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Edilberto Mendieta García

¡Pásale, pásale marchante! El comercio en la Tlaxcala prehispánica

Cuando pasamos por el bullicioso tianguiz (castellanización de la palabra náhuatl tianquiz, mercado) de la ciudad de Tlaxcala, la vista se nos atiborra de colores, formas y personas que alegremente ofertan productos, a veces es muy complicado pasar entre los ajustados pasillos, las voces saturan los oídos con frases como “¡Acérquese güerita!”, “¡Barato, barato!”, “¡llévelo, llévelo!”. El comercio que se agrupa en la explanada del mercado es muy grande, las cantidades de dinero que se intercambian por mercancías nos sorprenderían pasmosamente, y los vendedores pueden venir de distintas partes de Tlaxcala, o de entidades circunvecinas, y nos traen bienes que quizá nuestra tierra tlaxcalteca no produce. El tianquiz, tiene una sorprendente tradición prehispánica, que sobrevivió al periodo colonial.

Existe un excelente testimonio de estas lucrativas actividades. Hernán Cortés en sus Cartas de Relación, describió el tianquiz cuando llegó a Tlaxcala, en específico a Ocotelulco de la siguiente manera:

Hay en esta ciudad un mercado en que casi cotidianamente todos los días hay en él de treinta mil ánimas arriba, vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en partes. En este mercado hay todas cuantas cosas, así de mantenimiento como de vestido y calzado, que ellos tratan y puede haber. Hay joyerías de oro y plata y piedras y de otras joyas de plumaje, tan bien concertado como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo. Hay mucha loza de muchas maneras y muy buena y tal como la mejor de España. Venden mucha leña y carbón y hierbas de comer y medicinales. Hay casa donde lavan las cabezas como barberos y las rapan; hay baños. Finalmente, que entre ellos hay toda manera de buen orden y policía, y es gente de toda razón y concierto, y tal que lo mejor de África no se le iguala.

¿Sorprendente? Cortés escribió esto en 1520, y salvo uno que otro detalle, prácticamente está describiendo el mercado sabatino que conocemos y visitamos. El oriundo de Medellín, al fin y al cabo, hombre educado, con su fina pluma, nos regala imágenes maravillosas de cómo fue el tianquiz de Ocotelulco, lleno de vida, figuras, aromas y voces. Aunque hay que tener cuidado con algunas sus menciones, exageró con aquello de “las joyas, el oro y la plata”, pues quizá estos productos se pudieron mercar de manera muy limitada, porque Tlaxcallan se encontraba boicoteada y rodeada por los poderosos mexicas, quieres controlaban el mercado de Tepeyacac, el cual fue sometido por los mexicas-tlatelolcas (eminentes comerciantes) primero y luego por los mexicas-tenochcas en el siglo XV, y sostuvieron un fuerte control sobre los bienes suntuarios, y en algún momento los señores de Tlaxcallan se quejaron con Hernán Cortés de carecer de grandes riquezas por las restricciones que impuso la Triple Alianza. Seguramente el capitán hispano escribió eso para darle notar al Rey de España que estaba conquistando tierras muy ricas y prósperas. Sin embargo, no cabe duda que productos de Huexotzinco, Tliliuhquitepec, Tecoac, Atlancatepec o Zacatlan llegaron al mercado de Ocotelulco para trocarlos por maíz, maguey o tequexquite de Tlaxcala. Esforzados tlameme cargaron sobre sus robustas espaldas, ayudados de mecapales, diversas mercancías que pochtecas orgullosos organizaban para el comercio.

Como señalé líneas atrás, esto ya es una tradición antigua. Independientemente que los señoríos de la antigua Tlaxcallan florecieron entre los siglos XIII al XVI, hay evidencias que el traslado de mercancías y su comercialización fue mucho más anterior. Investigaciones arqueológicas, en los últimos 40 años, realizadas por reputados estudiosos como Ángel García Cook, Beatriz Leonor Merino Carrión, Linda B. Manzanilla o Ramón Santacruz, sostienen que una importantísima ruta comercial cruzó territorio tlaxcalteca durante el periodo Clásico, cuando la gran urbe: Teotihuacan,  extendió una poderosa influencia en Mesomaérica. Ésta cruzaba desde el sitio arqueológico de La Herradura en Calpulalpan, pasando por los llanos del norte de Hueyotlipan y occidentales de Tlaxco, hasta llegar a Terrenate y luego se bifurcaba para cruzar por Huamantla e Ixtenco rumbo a Tehuacán, y por Atltzayanca para ir a Veracruz. Esta ruta, llamada como el “Corredor Teotihuacano”, tuvo puntos importantes en Quimicho (Terrenate) y en Xalasco (Atltzayanca), en los cuales la evidencia teotihuacana de elementos arquitectónicos, cerámicos y antropológicos no sólo confirma la presencia de habitantes de la gran ciudad del Centro de México en territorio tlaxcalteca, sino que permite elaborar hipótesis sobre este derrotero comercial, sobre todo con el barrio de Teopancazco, puesto que se han hallado productos de la costa del Golfo de México como pescados y moluscos, y una mezcla de cal con esquirlas transparentes de material ígneo que se empleó en edificios de dicho sector teotihuacano proveniente de la zona de Altotonga. Además se han localizado en Hermenegildo Galeana (Huamantla) esculturas en piedra denominados “yugos”, característicos de Veracruz.

Quimicho y Xalasco seguramente fueron sitios que recibieron a pochtecas y tlamemes, provenientes  de las costas veracruzanas, del Valle de Tehuacán y quizá hasta de Oaxaca, las más importantes mercancías terminarían en la gran ciudad y no se trocaron en los tianquiz locales, y la élite nativa (quizá emparentada con la élite teotihuacana) ejerció una supervisión cuidadosa. Pero productos marinos, cerámicos o artesanales se pudieron intercambiar con bienes de los lugareños como maíz, pulque, leña, etc. Y esto se volvió un hecho cotidiano, al menos durante el auge teotihuacano, porque para el siglo VII, convulsionados sucesos provocaron el declive de la ciudad y por ende, el desuso del “Corredor”, no así de los tianquiz locales.

Sirvan estos hechos descritos para dar una idea del comercio que hubo en Tlaxcala en épocas antiguas; y que de cierta manera, ese pasado prehispánico sobrevive en nuestros tianquiz, los cuales frecuentamos y disfrutamos.

1. Hernán Cortés, Cartas de Relación, 2° edición, México, Editores Mexicanos Unidos, 1985, pp. 59-60

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