Desde la bandeja de nuestro correo: «Mi primer #8M en Tlax»

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#TlaxCunaDeTrata

#HistorizameEsta

  • Texto y Fotos: Berenice Hernández

Cuando estaba a punto de llegar a la manifestación convocada en Tlaxcala con motivo del 8 de marzo, vi a un gran número de personas huyendo del lugar al que me dirigía; así que mi primera reacción fue detener mi andar y cerciorarme de lo que estaba ocurriendo. A lo lejos alcancé a ver un tumulto y un poco de humo. Decidí acercarme con precaución y cuando me cercioré de que el peligro había pasado, me interné con cautela en el parque que circunda el Palacio de Gobierno.

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La concentración feminista convocada en la capital del estado en el marco del #8M resultó contar con una respuesta inaudita y nunca antes registrada. Las demandas por un derecho de salud reproductiva que conlleve a la despenalización del aborto en Tlaxcala (como ya se ha venido regulando en otras entidades del país, siendo Sinaloa la más reciente), así como el repudio por la indiferencia que tanto autoridades como sociedad han mantenido sobre el incremento de casos de feminicidios y de otros tipos de violencia cometidos contra sujetos femeninos (biológicos y transgénero), llevaron a que cientos de mujeres del estado se congregaran en el zócalo de la entidad a modo de protesta. Además, claro, de denunciar esa cada vez más insostenible realidad que subsiste en la localidad y que la lleva a ser el lugar en el que se concentra la Trata de Blancas en el país; problemática social muy característica de la entidad (#TlaxCunaDeTrata).

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Para mi sorpresa, el gran número de asistentes no fue lo que me dejó anonadada (yo nunca había asistido a ningún #8M en Tlax, pero sabía que las concentraciones pasadas no habían acogido a tantas centenas de personas), sino más bien el papel que jugaron las fuerzas policiales. Era evidente, como lo pude apreciar desde que llegué, que la recién instaurada administración del gobierno de la entidad había optado por reprimir e intimidar a la primera protesta feminista que les tocaba encarar. La gobernadora Lorena Cuéllar y su (pésimo) equipo de asesores habían resuelto emplear a la fuerza pública bajo el argumento de proteger el patrimonio histórico de la entidad, que en ese contexto estaba siendo intervenido por la protesta feminista local.

Los daños ocasionados por las feministas en la centro de la capital definitivamente fueron cuantificables y contrarios a la preservación y cuidado del patrimonio histórico y cultural de la entidad (esto último sobre todo en lo que se refiere a las someras pintas en los murales que rodean las ventanas del Palacio de Gobierno), pero al tratarse de las consecuencias de un movimiento social las preguntas que se generan a continuación son: por un lado, si la empatía ciudadana se enfoca en la problemática de violencia contra las mujeres que impera y se incrementa actualmente en nuestro país; por otro, si dicha empatía se centra más en el cuidado y preservación de inmobiliario histórico, aún a costa de justas demandas que se hagan desde algún sector de la sociedad; y finalmente, si en nombre del orden social las autoridades estatales (provenientes de un partido político ligado a un proyecto de izquierda) pueden recurrir a prácticas de intimidación y represión a través del cuerpo policial.

Supongo que a poco más de un mes de distancia de los hechos se podría argüir que en Tlaxcala las acciones policiales desplegadas en el marco de ese día no llegaron a ser tan extremas, como fue el caso de Michoacán; cuyas autoridades (también pertenecientes a un proyecto político de izquierda) reprimieron fuertemente al gran contingente de mujeres que se reunió en su capital. Sin embargo, el erróneo empleo de las fuerzas policiales que fueron desplegadas para confrontar a las manifestantes y no sólo para resguardar los inmuebles que resultaban de importancia para la gobernadora Cuéllar, generó un imperante ambiente de temor en la protesta llevada a cabo con motivo del Día Internacional de la Mujer (primera manifestación feminista encarada por la actual administración).

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En los más de diez años que llevo acompañando diferentes tipos de protestas sociales, nunca antes había llegado a experimentar el gas lacrimógeno. En la capital del país había visto algunas confrontaciones de feministas con cuerpos policiales en el contexto de este día, pero honestamente, ni eso me preparó para lo que sucedió en Tlaxcala en la protesta del #8M en su edición de este año. El despliegue de un importante número de elementos policiales masculinos que contaban con la autorización para hacer un uso “legítimo” de la fuerza en contra de la ciudadanía reunida (en su mayoría mujeres jóvenes), creó un ambiente de tensión y de temor que de alguna forma llegó a confrontar al ala más radical del movimiento (e incluso a cualquiera de los asistentes) con las llamadas fuerzas del orden; al tiempo que hacía inviable la protesta en el lugar, en vista de la represión patente que fue instaurada.

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Para tranquilidad de la gobernadora y de aquella parte de la población preocupada por el estado de los recintos históricos después de la manifestación feminista del pasado 8 de marzo, la mayor parte de éstos ya han sido limpiados y dotados de los procesos de restauración necesarios. En lo que respecta a la puesta en marcha de políticas que garanticen el derecho de salud reproductiva de las tlaxcaltecas o que atiendan el desmantelamiento de la red de Trata de Blancas que impera en la entidad, no se reporta novedad alguna.

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