Mi escape de fin de semana (recuerdos del parque Xico de El Nico)

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Tlaxcala, Tlax. Por fin ha terminado la temporada decembrina. Hemos sobrevivido al fin del mundo pronosticado para este 2012 y en esa fría mañana de enero nos reunimos a celebrar que había terminado la temporada, que las ventas – lejos del Xico – fueron buenas y que podríamos pasar la cuesta de enero con tranquilidad fabricando en nuestros talleres sin el temor de no vender en los días próximos. Hasta la nueva temporada…

Parque Xico
Del albúm de Nico

Algunos de mis camaradas de esa mañana, compañeros de trabajo, jóvenes artesanos e hijos de ellos, cada uno formando nuestro camino, ahí en el “Xico” – forma en la que con cariño nombramos a la plaza -, hanencontrado la familia que les faltaba en casa. Todos hemos tenido la oportunidad de crecer como personas ayudándonos unos a otros; y de vez en cuando ayudando a algún turista o a algún visitante menos afortunado, y esa convivencia con personajes de lo más cosmopolitas han sido nuestra mejor escuela.

¿Saben por qué? Les contaré…

Con menos de diez años y la recién adquirida deuda del FOBAPROA sobre mis pequeños hombros veía que en casa las cosas ya no serían fáciles. Mis padres habían sido alcanzados por el creciente monstruo de la crisis del ’94, pero por fin se había abierto una esperanza de salir de ese encierro económico participando en el “Xico”. Mi madre, emprendedora nata, se las había arreglado para llenar una mesita plegable de madera con algunas figurillas curiosas de tela fabricadas en su taller de costura; ese mismo taller que después de años de fieles clientas se encontrara casi parado.

El primer día de aventura ha sido casi cómico, apenas habíamos logrado un encargo para entregar al día siguiente, un agosto en el que las cosas por fin mejoraran, pues salimos de casa como antaño; aunque esa vez nuestras vacaciones fueran sólo a la plaza ¿qué importa? ¡salimos de casa de nuevo!

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Mi padre por fin ha recibido su finiquito y le sugiere a mi madre invertirlo comprando mercancías, a lo que sabiamente ella le responde:

«Recuerda que se podría perder lo que se invierte en un negocio, no sabemos si se va a recuperar…”

Con la necesidad de salir adelante y su habilidad para callejonear en la ahora Ciudad de México, mi padre regresa con un botín en mercancías digno de una historia de bucaneros que leía de más chico. Nos emocionó ver todas esas pulseras tejidas, aretillos y mi memoria ya no me da para recordar que más artilugios consiguió comprando a los artesanos de las tierras Aztecas…

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Los fines de semana pasaron apretados para los bolsillos de la familia, pero para nosotros como hijos fue un alivio poder ir al Xico. Las tensiones de casa al menos se relajaron, no así la inquietud de mi padre por destacar respecto a los otros puestos del Xico; y así emprendió una nueva aventura en búsqueda de aquella amistad que hizo en una feria de Tlaxcala, con uno de los ofertantes quien a cambio de hospedaje nos dejara unos rompecabezas cuando éramos aún más niños. Al fin sólo habría que explorar una de las colonias más peligrosas hasta hoy en día de la creciente mancha urbana de la gran ciudad…

La perseverancia ha dado sus frutos, llegan nuestras primeras fiestas de fin de año en el Xico y para entonces mi hermana y yo ya nos hemos convertido en expertos vendedores por el gusto de saber que estamos apoyando a la familia. Estamos por aprender nuestra primera gran lección: “aprovechar la bonanza y ahorrar para los meses difíciles”.

Resultamos de lo más inexpertos con estos nuevos productos que nadie en Tlaxcala tenía ¡juguetes! ¿lo pueden creer? Nosotros jugamos y nos divertimos con ellos, pero como negocio tiene muchos trucos, temporadas y cosas técnicas de esas que sólo los adultos saben; por cierto, que gracias a esa buena temporada mi padre decididó comprar un taladro de mesa, mucho mejor que el sencillo taladro manual con el que había intentado iniciar un modesto taller de carpintería para fabricar aquí mismo los juguetes. Nada fácil sin la herramienta adecuada.

