No sé
si usted, mi apreciable lector, se habrá preguntado el porqué del
establecimiento de una evaluación para ingresar al magisterio, o bien, del
porqué se implementó una evaluación para asegurar, con ello, la promoción o,
como le llaman ahora, para el reconocimiento de la función docente dentro del
Sistema Educativo Mexicano (SEM). Sí, con seguridad, podremos remitirnos a la
serie de políticas educativas (neoliberales) que, ciertos organismos
internacionales, han fijado con el propósito de atender algo que han llamado
“calidad educativa” en distintos países, pero también, a la serie de
“tropelías” que, desde hace mucho (y aún continúan dándose) se cometían al
interior de ese SEM; me refiero, a la injerencia del Sindicato Nacional de
Trabajadores de la Educación (SNTE) y a esos “acuerdos” que le significaban un
50% (para este organismo sindical) y
otro 50% para la Secretaría de Educación Pública (SEP), en la asignación de las
plazas.
En
este mismo sentido no está por demás mencionar, lo que ciertas organizaciones
“pro educación” como la de… ¿Mexicanos Primeros?, de un tiempo para acá, ha
venido empujando con la finalidad de que ingresen al SEM: los “mejores”
maestros. Caray, no hay que olvidar, el agravió del que fueron objeto los
maestros y maestras por esta “organización”, con el dizque propósito de
denunciar lo que sucedía en México, específicamente, en el escenario educativo.
Y bueno, de la reforma de Peña Nieto mejor ni hablamos: la denostación,
humillación y el ataque directo contra el magisterio mexicano, fue una
constate; la peor de todos los tiempos.
Y sí,
efectivamente, a partir de varias circunstancias es que, en el SEM, de un
tiempo para acá, se viene hablando en demasía de la evaluación educativa;
generando, como parece obvio, una excesiva polémica la evaluación para el
ingreso, promoción y, repito, ahora, el reconocimiento de la función docente.
¿Por
qué sucede esto?, ¿cuál es el centro del debate?, ¿de qué manera podemos
comprender este fenómeno? Son algunas de las interrogantes que, desde hace
mucho tiempo me he planteado, y mire usted, pareciera que sus respuestas son
demasiado obvias y fácil de obtener; sin embargo, cuando nos adentramos al
“meollo” del asunto, varias cosas se desprenden que, para acabar pronto,
parecen no tener fin dado el intricado SEM que tenemos.
¿No
bastaría con el que las escuelas normales formaran a maestros y maestras para
eliminar la evaluación para el ingreso al magisterio?, ¿por qué denostar la
formación académica o profesional que se brinda en estas instituciones
formadoras de docentes?, ¿quién estableció los parámetros que diferencian a un “buen”
maestro de un “mal” maestro (idóneo o no idóneo, para acabar pronto)? Tal
parece que, en este mundo globalizado, las “credenciales” cuentan y cuentan
mucho; de hecho, muchos de los debates se han centrado precisamente, sobre lo
que a “x” o “y” (profesor o profesora) le debe caracterizar para asumir una
responsabilidad frente a un grupo escolar (por ejemplo). Sí, tal parece que la
aplicación de un examen (de conocimientos o más bien, de manejo de situaciones)
es lo que determina que “x” o “y” sean los mejores de los mejores maestros.
Como si la docencia significara ser mejor o peor en términos concretos. En fin.
Sobre
este último rubro he escrito bastante; de hecho, reconocidos investigadores nos
han brindado los resultados de sus respectivos trabajos pero, mire lo que son
las cosas, ese SEM, la educación que se brinda en un país como el nuestro, y
los millones y millones de niños y jóvenes que acuden cotidianamente a sus
escuelas para aprender algo nuevo, siguen padeciendo los estragos de la pésima
toma de decisiones que, repito, de un tiempo para acá, se vienen dando en
México.
Al
respecto, no puedo dejar de reconocer que las investigaciones son
extremadamente importantes; tampoco, el que se tengan que establecer mecanismos
para que haya maestros y maestras (tanto de nuevo ingreso como los que ya se
encuentran en servicio) que brinden un mejor servicio educativo. No obstante,
permítanme afirmar que, lo que se ha implementado en esta materia en nuestro
SEM, han sido meros paliativos que, escasamente, han atendido el problema real
que priva en un país tan vapuleado como el nuestro.
¿Revisó
usted los lineamientos administrativos para dar cumplimiento al artículo 2º.
Transitorio de Decreto por el que se reforman, adicionan y derogan diversas
disposiciones de los artículos 3º, 31 y 73 de la Constitución Política de los
Estados Unidos Mexicanos, en materia educativa, publicado en el DOF el 15 de
mayo de 2019? Si así lo hizo, ¿qué encontró de diferente con las normas que se
derivaron de lo reformado en 2013? Sí, tal vez uno de los cambios más notorios,
fue el de la evaluación de PERMANENCIA, pero también, el que denominaron: DE
ADMISIÓN al Sistema Educativo.
