Tlaxcalteca que se respeta, coloca al pulque en un lugar privilegiado. Y es que la identidad de quienes vivimos en la cuna de la nación se ha forjado, incluso, desde antes del encuentro de las dos culturas que devino en el ¡Viva México!, que coreamos cada 15 de septiembre.

El pulque va más allá del grito de independencia, de la democracia y de las clases sociales. Hablar de pulque es conectar con un pasado que nos pertenece pero que ha sido una víctima más del modernismo y la estratificación publicitaria al servicio del mercado cada vez más globalizado.

Para alejarnos de esta narrativa y acercarnos con mucho respeto a la bebida de los dioses, te traemos una entrevista con Miguel, tlachiquero de 78 años originario del municipio de Cuaxomulco quien todos los días elabora al menos 40 litros de pulque, producto que vende y que con fortuna diariamente bebe.

Don Miguel tiene ocho hijos, cuatro mujeres y cuatro hombres. Entre bromas sobre lo bien parecido que era de joven y lo mucho que lo perseguían quienes lo pretendían para convertirse en madre de sus bendiciones, platica que el oficio de tlachiquero se hereda, “pero la cosa es que ahora la juventud nomás ya no quiere, ahí está la chingadera”.

Hablar del meyolote, la barreta y el mexenaxtle seguramente resulta desconocido para -muchos, y es gracias a estos elementos -y algunos otros más- que el pulque llega a nuestro paladar para embriagarnos con su peculiar composición.

“Se les quita el meyolote, oye bien, de allí le mete uno la barreta y le saca uno, con perdón mano, vaya a ser que digas ‘este pinche viejito es muy lepero’, le sacas un huevito que tiene para que no se vuelva a saltar el maguey”. Y mientras continúa describiendo cómo se consigue el aguamiel, se observa la pasión con que ejerce un oficio que recuerda haber aprendido de su papá desde los 14 años.

“El maguey para que ya esté bueno tienen que pasar 7 años para que ya dé el producto. Aparte de eso, se tiene que rascar una cepa para plantar los mexenaxtles, los hijos del maguey”. Al hablar de esto su rostro mostró precaución y cautela, que no es para menos, pues es la parte del maguey que permite la continuidad de la especie pues, luego de caparse, se planta para que crezcan nuevos.

Escuchar de viva voz a una persona que lleva casi toda su vida dedicada a la producción de pulque, es atender la resonancia de una experiencia cosechada a través de tantas generaciones que nos remontan a una época maravillosa, donde la tierra era sagrada y en donde el conocimiento de ella constituía riqueza como ninguna.

Desde ese saber, nos cuenta Don Miguel, “para saber qué tanto va a dilatar el maguey, si es manso son 9 meses y medio, y da 6 u 8 litros diarios de aguamiel, hasta que se termina”, sabe que le saca más a su producto que a las vacas, “de la leche pagan menos de la mitad de lo que gano por un litro de pulque, pinche viejito han de decir, ‘sus años no son pendejos’”.

“Fíjate que los antepasados es lo que bebían y no se enfermaban. En lugar de agua bebían pulque y vivían 110 años. Y ahora mira, veo que la juventud se entierra a la copa, a la cerveza. Ya viene contaminada toda esa bebida y el maguey no está contaminado porque la tierrita lo produce, y allí se mantiene de las raíces”, sigue compartiendo.

Entre el sonido de las campanas de la iglesia de Cuaxomulco y la música de alguna fiesta cercana, sigue la charla de un hombre que parece no cesar el ánimo. Y que sin duda no lo hará mientras siga habiendo el mexenaxtle que cubra el campo de maguey.