Parque Xico
Del albúm de Nico

Algo de lo que más marcó mi infancia sin duda fue poder encontrar a tantos compañeros de juego en la plaza. Nos reuníamos los hijos de los artesanos, pero igual llegaban los hijos de los restauranteros, comercios del centro y varios más de las colonias cercanas al centro; sólo para jugar ¿no es asombroso?

Nos reuníamos tropas en ocasiones de hasta unos 30 niños y no faltaban las caídas, las riñas y las madres enojadas a las que había que detener y explicar que su cría había sido integrada lo mejor posible y que seguro habría sufrido un accidente. Me convertí en uno de los mayorcitos al que confiaban a cada rato la salud de los otros compañeros de juego, pero igual nos tocó hacer entender a chicos agresivos que no serían tolerados en nuestros propios juegos; eso sí, no faltaban las cooperaciones forzadas que debíamos hacer cuando una pelota mal direccionada terminaba con la mercancía de algún artesano de la plaza. Pero también fue donde las brechas generacionales se rompían y aquellos maestros virtuosos de las artesanías compartían sus vivencias y experiencias, convirtiéndose también en maestros de vida, dando esos consejos que todo adolescente agradece y cumpliendo esa guía que se esperaría de una institución social.

Tardé un año más esperando a que me compraran una caladora, mi primera máquina y con la que me di el lujo de crear a mi tan temprana edad; primero haciendo copias de lo que veía, luego usando los retazos para mí.

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Quién diría que el Xico se convertiría en nuestra nueva forma de vida, de ahí salió para pagarnos una carrera a mi hermana y para mí, de ahí salió para seguir construyendo la casa que se había quedado a medias por aquella crisis que nos habría hecho llegar al Xico. Y que gracias a ello habría nacido un taller que ayudaría con sustento a los más de 40 colaboradores que han sido parte del equipo.

Parque Xico
Del albúm de Nico

El Xico también fue donde iniciaron mis contactos cosmopolitas. Recuerdo a un matemático que llegó a nuestro puesto, fascinado por cómo con los juegos explicábamos conceptos que en la escuela incluso algunos maestros no dominaban. Un señor ya de edad acompañado de su traductora, y a pesar de que el señor no hablaba español ni yo el inglés, con el lenguaje universal de las matemáticas fue suficiente para entendernos incluso cuando su traductora dejó de hacerlo. Por horas hablamos de teorías de minoes y combinaciones, aún lo recuerdo bien. Usamos el mantel de la mesa como pizarrón y los materiales que vendíamos para esa clase particular, sin duda fue una de mis mayores experiencias a mi tan temprana edad. Pero igual ahí al Xico llegaban chicos extranjeros con quienes aprendí mis primeras palabras en otro idioma; era un intercambio justo, lo suficiente para comunicarnos y pasar buenos fines de semana.

Llegó el día de migrar para estudiar una carrera y empecé a ver cambiar las caras conocidas, algunas de mis amistades de infancia ya tendrían descendencia; como dice la gente mayor, “ya se habrían hecho de responsabilidades”. Pero también caras nuevas, que llegaban al Xico como los hijos de los artesanos, de los locatarios del centro o vecinos de las colonias. Caras de lo más variopintas: algunos serían licenciados, otros ingenieros, también artistas, pues el Xico ¡está plagado de artistas! Tan sólo basta mirar a los hermanos Cabrera, pintores por años; o a quien crean formas de vidrio con un soplete y unas pinzas, o quien teje esas piezas que con máquinas por suerte no es posible obtener, ¿alguna vez te ha tocado ver cómo están tallando la madera ahí mismo en sus puestos? O los más comunes, los que están engarzando esas piedras finas en dijes, pulseras, aretes y otras figuras extrañas que gustan para adornar.

La plaza es ese lugar que cobra magia cada fin de semana. No faltan los espectáculos culturales, ya sea algún grupo musical que busca darse a conocer, una carpa de títeres que llega a alegrar a los infantes, una obra de teatro en un improvisado escenario bajo el resguardo de Xicohténcatl, una concurrida ceremonia religiosa o incluso algún mitin político. Esa es parte de la magia del Xico, un lugar que se transforma y que ha sido punto de encuentro desde antaño, como en aquella época en la que era un cine…

Parque Xico
Del albúm de Nico

Un texto de Nicolás González .


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