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Política

#Opinión Testimonio de resistencia, apelación a la esperanza

Ser ‘vulnerable’, por su etimología en latín indica la posibilidad de ser heridos o dañados. En un sentido más elaborado, esta condición puede trascender al individuo y comprender a una colectividad. La proyección de vulnerabilidad de la que se habló en los Pulques Feministas ocurridos durante la 2nda Polifonía de Género, pronunciaba una sensación de peligro que se ha interiorizado por el trato de un entorno hostil. La reflexión es: “Somos vulnerables porque nos han vulnerado”.

La moción de este texto fue mi participación en el espacio de diálogo que se abrió en la dinámica de los Pulques Feministas. Fue grato poder compartir mis vivencias con personas con las que he coincidido y saben quién soy, después de pasar un semestre lidiando con ajenos. En ese contexto se desarrolló mi participación.

Ahora que mi primer semestre en la universidad terminó, me permito pensar en conjunto lo que significó. Adoro mi carrera al punto de sentir que fue diseñada para mí, pero pareciese un pensamiento francamente errado cuando vivo y recuerdo que tradicionalmente las Ciencias Políticas han sido para los hombres. No me había considerado feminista hasta que entré a la universidad y no me había llamado feminista hasta esa noche en la 2nda Polifonía de Género. De ahí que la convivencia con las personas haya sido lo más retador para mí.

En el día a día hay violencia verbal y no verbal. Muchos jóvenes en ese ambiente se sienten agredidos por la realidad de empoderamiento de las mujeres, integrantes de la comunidad LGBTTTI y otros sectores antes invisibilizados. A esto se le llama crisis de identidad y específicamente, de masculinidad. La identidad ya no puede estar en función de lo que el otro es o no es. Sus ataques y relaciones de sumisión, por tanto, son como placebos para sus incertidumbres.

Al inicio de la universidad procuré forjar un núcleo seguro donde pudiera expresarme y debatir con libertad. Éramos tres personas totalmente distintas en historia, pensamiento y condición las que lográbamos aquello. Llegó un momento en el que mantenernos apartados de esos ciclos de convivencia no fue posible y había que esquivar más de cerca los comentarios destructivos, clasistas, machistas, etc. El núcleo se disolvió increíblemente rápido.

Por ello, para mí fue impactante enterarme de que dentro de una institución educativa las relaciones entre jóvenes se mueven en una especie de estado de naturaleza en el que no hay posibilidad de confianza ni cooperación. La única forma de sobrevivir es defendiendo la individualidad a como dé lugar.

La vulnerabilidad se acentúa cuando por esa defensa propia, sólo hay como respuesta más violencia. Y entonces, hay que hacerles frente a comentarios como “pinche feminazi, perra, ya bájale con tus derechos humanos”. Recibía ataques también de las personas que estaban en mi estima y que por miedo o flojera prefirieron ceder a la corriente, antes que ser combatientes.

Cabe mencionar que hace poco tomé la decisión de entrevistar a las mujeres y a los hombres de mi familia, para saber cómo y a qué grado la violencia ha estado presente. Aún no sé si evaluarla como una decisión sabia, porque escuché cosas pesadas y desalentadoras por las que llegué a dudar de mi fortaleza para cargar con la realidad. Pero fue de esta forma que pude explorar un poco más sobre lo profundo que ha penetrado el machismo, la indiferencia, la indolencia. La cultura que nos enseña que las personas y la naturaleza (así como los objetos y la basura) también son descartables.

Otros cercanos, me han aconsejado no ser femenina, no llamarme feminista (mucho menos feminista de izquierda) y ser sutil en mis comentarios para no limitar mi campo de oportunidades. Prácticamente debo ser un hombre con ideas sugerentes de derecha. Me piden negar mi persona, nada mal. Lo cierto es que no he necesitado ser feminista, tampoco de izquierda, para ser excluida, ignorada y denigrada. Hasta ahora, bastó con nacer mujer para ello, así como para otras ha bastado nacer mujeres para ser asesinadas, violadas, golpeadas, desolladas, desaparecidas…

Esto es vulnerabilidad. Las mujeres padecemos la condición una vez inventada por hombres y ahora fomentada también por mujeres. No tiene caso vivir sin plenitud de ser. Dignificar a los vulnerados es el sentido primigenio de la defensa de los derechos humanos. Por esta razón tiene que ser grande la resistencia a no nombrar y grande la esperanza de lucha. Debe ser una reacción ante la exigencia de negación a nosotros mismos.

 

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