En Tlaxcala, lo moral o lo que se entiende por moral pesa y sostiene discursos conservadores. El reciente «escándalo» de la Secundaria General Manuel Altamirano en Zacatelco es la prueba más reciente. Un video, viralizado con la velocidad de la hipocresía, muestra a Valeria Loretty, presidenta de comunidad, en el ojo del huracán por supuestamente ofrecer dinero a estudiantes para que se besaran en público.
La indignación, por supuesto, no se hizo esperar. Pero detrás del griterío, se esconde una verdad más incómoda: la de las omisiones cómplices, las agendas mediáticas carroñeras y, paradójicamente, la de una juventud que, sin quererlo, ha lanzado un puñetazo a la cara de una sociedad que se niega a mirarse al espejo.
Pero antes de señalar a los de siempre, hablemos de lo evidente. El video existe, y en él, Valeria Loretty, funcionaria pública, fomenta los besos entre menores, ofreciendo presuntamente una «remuneración» por el «abrazo más grande y el beso más largo». Y aunque no está claro el tema del ofrecimiento de dinero, no hay «sacado de contexto» que valga cuando se trata de la conducta de un servidor público.
Las cuotas de género, las cuotas LGBT, no son un salvoconducto para la irresponsabilidad. Un funcionario, sea quien sea, debe tener la formación y la decencia para conducirse con respeto y protocolo, especialmente cuando interactúa con niños y adolescentes. La investidura de un cargo público exige un estándar, y Loretty, como presidenta de comunidad, no está exenta de él. Su responsabilidad es innegable, y cualquier intento de diluirla es, francamente, una patada de ahogado.
Y aquí viene lo risible. Mientras la funcionaria se defiende con el manido argumento de los «ataques discriminatorios» por su identidad LGBTIQ+, un sector de la comunidad LGBT, con una madurez política digna de un berrinche infantil, ha salido a respaldarla, buscando exonerarla de toda culpa. ¿En serio? ¿Es esta la «agenda» que se busca? ¿Que la representación LGBT en cargos públicos signifique impunidad o un pase libre para conductas cuestionables?
Las cuotas de inclusión son para garantizar representación y derechos, no para crear una casta intocable. Exigir responsabilidad a una funcionaria trans no es discriminación; es exigir lo mismo que a cualquier otro funcionario. Pretender lo contrario es una afrenta a la seriedad de la lucha por la igualdad.
Ahora sí, volvamos a las omisiones que apestan. El video, ese que se viralizó con la velocidad de la carroña, ¿dónde estaban los demás adultos? ¿Las autoridades escolares? Los padres de familia de la Secundaria General Manuel Altamirano no tardaron en exigir explicaciones a la escuela. Pero la Comisión de los Derechos Humanos (CDH) de Tlaxcala, tan pronta para abrir investigación contra la funcionaria trans, ¿dónde estaba su celo por el «interés superior de la niñez» cuando otros adultos en el evento guardaban silencio?
Al centrar su investigación únicamente en la funcionaria trans, la CDH no solo demuestra una ineficiencia alarmante al no observar la situación de forma integral, sino que, peor aún, pone el señalamiento sobre una mujer trans, desviando la atención de la ineficiencia generalizada y la complicidad del silencio que permea nuestras instituciones educativas y de gobierno.
Es la misma vieja historia: el escándalo se magnifica cuando el protagonista no encaja en el molde. Si el beso hubiese sido entre un hombre y una mujer, ¿alguien cree que se habría armado tanto revuelo? Por supuesto que no. El morbo y la indignación se disparan cuando la sexualidad diversa asoma la cabeza en un Tlaxcala que se niega a salir del clóset.
Pero en esta farsa, hay una luz. Los jóvenes. Esos estudiantes que, con sus besos, han puesto el dedo en la llaga de una sociedad hipócrita. En Tlaxcala, hablar de sexualidad, de afecto libre, de identidades diversas, sigue siendo un tabú. Un beso entre jóvenes, especialmente si desafía la heteronorma, es un escándalo de proporciones bíblicas. ¿Por qué? Porque desnuda la estrechez mental, el miedo a lo diferente, la incapacidad de aceptar que la juventud de hoy no encaja en los moldes rancios de ayer.
Estos besos, que la moral tlaxcalteca condena, son en realidad un acto de valentía en un estado que aún se resiste a salir del clóset. Han forzado una conversación que nadie quería tener, han expuesto la doble moral y la urgencia de construir espacios donde la expresión de la identidad y la sexualidad no sea motivo de linchamiento, sino de celebración.
Así que sí, hay una investigación en curso. La Fiscalía y la CDH, con su paso lento y burocrático, harán lo suyo y será insuficiente porque como siempre no terminan de ser contundentes en sus señalamientos. Pero la verdadera lección de Zacatelco no está en el expediente judicial, sino en el espejo que nos han puesto enfrente. Un espejo que refleja la ineficiencia institucional, la carroña mediática y, sobre todo, la necesidad imperiosa de que Tlaxcala, de una vez por todas, deje de vivir en el clóset y abrace la diversidad.
Los besos de Zacatelco no son el problema; son el síntoma de una sociedad que se niega a crecer. Y en esa negativa, la verdadera desgracia.