Ahora
bien, si de diferencias estamos hablando: ¿se dio usted cuenta de los
requisitos que les fueron solicitados a los aspirantes para que, a través del
cumplimiento de éstos, cubrieran ese proceso de ADMISIÓN al que he hecho
referencia? Se trató pues de: a)
acreditar estudios mínimos de licenciatura, a través de título, cédula
profesional o acta de examen profesional…; b) Contar con los conocimientos
necesarios para el aprendizaje y desarrollo integral de los educandos,
cubriendo los requisitos establecidos por la CNSPD para la materia o campo
curricular de que se trate, según los perfiles establecidos en el Anexo 7…; c)
Concluir satisfactoriamente los módulos del “Curso integral de consolidación de
habilidades docentes”, así como obtener la acreditación del curso; d) Presentar
un breve ensayo sobre la mejora continua de la educación o una propuesta de
planeación didáctica de clase, en un contexto específico…; e) Presentar la
documentación que acredite: su promedio general de carrera; los cursos
extracurriculares con reconocimiento de validez oficial que haya tomado; los
programas de movilidad académica, nacional e internacional, en los que haya
participado; experiencia docente, si se tiene, en educación básica.
Sobre
esta serie de requisitos, varias ideas y cuestionamientos se me vinieron a la
mente; se los comparto:
- La
acreditación de una licenciatura puede hacer efectivo el planteamiento original
(que he dicho en cuanto a la formación de los docentes) y que sienta las bases
para revisar la formación profesional de los egresados de las instituciones
formadoras de docentes.
- ¿De
qué manera nos cercioramos de la adquisición y puesta en marcha de los
conocimientos para el aprendizaje y desarrollo integral de los educandos?
- ¿Acreditar
un curso a través de una plataforma (que presenta serios problemas más allá de
la saturación que recurrentemente presenta por el acceso y empleo que hacen sus
usuarios) asegura que un aspirante cuente con las habilidades necesarias para
ejercer la docencia? Al respecto, ¿dónde queda la observación directa sobre el
quehacer docente tan necesaria para que, a través de una codificación (categorización)
se identifiquen aquellos elementos pedagógicos y didácticos que pueden llevar a
una mejora sustancial del quehacer docente?
- ¿Un
ensayo o una planeación de clase (y de nuevo entramos a la polémica entre
planeación y planificación) determinan si un aspirante es apto para el
ejercicio docente en contextos específicos? Pero, en este mismo orden de ideas,
lo que llamó más mi atención fue, ¿quién o quiénes se encargarían de “valorar”
esos productos y cuáles serán los referentes teóricos y conceptuales para ello?
- ¿Los
documentos que el aspirante debería presentar como parte de esos requisitos,
aseguran la generación de aprendizajes y el desarrollo integral de los
educandos (que podría llegar a atender) cuando, si algo ha caracterizado a
nuestro país, es la escasa existencia de oportunidades de desarrollo para la
profesionalización para el ejercicio docente? Claro, quiero pensar, que el
punto sobre la experiencia docente, estaba dirigido para favorecer a los
estudiantes normalistas puesto que éstos, al realizar, como parte de su
formación profesional, jornadas “intensivas” de prácticas docentes en las
escuelas de educación básica, dichas prácticas, les otorgarían esa experiencia
en el ámbito educativo, y es cierto. No obstante, hay muchas cosas que se deben
revisar para el mejoramiento de esas prácticas al interior de las propias
escuelas normales.
En
suma, considero que de nueva cuenta estamos ante un mecanismo que, como lo
señalé, es un mero paliativo que, efectivamente, en este caso, reajusta (no
cambia) la forma en que se admite a un aspirante en el SEM. ¿Pan con lo mismo?
Ya veremos qué resulta de ello porque, mientras no cambien o se atiendan las
grandes problemáticas y corruptelas que se viven y han normalizado en muchos
estados de la República Mexicana en cuanto al ingreso… perdón, admisión al
magisterio. Los reajustes, se quedarán en eso: en meras iniciativas que en el
papel pueden ser “buenas” pero que, en los hechos, se traducen en tener en la
mesa un pan con el mismo ingrediente.
Con
negritas:
Cientos
se aspirantes que, de anteriores procesos resultaron “idóneos”, no han accedido
a la plaza para la cual concursaron, entonces: ¿por qué seguir proponiendo
“concursos” si, en los hechos, los lugares no se están otorgando? o, más bien,
¿a quién se les están otorgando esos lugares/plazas? Vaya mecanismo que asegura
la idoneidad y la calidad educativa en México.
Referencias:
https://drive.google.com/file/d/1zG7szD2PwDGeI26eozlXGfSAPvJCDCgW/view?fbclid=IwAR39RnVchm4KO7Dpg-H4sjpng03_49iUzse8sRpfk7M3ddU_KK1e9aKkfmE