Exposición de danzante de carnaval en comercios y redes sociales, así es cómo se legitima la trata en Tlaxcala

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  • La exposición mediática de una joven por su vestimenta tiene nombre: es acoso. Que su imagen se reproduzca sin su consentimiento para promocionar marcas y que algunos medios la difundan con fines de audiencia, actuando como cómplices, ayuda a entender por qué la trata de mujeres encuentra terreno fértil y se normaliza en Tlaxcala.

 El pasado 12 de febrero, durante el desfile de carnaval en Tlaxcala, una danzante,  representando a la camada de la comunidad de Ocotoxco bailaba con un traje tradicional intervenido: en uno de los costados, la tela estaba unida con listones que, al moverse, dejaban ver parte de su pierna y su cadera. Bailaba como lo han hecho tantas y tantos en esa misma celebración durante décadas, en el mismo espacio público y bajo la misma tradición festiva.

Sin embargo, esa tarde no fue su danza lo que se volvió noticia. Fue su cuerpo.

En cuestión de horas, los videos comenzaron a circular masivamente en redes sociales. Algunos medios de comunicación replicaron sus fotografías bajo el pretexto de “abrir el debate” sobre si su vestimenta era o no correcta; establecimientos comerciales aprovecharon la viralidad —haciendo uso de su imagen— para lanzar promociones y celebrar su supuesta “valentía”, mientras que decenas de hombres -sí, los mismos hombres que apenas hace unos días se rasgaban las vestiduras hablando de moral y buenas costumbres sobre la música de Bad Bunny en el SúperBowl- amparados en el anonimato digital, compartían el video una y otra vez dejando en los comentarios esa misoginia que suele disfrazarse de halago o humor. Demostrando así que la indignación es selectiva y casi siempre termina recayendo sobre el cuerpo de las mujeres.

Hacer virales sus videos y fotografías para generar clics, explotando su imagen sin su consentimiento, tiene un nombre y se llama: Acoso. 

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La conversación dejó de girar en torno al carnaval para centrarse en cuánto mostraba aquella joven: Si era correcto, si era provocador, si su cuerpo era parte del deseo masculino. Como si el cuerpo de aquella mujer, necesitara alguna tipo validación pública. 

La normalización en la exposición y consumo del cuerpo femenino lo que legitima la trata de personas en Tlaxcala

Confieso que sentí náuseas porque ese acto mediático solo reafirmó mi premisa del  porqué en Tlaxcala, la trata de mujeres y niñas no es un tema de la agenda pública. La explotación de los cuerpos de las mujeres está tan normalizado que a nadie le sorprende o indigna que este tipo de situaciones se reproduzcan. Y esa normalización explica porqué la trata de mujeres puede coexistir con el silencio social de Tlaxcala. Porque cuando una sociedad aprende a consumir el cuerpo femenino como espectáculo, la línea entre entretenimiento y explotación se vuelve peligrosamente delgada.

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El acoso mediático que vivió esta chica pertenece al mismo ecosistema cultural que convierte a las mujeres en mercancía. Y aunque nos incomode, la violencia inicia desde que permitimos que estas situaciones pasen ante nuestros ojos, no cuando una mujer ya es cohesionada por algún padrote, siendo víctima de trata.

Por eso, no quiero desaprovechar esta ocasión para que hablemos de la trata de mujeres, de ese mal que en Tlaxcala ha sido negado, minimizado y, demasiadas veces, legitimado por la costumbre y el silencio institucional. Porque si hasta este momento de lectura no ha quedado claro, lo vuelvo repetir: esa exposición mediática que vivió la jóven, dejó ver que la sexualización del cuerpo de una mujer no solo se normaliza sino que entretiene, monetiza, se observa y se mantiene en impunidad, al igual que la trata de mujeres y niñas.

El papel de los medios de comunicación y el silencio institucional

Algo que también me llamó profundamente la atención fue la velocidad con la que algunos medios actuaron para reposicionarse con entrevistas a modo, capitalizando la polémica y volviendo a poner en el ojo público a esa chica, bajo una supuesta «nueva narrativa». Y aunque pareciera que cambiaron el ángulo, el objetivo siguió siendo el mismo: exponerla para poder recibir más likes.

Esto reafirma algo que sostengo desde hace tiempo: por más que la Unión de Periodistas del Estado de Tlaxcala (UPET) firme convenios con dependencias u organismos públicos para “fortalecer la perspectiva de género y los derechos humanos” en los medios de comunicación, de poco sirve si en la práctica la ética editorial sigue subordinada al clic y a la rentabilidad. Porque cuando los medios de comunicación —en su mayoría dirigidos por hombres— no asumen la perspectiva de género como principio el resultado se vuelve en coberturas nefastas que aluden una vez más a la cosificación de los cuerpos de las mujeres.

Escribo desde la indignación, sí. Porque de las mujeres poco se habla en los medios; y cuando se habla, con demasiada frecuencia es para revictimizarlas, no para cuestionar las dinámicas patriarcales que mantienen cómodos a editores y directores. Como en este caso. Y tampoco puedo omitir algo más incómodo, el silencio de algunas colegas, directoras de medios, que también les resultó muy «cómodo ese silencio».

Pero no se trata solo de los medios de comunicación, también hay un silencio institucional que lo permite. Cuando hablo del silencio institucional lo digo porque no vi a ninguna dependencia gubernamental o a alguna diputada haciendo un llamado, ni exhortando a los medios de comunicación para cuestionar su papel y responsabilidad en la reproducción de este tipo de coberturas. 

