitó hacer difusión de tan impresionante prodigio para impedir posibles malas interpretaciones, fanatismos y desviaciones entre los indígenas y esto justifique su silencio, pero en la Relación primitiva y en el Nican Mopohua se le pide erija un santuario para la Virgen, y en su producción escrita tampoco hay evidencia sobre la construcción el santuario y su posterior promoción para que sea un centro de fe. Fuera del ámbito de Zumárraga, las primeras referencias a un templo del Tepeyac fueron en 1554 por parte de Francisco Cervantes de Salazar, como una iglesia “blanqueada”, para 1556 se le mencionó como “ermita” dedicada a la Madre de Dios. O’Gorman sugirió la fundación del templo en la década de los treinta del siglo XVI. Regresando a la idea inicial, no hay referencia alguna al milagro guadalupano ni a la erección de un templo específico para el mismo en los documentos del primer obispo.

2.- Fray Toribio de Benavente Motolinía llegó a México en 1524, y con gran pasión aprendió a hablar náhuatl, estuvo en los primigenios conventos de México y de Tlaxcala, también residió en Tehuacán y produjo textos que narran sus apreciaciones sobre la evangelización con notable optimismo, o hizo peticiones a sus autoridades en pos de la difusión de la fe. Los textos de fray Toribio de Benavente se componen de algunas cartas y de dos textos torales para la historia de México, el denominado Memoriales o Libro de oro, y la Historia de los indios de la Nueva España, sobre todo las dos últimas obras, oscilan su hechura entre 1536 y 1541, sin que estas fechas sean precisas. Se sabe por referencias de otros cronistas, que el franciscano redactó otros documentos los cuales se han ido perdiendo en el tiempo. Hasta donde la evidencia permite saber, y siendo este religioso uno de los primeros evangelizadores, no hay mención alguna de la aparición de la virgen de Guadalupe; mejor describió las representaciones teatrales de Tlaxcala o el martirio de Cristóbal, que consideró sucesos de alta relevancia y dignos testimonios de fe y devoción. Ahora bien ¿A qué obedece su silencio? Es bien sabido que los franciscanos en el siglo XVI no estuvieron de acuerdo con lo que acontecía en Tepeyac, sin embargo el malestar de éstos comienza en 1556 con la denuncia de fray Francisco de Bustamante, y lo prolongará fray Bernardino de Sahagún en la Historia general de las cosas de Nueva España (texto terminado a fines del siglo XVI), y por lo que se entiende de la obra benaventina, sus textos son anteriores a estos dos sucesos. Y si hubo aparición ¿Calló por prudencia? Los franciscanos fueron muy cuidadosos de explicar los misterios de la fe y detectaron posibles sincretismos, si la aparición fuese un hecho real, seguramente el furor se desataría entre los indios, sin embargo no hay evidencias de algo semejante antes de 1556, y la denuncia de Sahagún sucedió años después. En resumen, Motolinía no menciona la aparición porque nunca tuvo noticia de esto, quizá no le dio mayor relevancia mientras vivió y fue una de las tantas que se iban construyendo a lo largo de la Nueva España. Seguramente estuvo enterado de la querella de Bustamante en contra del arzobispo Montufar. Si alguna vez apareciese otro texto de los declarados “perdidos” de este franciscano, temo no daría testimonio del fenómeno guadalupano.    

En resumen, los testimonios aparicionistas pueden comprenderse de mejor manera su hechura cuando se vinculan con la polémica figura del arzobispo Alonso de Montufar, y antes de su llegada a México, es poco probable que hayan existido. También es llamativo el silencio de dos franciscanos que se encontraban en la Nueva España en 1531, pero que no tienen una mención al milagro, ni siquiera al templo. Además fue sumamente notorio la oposición de la orden de San Francisco al fenómeno guadalupano, los grandes evangelizadores de México, al menos en el siglo XVI, vieron con recelo a la Morenita del Tepeyac. La historia, con la evidencia documental existente, puede emitir estas hipótesis y hasta aquí alcanza lo que se puede saber de este proceso, tal vez en el futuro se descubran nuevos documentos que arrojen otras interpretaciones. Más allá de esto, solo la fe brinda certezas, y esa es decisión del lector.

Por: Edilberto Mendieta García.

Miembro de la Sociedad de Historia, Educación y Cultura de Tlaxcala

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