Una de las razones por las cuales la trata de mujeres y niñas con fines de explotación sexual ha crecido tanto, es por la falta de acciones gubernamentales que vayan desestructurando una masculinidad violenta, explotadora y demandante de mujeres y niñas; principalmente está última, que genera el mercado de explotación sexual.
La trata de personas con fines sexuales es una problemática mundial que afecta en su gran mayoría a mujeres y niñas. El primer documento internacional creado para enfrentar esta problemática fue el Protocolo para prevenir, reprimir y sancionar la trata de personas; especialmente mujeres y niños en 2000.
En el art. 9, inciso 5, enuncia que:
“los Estados Parte adoptarán medidas legislativas o de otra índole, tales como medidas educativas, sociales y culturales, o reforzarán las ya existentes, recurriendo en particular a la cooperación bilateral y multilateral, a fin de desalentar la demanda que propicia cualquier forma de explotación conducente a la trata de personas, especialmente mujeres y niños”.
Por su parte, la ley general y local en materia de trata de personas especifican que, el gobierno nacional y estatal, tienen la responsabilidad de implementar acciones de prevención. Desafortunadamente, las pocas acciones gubernamentales de prevención de esta violencia extrema, han sido dirigidas a las mujeres, para evitar ser víctimas. Poco se ha hecho por cuestionar la masculinidad hegemónica que se sigue reproduciendo.
Pero, ¿por qué se mantiene la exigencia ciudadana para prevenir la masculinidad que demanda a mujeres y niñas para su placer sexual?
Emilio Maus, presentó en el Congreso Latinoamericano y Caribeño contra la trata de personas y el tráfico de migrantes el pasado 8 de julio, algunos testimonios de demandantes de prostitución los cuales reflejan la violencia que ejercen hacia las mujeres:
- “Para mí se trata de una simple relación comercial. No me interesa como la cajera en el supermercado obtuvo su trabajo. Lo mismo aplica para las mujeres que veo en los prostíbulos; ellas ofrecen un servicio, yo pago y punto”.
- “Algunos de los sitios que visité eran mujeres extranjeras. Yo me pregunte sí eran forzadas a ello, pero nunca lo consulté con ellas. Yo iba allí solo por sexo. Sí me pregunté si estaban siendo obligadas a ello”.
- “Su vagina estaba irritada e hinchada, estaba agotada. Me dijo que la obligaban a trabajar todo el tiempo. La chica no hablaba el idioma. Se veía distante y sin interés; todo lo que hacía era quejarse, claramente no quería estar ahí. Por juzgar por su apariencia física, claramente consume drogas, claramente detesta este trabajo. Estaba fría y distante, estaba esperando como que algo terrible suceda. Ella no se encontraba bien, no hablaba el idioma. Durante mi visita me mostró un papel que decía no tengo opción, el administrador cerraba la puerta del establecimiento con doble cerrojo, el guardia de seguridad estaba esperando fuera del cuarto. Tuve la sensación de que ella realmente deseaba estar en otro sitio”.
- “Había una chica, 13 o 14 años, muy niña, ni siquiera se habían desarrollado sus pechos. Estaba muy apretada, no pude penetrarla completamente, parecía que le dolía y se resistía; fuera de ello, pude hacer con ella lo que se me ocurría. Me alivié varias veces en su boca. Llegué a tener un mal presentimiento, tal vez estaba drogada”.
Este conjunto de testimonios permite confirmar que los hombres consideran mercancías a las mujeres y niñas. No como personas con dignidad, palabras y derechos.
Además, es claro que un hombre puede darse cuenta que las mujeres y niñas no desean estar con ellos y que están lastimadas; a pesar de ello, las utilizan para su placer sexual. Es decir, tienen mutilada la capacidad de sentir, de ver y reconocer el dolor de las mujeres y niñas. Eso no quiere decir que son monstruos; sino que, como nos dice Primo Levi, “los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligroso; más peligrosos son los hombres comunes…”; es decir, puede ser cualquier hombre.
El sistema patriarcal ha impuesto una masculinidad donde el placer sexual de los hombres, está por encima de la dignidad y derechos de las mujeres; y donde el sistema neoliberal ha creado un mercado que satisface la demanda de los hombres, obteniendo grandes beneficios económicos.
Cabe decir que ser violento, tratante y demandante de mujeres y niñas se aprende. Por tanto, existe la posibilidad de la reeducación de hombres adultos en el ejercicio de una masculinidad, transformando esa masculinidad violenta por una del buen trato.
Se hace necesario también la educación de los menores de edad, desde que son muy pequeños, para así, prevenir que más mujeres y niñas no sean víctimas de trata con fines sexuales o cualquier otra forma de violencia; como es el feminicidio, acoso sexual, violación, etc.
En el marco del 30 de julio, Día Mundial contra la trata de personas, lo menos que esperamos de las autoridades a nivel local y estatal son los anuncios de acciones de prevención sobre la desestructuración de la masculinidad que genera los mercados de la trata de mujeres con fines sexuales.
Marisol Flores Garcia. Centro Fray Julián Garcés.
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