Leer para servir

Existen numerosas explicaciones de por qué el mexicano promedio desdeña la lectura, pero todas se remontan a la falta de hábito inspirado en núcleos sociales; por un lado, la familia mexicana tradicionalista considera al libro como objeto de intelectuales y herramienta exclusiva de estudiantes, mientras que los programas educativos (que debieran ser la clave a través de la cual se rebatieran estas afirmaciones) están diseñados para repetir programas y adoptar asignaturas que si bien, fueron importantes históricamente, ya no forman parte de nuestra realidad; sería ilusorio cuestionar por qué no se renuevan dichos programas, ya que no son los únicos que debieran ser mejorados en una nación donde el presidente no recuerda los libros que lee, el secretario de educación no se hace responsable de la pronunciación de sus palabras y los diputados confunden títulos con autores.

La respuesta no es que la ignorancia permee a nuestros servidores públicos, sino que la ausencia del ejemplo, la lectura por obligación y los tabúes alrededor de ciertos géneros literarios, son grandes peligros de los lectores en potencia. Imponer ciertos textos solo acrecienta la aversión a ellos especialmente en edades tempranas; pues se pretende enseñar la fuerza de los clásicos y en vez de eso se enseña clásicos a la fuerza. Dejar que cada individuo descubra la literatura en su momento y con sus reglas, comprende el gran reto de padres y maestros de la nueva era.

En México, como en otros países se nos ha juzgado a los jóvenes como el sector social que menos lee, pero lo cierto es que la frase “los jóvenes de hoy en día no leen” existe antes de que naciéramos los jóvenes de hoy en día. Las cosas han cambiado y al día de hoy la literatura juvenil comprende el 29% de ventas editoriales, quizá no leamos más que los adultos pero si leemos con más pasión, que esas emociones sean pisoteadas en el salón de clases por discriminar ese género es otra cosa.

En el siglo XIX, la literatura fue exclusiva de la alta sociedad en muchos países, las bibliotecas personales eran un sinónimo de riqueza intelectual aunque en muchas ocasiones los libros ni siquiera eran leídos; algo así es lo que nos pasa actualmente, el número de escritores y publicaciones aumentan desmedidamente y pareciera que los lectores aminoran a su mismo ritmo, en pocas palabras, se escribe más de lo que se puede leer; evidentemente, no es una obligación dedicar la vida a leer, sino que nuestro paso por la tierra es tan corto que deberíamos reflexionar un poco más en qué ocupamos nuestro tiempo, ser capaces de llegar a una edad avanzada sin el remordimiento de no haber leído un cuento de Cortázar, los poemas de Benedetti, los ensayos de Paz, Las mil y una noches, La divina comedia o Pedro Páramo…

La literatura, como decía Borges “es una de las felicidades de la vida; negarse a la literatura es como negarse al amor, a la música o a la pintura”.

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