- Durante más de dos décadas, el Colectivo Mujer y Utopía ha documentado violencias, acompañado a víctimas e incidido en leyes en Tlaxcala; su directora, Edith Méndez, reflexiona sobre la evolución, tensiones y diversificación del movimiento feminista en el estado.
En Tlaxcala, hablar de feminismo, acompañamiento a víctimas y documentación de violencias es, para muchas mujeres, hablar del Colectivo Mujer y Utopía. Para varias generaciones, este espacio ha sido el primer acercamiento a nombrar la violencia, entenderla y enfrentarla.
Desde inicios de los años 2000, la organización no solo ha acompañado a mujeres en situación de violencia, sino que también ha construido algo poco común en el estado: datos propios, metodologías y procesos de incidencia que han marcado la agenda pública en temas como feminicidio, trata de personas y violencia familiar.
En un contexto en Tlaxcala donde las violencias contra las mujeres se vivían en silencio y sin espacios para nombrarlas, el Colectivo Mujer y Utopía comenzó a tomar forma para responder a un lugar que hasta entonces no existía en el estado: un espacio donde las mujeres pudieran recibir acompañamiento jurídico, emocional y social, pero también donde pudieran nombrar y comprender las violencias que atravesaban en su vida cotidiana.
CMyU un espacio seguro que antes no existía para las mujeres
El Colectivo Mujer y Utopía surge entre los años 2000 y 2002, en el marco de los esfuerzos para tipificar el delito de trata de personas en Tlaxcala, impulsados por organizaciones como el Centro Fray Julián Garcés. En ese contexto de trabajo e incidencia, comenzó a gestarse una reflexión más amplia sobre las condiciones de vida de las mujeres en la entidad.
Durante ese proceso, sus fundadoras identificaron que no existían espacios que atendieran de manera integral las múltiples violencias que enfrentaban las mujeres. La trata de personas, aunque urgente, era solo una de las muchas problemáticas que permanecían invisibilizadas o desatendidas.
“Nos dimos cuenta de que la trata era solo una expresión de un problema mucho más amplio, y que no había instituciones, programas ni marcos legales capaces de responder a esa realidad”
Esta constatación marcó un punto de inflexión para quienes más tarde darían forma al colectivo, pues a partir de esta premisa surgió la necesidad de crear un espacio propio de acompañamiento, reflexión y acción. La iniciativa fue tomando forma con el tiempo, hasta consolidarse en 2005 como una organización legalmente constituida, con una visión clara de defensa de los derechos de las mujeres.
Desde entonces, el trabajo del Colectivo Mujer y Utopía se ha sostenido en tres ejes fundamentales: el acompañamiento integral —que abarca lo psicológico, jurídico y social—; la investigación e incidencia para transformar políticas y marcos normativos; y el trabajo comunitario enfocado en la formación y el fortalecimiento de redes locales.
Este último eje surgió de una convicción en la que no se podía confiar únicamente en la respuesta institucional, sino que era necesario construir redes desde los propios territorios.
Así nació el área de promoción y capacitación, orientada a impulsar acciones estratégicas, comunitarias y colectivas. Su objetivo ha sido difundir los derechos de las mujeres, generar procesos de formación y abrir espacios de reflexión en comunidades donde históricamente estas conversaciones no habían tenido lugar. Desde sus inicios, este trabajo buscó no solo visibilizar las violencias, sino también propiciar herramientas para enfrentarlas desde lo colectivo.
Con el paso del tiempo, el equipo creció y se fortaleció. Hacia finales de la década de los 2000, ya contaba con más de una decena de integrantes que consolidaban cada área de trabajo, afinando objetivos y estrategias. Esta estructura permitió algo poco común: intervenir simultáneamente en distintos niveles, desde la creación de información y la incidencia pública, hasta el desarrollo de metodologías comunitarias y modelos de acompañamiento más integrales para mujeres en situación de violencia, así como para sus hijas e hijos.
A lo largo de su trayectoria, este trabajo ha contribuido a logros importantes en el ámbito legislativo y de políticas públicas, como la tipificación del delito de feminicidio, la participación en la tipificación del delito de trata de personas y la promoción de reformas en materia de violencia familiar, pensiones alimenticias, custodias y patria potestad.
Para las integrantes del CMyU no solo se trataba de atender la violencia, sino de generar procesos comunitarios que permitieran comprenderla, nombrarla y transformarla. Bajo esa lógica, dentro del área de promoción y capacitación comenzó a gestarse la idea de crear un espacio formativo más profundo y continuo, donde las mujeres pudieran reflexionar colectivamente sobre sus experiencias.
Es así como nace en 2016 “La Escuelita Feminista” como una apuesta por procesos de formación distintos a los tradicionales. Para Edith Méndez, más que un curso, la Escuelita se pensó como un espacio seguro de encuentro, diálogo y análisis, donde las mujeres pudieran nombrar las violencias vividas, reconocerse en otras y construir herramientas para transformar su realidad.
Con el tiempo, el proceso evolucionó hasta consolidarse como un espacio exclusivo para mujeres, fortaleciendo la confianza y la libertad para compartir experiencias.
“Nosotras no queríamos hacer un diplomado ni un curso tradicional, sino un proceso donde las mujeres pudieran reflexionar desde su propia historia”
En ese sentido, la Escuelita se construyó como un espacio vivo, donde el aprendizaje parte de la experiencia y del intercambio colectivo.
Desde entonces, se ha convertido en un pilar del trabajo comunitario del colectivo, no solo por la formación que brinda, sino por su capacidad de generar conciencia crítica y redes entre mujeres. La Escuelita no busca formar expertas, sino impulsar procesos de transformación personal y colectiva que trascienden el aula e inciden en la vida cotidiana.
“Lo que buscamos es que cada mujer pueda incidir en su propio entorno, en su familia, en su trabajo, en su comunidad”,
Así, más que un espacio de aprendizaje, la Escuelita Feminista se ha consolidado como un punto de partida para que las mujeres nombren, cuestionen y transformen las violencias que atraviesan sus vidas.
En este año, la Escuelita Feminista suma ya diez generaciones, en las que se han acompañado procesos y creado un espacio transformador para más de cien mujeres en el estado.


