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Lo que me lleva a sostener que, cuando las prácticas mediáticas y la pasividad del Estado convergen, lo que se consolida es una cultura de permisividad. Una cultura donde la exposición desmedida del cuerpo de las mujeres deja de escandalizar y empieza a parecer normal. Y esa normalización no es menor, es el terreno simbólico donde la trata encuentra justificación, indiferencia y, peor aún, aceptación social por todos los medios posibles.

¿Puede gustarme el carnaval aunque siga siendo el lugar donde se cosifica una vez más a las mujeres?

Cada vez que me atrevo a escribir una columna de opinión procuro empezar por mí. Mirar hacia dentro, incomodarme y reconocer mis propias contradicciones. Por lo que también considero necesario hablar de la algarabía del carnaval y de cómo, incluso en su dimensión festiva, sigue reproduciendo la sexualización de los cuerpos de las mujeres. Aquí aparece mi primera encrucijada: lo sé, lo analizo, lo cuestiono… y aún así sigo disfrutando el carnaval, su organización, su música y la emoción colectiva que provoca. Pero también me molesta ver que a las mujeres se nos cargue de más exposición y acoso en una fiesta que ya sabemos, sigue regida por hombres.

Durante décadas, el carnaval tlaxcalteca fue un espacio predominantemente masculino. Las camadas estaban integradas por hombres; el centro de la representación pública les pertenecía. Las mujeres no eran protagonistas del ritual festivo; su presencia estaba regulada, limitada o ausente y cuando empezó a ser tomada en cuenta en los bailes, en algún momento, se pensó que el papel de las mujeres debía trascender y llamarlas “Reynas” y “Princesas” del carnaval, colocándonos, nuevamente en un estereotipo de belleza y estándar a cumplir. 

Hoy, cuando una mujer ocupa ese centro, la reacción no se concentra en el avance histórico de su participación, sino una vez más en la exposición de su cuerpo.

Para ello, me gustaría retomar a Rita Segato, ella dice que el cuerpo de las mujeres funciona como territorio donde se inscribe el poder. En este caso, ese poder no se trata únicamente de violencia física; se trata de mensajes que refuerzan jerarquías: quién mira y quién es mirada, quién narra y quién es narrada. Cuando medios fragmentan la imagen de una joven y negocios la convierten en gancho comercial, ese cuerpo deja de ser sujeto y se transforma en superficie de consumo. Otra vez, aquí vuelvo a insistir que lo que vimos es el primer síntoma de la trata. 

Desde el feminismo comunitario, Julieta Paredes sostiene que el primer territorio colonizado es el cuerpo de las mujeres. Si el cuerpo es territorio, lo que ocurrió el 12 de febrero fue una disputa simbólica “una mujer ocupando un espacio históricamente masculino y una cultura reaccionando al reducirla a espectáculo.”

Vuelvo a decir desde dónde escribo, y lo hago también  desde mi propia historia. Crecí en una familia donde el carnaval forma parte de la identidad, donde la tradición no es ajena sino parte de nuestra vida.  Precisamente por eso me incomoda -un poco- escribir este texto, porque he disfrutado el carnaval a sabiendas de que en muchas regiones de la entidad,  las mujeres participan bajo reglas no escritas: jóvenes “presentables”, “deseables” y “vírgenes”, bailando junto a hombres considerablemente mayores; encajando en un molde que no cuestiona el orden de género sino que lo reproduce. Y ese cuestionamiento se lo debo a mi apreciada maestra Judith Carro Bautista, quien me hizo este primer cuestionamiento mientras estudiaba Sociología.

Cuando las mujeres acceden a espacios antes restringidos, el sistema no siempre responde con inclusión plena. Muchas veces responde con sexualización. Y si no puede expulsarlas, las convierte en objeto e imagen para patrocinar lugares o para darle audiencia a los medios de comunicación. 

Validar la exposición, acoso y consumo de una mujer, así se legitima la trata de mujeres en Tlaxcala

En Tlaxcala, donde la trata ha dejado huellas profundas, resulta indignante que la conversación pública encuentre más entusiasmo en viralizar la piel de una joven en vez de cuestionar las estructuras que permiten la explotación real. Como dice Marcela Lagarde, la violencia contra las mujeres es un continuo. No inicia en el delito extremo; comienza en la desvalorización cotidiana, en el titular de una nota periodística, en la promoción, en el aplauso que monetiza un cuerpo.

Tal vez el problema no fue el traje, fue que una mujer bailara en un espacio que históricamente no le pertenecía. Y que al hacerlo, nos recordara que en Tlaxcala el cuerpo femenino sigue siendo territorio público, rentable y en disputa.

¿Y qué podemos esperar de medios dirigidos sin perspectiva de género? ¿De negocios que buscan publicidad gratuita a costa del cuerpo de una mujer? ¿De una sociedad que se indigna selectivamente pero consume sin cuestionar? ¿De hombres que se esconden detrás de perfiles y pantallas para exhibir una misoginia que en el espacio público no se atreven a sostener?

Este es un claro ejemplo que la transformación no empieza el discurso oficial. Empieza en la forma en que miramos, en lo que compartimos, en lo que normalizamos. Empieza cuando dejamos de trivializar la cosificación y entendemos que no es un chiste, no es marketing inocente, no es tradición inofensiva. Es acoso, es Trata de mujeres, es estructura.

Por eso siempre me gusta cerrar diciendo que esta columna es solo una invitación a reflexionar nuestro caminar Para -las- Utopías.

 

 

 

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Paola Chavely Torres Nahuatlato
Paola Chavely Torres Nahuatlatohttps://linktr.ee/paolatorres07
Lic. en Sociología | Tlaxcalteca | Mamá | Escribo e investigo para el medio @escenariotlx sobre Género, Derechos Humanos y Defensa del Territorio.📷🔎📝
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